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El loco, el genio, pero antes que nada el inmenso pintor. Un tormento por dentro y por fuera una bolsa de nervios, plasmada como pocas veces en los lienzos, un material caro, por eso a veces usaba la tela de los repasadores, para ahorrar costos. Hijo de un pastor, Vincent van Gogh (1853-1890) también quiso llevar la palabra de Dios a los fieles, pero era tan emocional y desbordado que le aconsejaron dejarlo. Todo lo que hacía era jugado al límite, cuestión de vida o muerte. Finalmente, quien ganó las consecuencias de semejante pasión fue la pintura, con esos colores alucinados y esos trazos matéricos del tamaño de gusanos que parecen moverse. Pintó 900 cuadros y vendió… uno solo. Hoy la humanidad lo idolatra, pero en su momento fue tratado de inestable, problemático y demente. La humanidad debería avergonzarse.
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Van Gogh ha sido llevado a la pantalla en varias oportunidades. Es el caso más brutal de locura y genialidad. Tenía un horario meticuloso para pintar; su caballete, sus telas, sus óleos y pinceles recorrieron la campiña francesa, las casas, las iglesias y los bares. También dejó en el camino una oreja cortada y envuelta para regalo. Y dijo basta con este sufrimiento metiéndose una bala. En su cuerpo latía la percepción más rica e intensa que se pueda tener de la naturaleza, pero también el reviente más autodestructivo. Hizo lo que tenía que hacer: pintar y matarse. Nosotros vemos las raíces de un árbol; Vincent las siente como puntadas en su cabeza, en sus entrañas. Es una pintura con un encendido permanente, que gira hacia las alturas.
Uno de sus primeros cortos documentales Alain Resnais se lo dedicó, precisamente, a este artista pelirrojo. Van Gogh (1948) dura 20 minutos, es en blanco y negro y destila una vida a través de sus óleos, reparando en detalles, amplificando una pincelada, constatando que con solo dejar la cámara fija, esa pintura se mueve. La pasión del pintor también llamó la atención de Robert Altman en una de sus películas menos conocidas (Vincent & Theo, 1990, con Tim Roth en el papel central), pero no por ello menos valiosas. Y para muchos, el centenario Kirk Douglas era el actor ideal para vibrar con los girasoles, los cuervos y las noches estrelladas (Sed de vivir, 1956, de Vincente Minnelli).
Ahora llega a las salas comerciales, y es un milagro, Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman, un tour de force de la animación, una película enteramente pintada a mano cuadro por cuadro, donde fue necesario que intervinieran decenas de pintores, en su mayoría polacos y griegos. Así, obras conocidas por todo el mundo como La noche estrellada, El dormitorio de Arlés, Terraza de café por la noche o Lirios, son el punto de partida de una escenografía, de una ambientación impresionista por la cual viajarán durante 90 minutos los personajes (y detrás de los personajes los actores digitalizados), que son el doctor Gachet, el cartero Roulin y su hijo, un gendarme, Marguerite Gachet, el botero, Teo, el doctor Mazery, Toulouse-Lautrec, Gauguin, el propio Van Gogh. Sus cuadros se convierten en el universo; sus retratos en las figuras de ese universo. Y la pesquisa consistirá en desentrañar si el pintor se suicidó o lo mataron.
“Lo más difícil de toda esta empresa”, dijo Hugh Welchman vía mail a Búsqueda, “fue terminar todo en tiempo, principalmente porque tuvimos problemas de financiación, lo que significó que no pudimos contar con la cantidad de pintores que necesitábamos en un principio”. Finalmente, Loving Vincent demandó cerca de 100 pintores, para que de su pulso dieran vida a unas 60.000 pinturas animadas, que a su vez partieron de unos 100 óleos de Van Gogh. “¡Nuestros cerebros estuvieron cerca de explotar al supervisar a todos los pintores al mismo tiempo!”, agrega Welchman, para quien La princesa Mononoke (1997), de Hayao Miyazaki, fue la mejor película de animación que vio en su vida.
Welchman reconoce estimables valores cinematográficos en otras incursiones que se han hecho sobre el pelirrojo holandés, como en los casos de Altman y Minnelli. Pero lo que le interesaba era la conexión visual entre la vida y la obra de Van Gogh, en particular durante sus últimos ocho años, donde el hombre y su obra se transformaron en un organismo vivo e inseparable. “En la última carta que se encontró en su cuerpo sin vida, decía que su pintura hablaba por él”, apuntó Welchman, “y no fue otra cosa que lo que quisimos hacer por este enorme artista: dar vida a sus pinturas para contar su historia”.
Por su parte, la codirectora Dorota Kobiela, profundamente conmovida por las cartas de Van Gogh a su hermano Teo (“sus palabras y sus pinturas me dieron consuelo en momentos difíciles de mi vida”), considera Loving Vincent como su propia carta de amor al pintor, y espera que la película acerque un nuevo público a su obra.