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    El cine argentino de luto por la muerte de Adolfo Aristarain, director de ‘Un lugar en el mundo’ y ‘Martín (Hache)’

    El célebre cineasta argentino murió a los 82 años; conocido por películas como La ley de la frontera o Tiempo de revancha, defendió la industria local y luchó por la ley de cine de Argentina

    En 1981, la censura militar argentina vio Tiempo de revancha y la dejó pasar. No encontró nada objetable. Mientras los censores escrutaban la piel expuesta y buscaban subversión en los cuerpos, no detectaron lo que su director, Adolfo Aristarain, había construido en la trama de su película. Pedro Bengoa, un ingeniero gris y solitario interpretado por Federico Luppi, finge un accidente laboral para cobrar una indemnización y escapar de su rutina opresiva, pero el sistema termina por devorarlo.

    Era la alegoría perfecta. Héctor Olivera, el productor, contó que habían dejado pasar el elefante de ideología mirando el mosquito de los escotes. Aristarain ya lo sabía desde la concepción del guion. “Hice Tiempo de revancha con mucha bronca política”, dijo en una entrevista con la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica de Argentina. “La habilidad del guion es que había que cortarla a lo largo si querían cortarla”.

    El cineasta argentino murió el domingo 26 en Buenos Aires, a los 82 años, en un mes fatal para el cine argentino tras las muertes del director Luis Puenzo y del actor Luis Brandoni. Aristarain era un hombre que desconfiaba del cine como herramienta de cambio, que lo definía como pura artesanía y que, sin embargo, hipotecó su casa para hacerlo, hizo pasar ideología de contrabando frente a los dictadores y defendió durante décadas el apoyo estatal por ley para una industria que el mercado no sostendría por sí solo. ¿El pesimista más comprometido del cine argentino?

    Nació en Parque Chas en 1943. A los nueve años murió su padre. No terminó el secundario. Vendió jabones, vendió helados y tocó la trompeta seis meses antes de abandonarla. La cuestión era no tener un patrón encima que le dijera lo que tenía que hacer. En los bares de la calle Corrientes y en los cines de barrio adonde su madre lo llevaba para sobrellevar la viudez encontró una educación distinta. Más lenta. Más suya.

    Llegó al cine desde varios oficios. Trabajó como meritorio, como sonidista, como montador. En Brasil pasó cuatro meses en un laboratorio editando series americanas en moviolas verticales y recreando efectos de sonido perdidos en el doblaje para devolver verosimilitud a imágenes que habían perdido su verdad. De esa etapa extrajo una convicción que no abandonaría: el cine se aprende desde sus engranajes más básicos.

    Para Aristarain llevar café a los actores no era una tarea menor. Era la oportunidad de quedarse en el set y proteger al ser más frágil del rodaje. “Al actor hay que cuidarlo como si fuera un bebé”, dijo una vez en la Cineteca Nacional de México. “A mí no me cabreaba llevar el café. Yo volaba con los cafés”.

    En España, adonde llegó en 1968, se convirtió en ayudante de dirección de elite. Trabajó con Mario Camus, su maestro, y fue asistente en Érase una vez en el Oeste de Sergio Leone, la película que le enseñó que el tamaño de una producción no garantiza nada. A Charles Bronson lo recordó en varias entrevistas. Dijo que fue “un tipo que nació para ser hijo de puta”, cuya animosidad con Leone obligaba al equipo a maniobras absurdas. Esa exposición a la industria de gran escala, lejos de deslumbrarlo, lo curó de prejuicios. Regresó a Argentina sabiendo que los géneros supuestamente menores podían sostener tanto rigor como cualquier obra de autor.

    “La razón del cine es, en principio, entretener. Si no vas a hacer cine que entretenga, dedícate a otra cosa”. Dicho en la Cineteca Nacional de México ante estudiantes que esperaban quizás algo más elaborado, la frase resumió lo que Aristarain entendía por oficio. No veía el arte como abstracción ni al autor como demiurgo. Más bien, para él el cine exigía un contrato con el espectador, honrado con precisión técnica o no honrado en absoluto.

    Quizás de ahí se explique su rechazo al video assist —el sistema que permite ver al director en un monitor lo que la cámara filma—; su preferencia por colocarse al lado de la lente para que el actor buscara su mirada al terminar cada toma; su prohibición de la música incidental —un subrayado emocional manipulador, decía—, y su exigencia de que en sus películas solo sonara música diegética, la que los personajes escuchan dentro de su propia realidad. Todo respondía a la misma lógica: que nada se interpusiera entre el director y la verdad. “En el cine se le ven las plumas al director por donde sea —remató en esa misma sesión—. Sea honesto o sea un mentiroso”.

    Lo demostró en La parte del león (1978), filmada en 20 días con 80.000 dólares, y lo confirmó en Últimos días de la víctima (1982), donde acepta la sugerencia de Federico Luppi de usar una pequeña trabita en la corbata para proyectar la imagen de un personaje reprimido. Aristarain no usaba guion técnico. Decidía la cámara después de la puesta en escena con los actores.

    El éxito le abrió una escala que supo aprovechar sin traicionarse. Volvió a España para filmar La ley de la frontera (1995) y Martín (Hache) (1997), ambas con Federico Luppi, el actor con quien trabajó más veces a lo largo de su carrera. Martín (Hache) fue un retrato generacional sobre el exilio argentino en España, la crisis de los 40 y la imposibilidad de ser padre e hijo al mismo tiempo. La crítica la recibió como una de las películas esenciales del cine argentino de los años 90; la película obtuvo cuatro nominaciones al Goya —incluyendo Mejor película, dirección y actor para Luppi—, y logró el premio a la Mejor actriz para Cecilia Roth. Todos sus proyectos, dijo en una entrevista con Clarín, fueron “bastante difíciles, con un desafío fuerte, un tirarse a la pileta”.

    Embed - Trailer / Un lugar en el mundo

    Un lugar en el mundo (1992), una coproducción entre Argentina y Uruguay rodada en San Luis, fue una de sus películas más celebradas y también de sus heridas más visibles. La financió a través de una cooperativa y con un préstamo de US$ 400.000 sellado solo de palabra. Ganó el Goya a la Mejor película iberoamericana. Gracias a su condición de coproducción, fue postulada al Oscar por Uruguay —y nominada—. Pero luego llegó la descalificación, con el argumento de que no era “suficientemente uruguaya”. Aristarain supo después que el lobby para retirar la nominación lo había liderado Harvey Weinstein para favorecer a Como agua para chocolate. “La Academia aceptó en noviembre lo que rechazó después”, dijo en una entrevista con Jorge Lanata. “Fue una interpretación elástica de las reglas sobre la marcha”. El juez que firmó la resolución, recordó con ironía, tenía más de 90 años y no sabía dónde quedaba Uruguay. Aristarain no se sorprendió.

    Siguió filmando. En Lugares comunes (2002) construyó un retrato de la clase media argentina hundiéndose sin heroísmo. En Roma (2004) volvió a la memoria familiar, esta vez la suya. Todas tratan sobre la dificultad de vivir en un sistema que califica, sin matices, de fatal. “Yo creo que el sistema capitalista es fatal”, dijo en aquella charla en la Cineteca. “Hoy en día es cada vez más imposible de modificar”.

    Lideró también la lucha por la ley de cine de 1994, que estableció un fondo de fomento y cuotas de pantalla para proteger la producción nacional frente al embate de las distribuidoras extranjeras. Su convicción era simple: si un país quiere tener cine propio, debe subsidiar sin complejo alguno.

    En sus últimas décadas dejó de filmar. Tenía un proyecto sobre Astor Piazzolla que los costos de producción volvieron inviable. Decía no extrañar el set. Leía a Baroja y escuchaba jazz. En 2024 recibió la Medalla de Oro de la Academia de Cine de España y se convirtió en el primer director argentino en obtenerla. Dijo que le gustaría ser recordado a través de un ciclo de sus películas. Que el oficio hablara por él.

    La última vez que habló sobre su legado lo hizo con la misma sequedad de siempre. Le preguntaron qué consejo les daría a los jóvenes directores. “Seguir buscando la puertita”, respondió.