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Recolectar recomendaciones. Leer y releer el catálogo oficial. Confiar, a ciegas, en la programación. El manual de instrucciones que une a los asistentes del Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, organizado por Cinemateca, deriva año a año en un resultado: más de una semana de salas repletas de una cinefilia puramente curiosa.
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La 41° edición del festival, realizado entre el 5 y el 16 de abril, no fue la excepción. Alrededor de 200 películas, entre largometrajes y cortometrajes, compusieron una selección explorada por un público que respondió con entusiasmo. Hay dos fenómenos que lo acreditaron: funciones agotadas en minutos y salas con valientes dispuestos a sentarse en las filas que toman al cuello como un costo extra de la entrada.
También hubo experimentos más arriesgados en la programación, como la película brasileña El largo viaje del autobús amarillo, que con sus más de siete horas de duración logró captar a siete devotos, al menos en su máximo momento de convocatoria. La película fue presentada como una provocación y su programación debe considerarse una valentía por parte de un festival dispuesto, afortunadamente, a tomar riesgos.
Los premios se entregaron en una ceremonia celebrada en la Sala Zitarrosa y con la proyección del drama español 20.000 especies de abejas (recibida, a grandes rasgos, con mayor aceptación que con entusiasmo) como acto de clausura.
En la competencia de largometrajes internacionales, la película danesa Godland, de Hlynur Pálmason, se llevó el premio a Mejor película. El jurado la reconoció, entre varios elogios, por su “contundencia” en su uso de “todos los recursos cinematográficos” y su “complejidad” al mostrar “las relaciones entre civilización y naturaleza, lenguaje y nación y vocación y deseo”. No se equivocaron. El filme transmite con solvencia su narrativo y descomunal peso; toma riesgos en su puesta en escena y la angustia de su protagonista, un cura que a finales del siglo XIX llega a Islandia con la misión de construir una iglesia y fotografiar a sus habitantes, es más que palpable. Su reprogramación es inminente.
El cineasta portugués João Canijo ganó el premio a Mejor dirección por su película Mal viver, obra que se completa con su contraparte, Viver mal, también exhibida en el marco del festival. El eco, de la mexicana Tatiana Huezo, se llevó en tanto el premio a Mejor película en la competencia de largometrajes iberoamericanos por su “retrato sutil de mujeres de distintas edades, interpretado por no actrices y actores en un ámbito rural”.
En el premio del público a la Mejor película pesó la localía y fue para el documental Alcira y el campo de espigas, ópera prima de Agustín Fernández Gabard que explora la vida de la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo. La película llegará el 4 de mayo a salas. Por su parte, Guazuvirá, de Nicolás Sequeira y Joaquín Araújo, fue reconocida como Mejor cortometraje uruguayo.
Entre otros hallazgos, Trenque Lauquen, la nueva película de la cineasta argentina Laura Citarella, asombró con sus más de cuatro horas de metraje pero más aún con su propuesta, encantadora y demoledora, sobre la obsesión por los relatos. En una de sus proyecciones, Alejandra Trelles, coordinadora y programadora de Cinemateca, anunció que en octubre la institución reestrenará la película dentro una retrospectiva completa de la directora, integrante de El Pampero Cine.
Tótem, de la mexicana Lila Avilés, también fue otra prueba de la satisfactoria apuesta que el festival hizo este año al cine latinoamericano. La película, que relata el cumpleaños de un artista convaleciente a través de la mirada de sus hijos, es tan inspirada como emotiva.
Pasaron a su vez Un beau matin, lo último de la imperdible Mia Hansen-Løve, y No Bears, del director Jafar Panahi, dos películas que evidenciaron el buen momento de sus realizadores y sirven como ejemplo para ilustrar una sensación que el festival repitió: si lo que se vio es de una satisfacción comparable con el interés por lo que no se llegó a ver, entonces la espera por el 42º Festival de Cinemateca se hará muy larga.