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Todo empezó en 1955, cuando David Bercovici, entonces con 26 años de edad, se instaló en Colonia entre Magallanes y Gaboto. Era un local diminuto, a la calle, atestado de vinilo. Allí David compraba, vendía y canjeaba discos de todas las músicas posibles. Por una escalera de arrimo en madera, recostada contra la planchada de hormigón que era el piso de la “planta alta”, se accedía a un altillo donde había discos seleccionados por su rareza, calidad o simplemente porque eran importados.
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Con una clientela afianzada, en 1967 David se mudó a un local de la calle Uruguay entre Tristán Narvaja y Gaboto. Ahí nació el nombre comercial El Astro de los Discos, como se ve pintado en su vidriera hasta el día de hoy. Allí había más espacio pero igualmente el lugar estaba atestado de discos y antigüedades que David compraba y lucía orgulloso en sus paredes o repisas: una radio o un gramófono antiquísimos; una chapa de latón con una vieja publicidad; una corneta desvencijada; fotos de artistas. En el medio del local y apoyado sobre una de las pilas de vinilo, David jugaba al ajedrez con algunos de sus clientes o amigos, al mismo tiempo que atendía el negocio. En este local también había un escondite con material especial, esta vez en un pequeño sótano con discos seleccionados a los que solo determinados clientes podían acceder. Cuando había mucha gente en la disquería y un cliente quería “bajar”, David lo hacía esperar hasta que el local se vaciaba un poco, y cuando eso ocurría, llamaba al cliente, rápidamente corría una cortina de tela y lo hacía bajar sin que los demás lo vieran. Conseguir de esa forma un disco era algo mucho más emocionante que comprarlo por Internet.
David murió en 1992 y desde entonces hasta hoy tomó la posta su hijo Luis (Montevideo, 1961). Las antigüedades no están más en las paredes y no hay más sitios para los clientes especiales, pero los vinilos se han multiplicado de forma avasallante. Unos pocos CD en una estantería delatan desde su cuasi soledad que el rubro de la casa es y seguirá siendo el vinilo. También es posible sorprenderse al encontrar entre las pilas algunos discos de 78 rpm y —sorpresa aún mayor— La cafetera, de Nicola Paone, entre ellos. Luis se lamenta porque en la generación de sus hijos y sobrinos no hay nadie que tenga interés en continuar con el negocio, así que piensa que con él se terminará. Mientras mira una de las montañas de discos, dice con emoción y orgullo: “Fue el viejo el que inició todo esto”. Lo que sigue es un resumen de su entrevista con Búsqueda.
—¿Cómo se nutre de material para vender?
—Siempre fue igual: la gente viene aquí a vender sus discos o yo voy a las casas a comprar cuando me llaman. Lo más común es que cuando muere algún coleccionista llamen aquí para vender, porque a la familia no le interesa continuar la colección. Últimamente se compra y se vende por Internet también.
—¿Todo lo que se ve está indizado en algún lado?
—En mi cabeza (risas). Nunca tuve para esto una computadora ni pienso tenerla. Sé de memoria todo lo que tengo.
—¿Pero los discos están ordenados por géneros?
—Por géneros y subgéneros (señalando con la mano derecha las pilas), eso es tango, allá es clásica barroca, aquí hay ópera y zarzuela, aquí jazz tradicional, en este otro, jazz más moderno, en aquella pila música tropical, y así…
—¿Cuáles son las preferencias de la clientela?
—En primer lugar, cómodo, está el rock nacional e internacional. Le siguen el folclore, el canto popular uruguayo y el jazz de los 60 y 70. En promedio, un disco de rock o pop sale $ 300, son los más caros. Puede conseguir de tango por $ 200 y de música clásica por $ 150.
—Veo que tiene pocos CD. ¿Es por alguna razón especial?
—Prefiero el vinilo porque desde que nací lo mamé. En Uruguay, hasta el año 90 o 92 se fabricaron vinilos. Después ya no. Fue el auge del casete y del CD. Ahora estamos otra vez con el vinilo. La moda es tan fuerte que valen tres o cuatro veces más que un CD.
—¿Usted cree que aparte de la moda hay un sonido mejor que otro?
—Sin duda: el sonido del vinilo es mejor, es como más profundo.
—¿Y los hongos no son un problema?
—En los casetes sí, pero en el vinilo lo lava una o dos veces con agua y jabón y desaparecen los hongos sin dejar rastro.
—¿Y el ruido de la púa?
—Mire, cuando apareció el CD todo el mundo decía: ¡Qué alivio, no hay más ruido de púa! Y ahora que volvió el vinilo es increíble pero a la gente le gusta el ruido de la púa.
—¿Moda caprichosa?
—Tengo una explicación: el CD trajo el Mp3, que es un sonido malísimo, apretado. La gente se cansó de escuchar MP3 y ahí descubrieron el vinilo. Pero la historia sigue porque ahora que los CD escasean por la moda del vinilo, la gente se ha puesto a coleccionar CD. En realidad, creo que a la gente lo que le gusta es tener el objeto, sea vinilo o CD, acompañado de buena información. No es lo mismo buscar información en Internet que tenerla en su casa, junto con el disco. Lo cierto es que la moda del vinilo es lo bastante fuerte como para que Uruguay haya vuelto a importar tocadiscos. Hoy, usted consigue un tocadiscos entre 150 y 300 dólares.