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El canadiense sigue siendo un hombre de su tiempo. Sentado en el piso, a lo indio, vestido de traje, sombrero y lentes oscuros; arrodillado, de boxer y camiseta... negras, por supuesto. Leonard Cohen lustra sus zapatos. Estas imágenes cotidianas ilustran el nuevo disco del poeta, novelista y cantautor editado el 23 de setiembre, dos días después de su cumpleaños número 80.
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Nada de cosas raras para celebrarlo. No hay duetos, rarezas ni homenajes ampulosos. Otro disco con historias comunes, otro puñado de triunfos discretos y pequeñas derrotas. Más problemas de gente común. Es apenas el decimotercer álbum (en 46 años de carrera musical) del hombre que aprendió a apreciar damas en las calles de Westmount, el barrio anglófono de Montreal.
Su voz ya no es la de antes, obvio. Ni siquiera la de Old Ideas, su disco de 2012. Por más que las cuide como a sus mocasines, o mejor aún, las cuerdas vocales de cualquier simple mortal se destemplan a esa edad (la suerte de Elvis, Hendrix y Amy Winehouse). Máxime con este vozarrón y este canto soterrado, en el sótano del registro vocal, como un Tom Waits cascoteado, vaya redundancia. Pero el crooner intenso y apasionado sigue estando ahí en Almost Like the Blues, donde aflora su clásico coqueteo soul de clima costero, con tumbadoras, maracas y una contenida cuerda de brass.
Cohen compuso y escribió estas nueve canciones junto a Patrick Leonard —productor del disco, nacido en Chicago, de raíces quebequenses—, histórico cerebro musical de Madonna en los 80, y colaborador de Pink Floyd, Elton John y Brian Ferry.
Aires de blues perfuman temas como Slow (“No es porque sea viejo, No es la vida que llevé, Siempre me gustó lento, como decía mi madre, lento lo llevo en la sangre”), con el pulso marcado por bombo y bajo, instrumento que distribuye el juego en todo el disco. La cándida Samson In New Orleans realza el coro femenino, presente en gran parte de su obra y el violín solista.
No podían faltar el tándem Rhodes-Hammond, que dibuja sobre el machaque de bajo en A Street, un estupendo resumen vital: “No me ignores, éramos fumadores y amigos, la fiesta terminó, pero aún estoy de pie”. La vieja balada country es Did I Ever Love You y la gran balada del disco se llama My Oh My, el tipo de llevada de guitarra que inspiró buena parte de la obra de Jorge Drexler, entre tantos ilustres cohenianos.
El poeta ambivalente revela su maestría en Nevermind, que tanto vale como crítica política global o como reparto de bienes de una separación no muy amistosa. You Got Me Singing dice la despedida, un inequívoco testimonio de fe y de vida de este caballero, mientras lustra sus zapatos.