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El clásico niño con problemas: padre distante, severo; madre hiperreligiosa. En su casa se hablaba lo necesario, no se manifestaban los sentimientos y el sexo era tabú. Por eso le devolvió al mundo, ya de mayor, el título que atesoró por mucho tiempo en su intimidad: maestro del cine de terror.
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Wes Craven murió de cáncer al cerebro el domingo 30 a los 76 años. Fue conocido mundialmente por dos películas: Pesadilla en ELM Street (1984) y Scream (1996), que dieron secuelas de sobra, algunas dirigidas por él y otras no. En el primer caso diseñó al asesino viral Freddy (el sombrero, la remera a rayas horizontales, las cuchillas, todo un arquetipo pop), que se metía en las casas, en tu vida privada y en los sueños (la lengua que salía del tubo del teléfono) e incluso en otras películas. Una pesadilla con el toque necesario de humor. En el segundo caso revitalizó con ingenio el susto para adolescentes gracias a una máscara boba que se transformaba en terrorífica.
También dirigió la adrenalínica Shocker (1989), sobre un asesino sádico y superpoderoso, y el segmento Pere-Lachaise (¡a Craven los cementerios!) de la película colectiva París, je t’aime (2006). Demostró que el terror se esconde en cada hogar común y silvestre (La gente detrás de las paredes, 1991) y fuera de su palo probó con la livianita Música del corazón (1999), que le valió dos nominaciones al Oscar: mejor música y mejor actriz para Meryl Streep.
Pero el capo laboro de este señor que también ofició de disc jockey y de avistador de pájaros fue La serpiente y el arcoiris (1988), ambientada en Haití. El pobre Bill Pullman interpretaba a un antropólogo sometido a la magia negra, a las alucinaciones y a los horrendos poderes de una pócima que te convertía en un zombie. El terror campeaba no solo en los rituales secretos y en el paganismo desaforado, sino también en las aristas autoritarias de la dictadura de Baby Doc Duvalier, el peor de los hechiceros. Gran actuación del sudafricano Zakes Mokae, que aún hoy mete miedo como chamán y jefe de la Policía haitiana.
Ingmar Bergman tenía en su casa una colección de casi 2.000 VHS, entre ellos The Blues Brothers, Los cazafantasmas y Duro de matar. Y en esos anaqueles también estaba Wes Craven. Por algo será.