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    Y aún anda tan campante

    Vimos en la columna pasada cómo Shakespeare en su obra El mercader de Venecia transmite los pensares y sentires fuertemente antisemitas de su tiempo.

    El judío Shylock corporiza el peso del capital y lo material por sobre valores considerados espirituales, y por ende superiores, tales como el amor y la amistad.

    Pero también vimos que la trama refleja el ascenso del capitalismo (impulsado en gran parte por la actividad financiera de los judíos) y la resistencia que este sistema revolucionario causó en una sociedad con fuertes resabios feudales y caracterizada por el inmovilismo social.

    Creo que de la multitud de hilos que el gran titiritero Shakespeare mueve en esta obra, los más importantes son aquellos que tratan el conflicto entre lo cristiano y lo judío; entre la acumulación “injusta” de capital y la necesidad de financiación del capitalismo; entre una filosofía que apoyaba la inversión como medio para obtener una ganancia destinada a ser nuevamente invertida —en una espiral sin fin— y una filosofía que apoyaba el goce de disfrutar el momento (los famosos carpe diem y otium cum dignitate de la Antigüedad).

    Hoy seguimos condenando a aquellas personas que viven para trabajar y acumular riquezas (los Shylock de nuestro tiempo), mientras que admiramos a los Antonio: esos seres que “saben vivir la vida”.

    No sé si el objetivo de Shakespeare fue desnudar estas contradicciones específicas, pero un observador contemporáneo centra naturalmente su interés en el conflicto entre capitalismo y anticapitalismo que azoraba la vida cotidiana de una sociedad profundamente sacudida por un gigantesco proceso de cambios.

    De acuerdo con esa perspectiva de análisis, una de las conclusiones que se puede sacar es la división de aguas que hacía la Iglesia, elogiando el cultivo de la riqueza cuando ésta redundaba en obras de caridad y en donaciones, y condenando el cultivo de la riqueza generada a través de transacciones monetarias “deshumanizadas” y sin fines espirituales o filantrópicos.

    Con la Reforma luterana, en los inicios del siglo XVI, surgió en el seno del cristianismo una postura diferente frente a la ganancia. Los resultados no se hicieron esperar.

    En el mundo católico la riqueza redundó en palacios y en esculturas, en grandes pinturas, en magníficos jardines y en fastuosos festejos. En el mundo protestante la riqueza se reinvirtió en proyectos productivos (destinados a rendir mayores ganancias) y en procesos innovadores (multiplicadores de conocimientos y motores de una mayor productividad).

    Quizás, en ninguna parte del Viejo Mundo podamos ver este contraste con mayor contundencia que en la región flamenca. Las provincias del norte de Flandes (hoy Holanda) quedaron dominadas por el calvinismo y las del sur (hoy Bélgica) por el catolicismo.

    Basta, por ejemplo, con analizar las principales características de la producción artística en esta región dividida por la religión para comprender el significado de lo que pretendo decir.

    En el norte, el arte pictórico se caracterizó por la producción de obras de tamaño reducido, aptas para los hogares burgueses. En el sur, un Rubens, un Jordaens o un Van Dyck pintaban óleos inmensos, destinados a palacios privados y eclesiásticos.

    Pero no sólo el formato y el destino de los cuadros establecía una diferencia: en el sur católico se pintaba por encargo, siguiendo los deseos de los mecenas; en el norte calvinista el artista producía para un mercado anónimo, siguiendo los principios y las vicisitudes de todo proceso de producción capitalista.

    Otra gran diferencia era que allí donde Vermeer, Hooch, Rembrandt o Hals pintaban interiores de hogares, potes de cerámica y lecciones de anatomía, o comerciantes pesando sus mercaderías, en el sur se cultivaban los grandes temas religiosos, los temas mitológicos y los históricos, y se pintaban retratos majestuosos e idealizados de los poderosos mecenas.

    Sin embargo, donde más virulencia produjo el antisemitismo y el anticapitalismo que Shakespeare describe en El mercader de Venecia fue en la España inquisitorial, en donde los judíos que se negaron a convertirse al cristianismo fueron expulsados en 1492, mientras que los conversos que eligieron permanecer fueron perseguidos a sangre y fuego hasta que la presencia judía en ese país se redujo (al día de hoy) a un mínimo insignificante.

    Eso explica que mientras en casi toda Europa los grandes banqueros eran mayoritariamente cristianos, en España la actividad bancaria tardó en crecer hasta entrado el siglo XIX: el Banco de España, que es el banco central de ese país, fue creado en 1856, es decir casi al mismo tiempo en que se abrieron los primeros bancos en Uruguay y 34 años después de la fundación del Banco Provincia en Argentina.

    Este atraso de siglos se debió a la conexión mental que la sociedad española hacía entre la actividad bancaria o comercial y lo judío. Estigmatizando a todo un grupo humano se estigmatizó a una serie de actividades fundamentales para el avance de la nación.

    A 415 años de El mercader de Venecia, la idea de que el judío es un usurero y un elemento peligroso para el conjunto de la sociedad anda, al igual que Johnny Walker, aún tan campante.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor