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El ex ministro colorado y ex fundador del Frente Amplio Zelmar Michelini, asesinado en Buenos Aires hace 40 años, sabía que estaba vigilado y que corría serios riesgos, pero decidió quedarse en la capital argentina porque la dictadura uruguaya lo había dejado sin documentos y además se sentía responsable por sus diez hijos y sobre todo por Elisita, entonces presa en un cuartel en Montevideo. Además, confiaba en que aún tenía posibilidades de eludir la represión.
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Cuando fue secuestrado y asesinado, el 19 de mayo de 1976, tenía dos trabajos como periodista, en el diario “La Opinión” y la agencia de noticias Prensa Latina, y además atendía un quiosco que había comprado para apoyar a su familia.
“No sé si el destino me deparará mayores problemas que los muchos que ya tengo. Pero mi ida, definitiva o por mucho tiempo de Buenos Aires, es lo último que encaro, pues supone la pérdida de contacto con Eli, que es mi obsesión y la causa primaria de mi preocupación. Toda esta tiene que ser compatible con la lucha. Ambas cosas están unidas. Aquí ayudo, estoy informado, tengo posibilidades de respaldar y aconsejar a la gente. Soy un predicador en el sentido más noble y más humilde de la palabra. Y además están mis chicos, bastante perseguidos por ser hijos de quien lo son. Y mucho más indefensos si el padre se va a otras tierras. Claro que la vida es lo primero y de nada vale todo esto si se está muerto o imposibilitado físicamente o preso. Por consiguiente, es un problema de equilibrio, de ubicación, de saber cuándo te van a golpear y de escapar de la mejor manera posible. En ese sentido, confío en que sabré darme cuenta a tiempo”.
Michelini escribió la carta que contiene esas reflexiones a finales de marzo de 1976 a su amiga estadounidense activista de los derechos humanos Louise Popkin y fue reproducida en el libro “La voz de todos. Zelmar Michelini, su vida”, de Mauricio Rodríguez, a cuyo adelanto accedió Búsqueda.
El libro, que se pondrá a la venta esta semana, contiene también algunos fragmentos de una carta enviada por Michelini a su hija presa en Montevideo en la que recordó una frase del periodista checo Julius Fucik, asesinado por los nazis: “Con alegría vivo, con alegría combato y con alegría muero. Que nunca la tristeza se asocie a mi nombre”.
No obstante, en otra carta que escribió a un amigo, Michelini confesó su desánimo pero optó por “quedarse, no hacerse notar y luego dejar que la tormenta amaine”.
Sin embargo, pidió una entrevista con el ministro del Interior argentino y no abandonó ni siquiera el céntrico hotel Liberty, al que había llegado gracias a la ayuda que le prestó su propietario, Benjamín Taub.
Michelini quedó sorprendido porque Taub no le cobró la habitación. “No me debe nada. Porque usted fue el único político uruguayo que cuando fui a hacer un trámite en su país no me pidió plata”, le dijo, recordando una consulta que le hizo cuando Michelini fue ministro de Industria del presidente Oscar Gestido.
El golpe de Estado que se produjo en Argentina el 24 de marzo de 1976, menos de dos meses antes del asesinato de Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, William Withelaw, Rosario Barredo y la desaparición de Manuel Liberoff, puso en alerta al ex legislador uruguayo porque “con los militares siempre es peor”. Pero, por otro lado, Michelini tenía una “buena imagen” del general Rafael Videla, que encabezó el golpe.
Videla, en palabras de Michelini, “pasaba por ser un oficial profesionalizado al máximo, demócrata, liberal, no en el sentido económico sino en manera de vida, es decir contemplativo, abierto, nada radicalizado y progresista”.
Unos días antes de su secuestro, se habían llevado a los tupamaros Whitelaw y Barredo y por eso Michelini había hecho una limpieza en la habitación 72 del Liberty. “No puede haber nada en esta pieza, todo tiene que estar limpio”, dijo el fundador de la lista 99 a su hijo Zelmar, que acostumbraba juntar boletines y revistas “subversivos”.
Zelmar hijo, al que llaman “Chicho”, contó a Rodríguez que presenció una charla con la militante izquierdista Norma Scópice, que había declarado con él en 1974 en el Tribunal Russel.
“Ella le pidió casi llorando que se fuera del país, que la situación era peligrosísima, que lo iban a matar. (…) Él reaccionó con mucho disgusto, cosa que generalmente no sucedía, y le dijo que se dejara de embromar, que a él no le iba a pasar nada y que en cambio quien tenía que irse era ella (…)”. Luego comentó a su hijo: “Son ellos los que se tienen que ir, no yo. A ellos los van a matar, no a mí. Pero no hay caso, no escuchan”.
El diálogo se produjo 10 días antes del secuestro de Michelini. Scópice desapareció en noviembre de ese año 1976.
Aunque el libro no llegó a conclusiones definitivas, de las diferentes hipótesis que existen se inclina por la posibilidad de que los asesinatos de 1976 buscaran frenar una salida política en Uruguay.
El libro, editado por Fin de Siglo, será presentado hoy jueves 28 a las 19 horas por Margarita Michelini, Juan Raúl Ferreira y Gerardo Caetano en el teatro de la Asociación Cristiana de Jóvenes (Colonia 1870).