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    Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz

    Sr. Director:

    Sí, los conocí a ambos. Al primero, desde la barra, es decir, desde afuera. Era admirable escucharlo razonar con tanta rapidez como nunca he visto hacerlo a nadie, sobre todo porque su improvisación era siempre coherente y su dicción siempre clara.

    Al segundo, Héctor Gutiérrez Ruiz, lo conocí más de cerca. Pero mi relación con él solo fue funcional; no lo acompañé a tanguerías ni al hipódromo, ámbitos por los que tenía especial preferencia como ocupación distendida de sus ocios; ocios que eran pocos, porque fue hombre de trabajo infatigable. Y esa laboriosidad, esa capacidad de trabajo y ese fluir incesante de energías aplicado a todo lo que fuera la cosa pública constituyen la primera nota relevante de la definición de lo que fue su persona.

    Eso lo advertí ya en 1967, cuando desde mi cargo administrativo en la Junta Departamental pasé en comisión a desempeñar tareas como secretario de bancada en la Cámara de Diputados, ocupación que compartí inicialmente con dos compañeras, Gladys Isabella y Diana Dimerlo, a las que se agregó poco después el también joven Luis Alberto Lacalle Herrera. La bancada estaba presidida por Mario Heber y el vice era Walter R. Santoro, mi inolvidable maestro. Completaban ese agrupamiento herrerista Alberto Gutiérrez Chirimelo, Benito Medero, Nelson Moré, Luis Alberto Salgado y, el más joven de todos, Héctor Gutiérrez Ruiz. La mitad de ellos inauguraba su actuación legislativa, y bajo nuevas reglas, porque la Constitución de 1967, recién plebiscitada, había establecido nuevas modalidades de relacionamiento entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, había extendido la duración del mandato de cuatro a cinco años y también había limitado las facultades de iniciativa legislativa.

    Comenzaban también a insinuarse, ante el asombro de la sociedad adormilada, muy graves conflictivas sociales y a esbozarse clivajes y enfrentamientos que, desbordando las previsiones ingenuamente optimistas del uruguayo medio, que vivía aún las últimas expresiones de lo que podríamos llamar el bostezo de prosperidad, llegaron a arrastrarlo todo en una vorágine, a teñir de sangre ese período y a enlutar en forma irreversible los sentimientos de la nación.

    En 1970, Gutiérrez Ruiz, junto con Pedro Chiesa y Walter Santoro, generaron un movimiento de extracción herrerista que, en su etapa preliminar, desprendiéndose del grupo originario, se erigió en sector legislativo, que se denominó Con Herrera, Independencia, Nacionalidad, Americanismo, cuyo cartel indicador se pegó en la puerta del local que la secretaría de la cámara le adjudicó y que he conservado, no sin emoción, hasta hoy. Coincidiendo sus actividades con el sentido moralizador que venía desarrollando el senador Wilson Ferreira Aldunate, con él aunaron esfuerzos y se integraron al movimiento Por la Patria.

    Ya había advertido en Gutiérrez Ruiz por su comportamiento político una faceta básica de su persona: me encontraba frente a un hombre íntegro, de intachable estructura ética, que rechazaba visceralmente cualquier modalidad de impostura, de deshonestidad o de corrupción moral.

    También pude apreciar que se movía con solvencia inusual sin dejarse confundir por la espesura de acontecimientos con que todas las mañanas nos sorprendían los diarios. Creo que vio claro donde otros veíamos confusión, caos y desorden. Esta es otra nota a destacar: la claridad de pensamiento, la agudeza de su capacidad perceptiva, la mirada penetrante para buscar resquicios imperceptibles en la maraña de la selva social.

    Otro rasgo sobresaliente era la rebeldía. Era conciliador y dialoguista, pero no se dejaba reglamentar cuando entendía que se lesionaba su derecho a opinar o a inclinarse por las opciones que consideraba más estimables.

    Tenía un sentido muy agudo de la historicidad; sentía con particular devoción al partido fundacional al que pertenecía y correlativamente un respeto escrupuloso por los hombres maduros de su partido, a quienes escuchaba sin sojuzgarse, aunque siempre con predisposición de aprender de la experiencia decantada de los años, porque sabía que la actividad política es cambiante y proteica, de modo tal que casi no hay reglas técnicas para orientarse.

    En 1971 la ciudadanía le renovó su mandato como parlamentario, y fue electo presidente de la cámara, así como también el año siguiente, hasta que sobrevino en 1973 la quiebra institucional. Una de sus primeras medidas fue llamarme, en mi calidad de funcionario de la Cámara de Diputados, para desempeñar tareas en su secretaría. Tiempo después se integró a esta Sergio Chiesa y más tarde Inés Lacalle Herrera.

    Allí vi a Gutiérrez Ruiz desplegar desde la presidencia del cuerpo una increíble actividad de relacionamiento político con dirigentes, movimientos y sectores del espectro partidario nacional. Fue un espíritu conciliador, y ese era otro rasgo central de su arquitectura humana. Desde el rol que estaba cumpliendo, captó que la política es un continuo fluir de transacciones, que el diálogo personal es el instrumento más decisivo para que los hombres se entiendan, que ello no se consigue sin el acercamiento, sin la proximidad incluso física, sin permitir que quede reverberando la sensación cálida que produce el apretón de manos, símbolo de unión de lo diverso, de respeto y también de afecto.

    Era un ejemplar humano de conversación fluida y atractiva, y no es ocioso señalar esta peculiaridad como coadyuvante del éxito que casi siempre obtuvo en sus gestiones con unos y con otros.

    Tenía asimismo una mentalidad exquisita. Recuerdo un análisis que desarrolló, sabiendo mi coincidencia, sobre la obra arqueológica y metafísica del padre Teilhard de Chardin, que me expuso mientras gentilmente me alcanzaba en auto hasta el IPA, entonces mi lugar de estudio. Esta fineza espiritual, producto de su pasaje por nuestra Facultad de Derecho y de sus estudios humanísticos en España, pero por sobre todo de su apropiación cultural autodidáctica, configuraron definitivamente ese tipo humano excepcional, que seguramente estaba destinado a cumplir un papel relevante en el proceso de engrandecimiento de la nación.

    Después, los sucesos se desencadenaron en forma dramática, y el misterio ha envuelto las circunstancias de la tortura y asesinato de Michelini y Gutiérrez Ruiz, junto con las de dos tupamaros disidentes. El infortunio enlutó a sus familias, hirió los afectos de sus partidos y conmovió la sensibilidad nacional. En nada consuela el alma creer que, como decía Nietzsche, se deba abandonar la vida como Ulises a Nausícaa, bendiciéndola pero sin enamorarse de ella. La frialdad moral de este filósofo ignora el infinito dolor de la injusticia.

    El destino unió a Michelini y Gutiérrez Ruiz en la tragedia, como antes los había unido en el esfuerzo parlamentario por defender las libertades y en la protección del funcionamiento legal de las instituciones del país.

    La nación los recordará.

    Agapo Luis Palomeque