Pocos días antes de partir hacia Sudamérica, sin embargo, el papa declinó la invitación por motivos de agenda. “Aunque por el momento no puedo acoger tan delicada atención, bien saben todos los uruguayos que los llevo dentro de mi corazón y que rezo por ellos, encomendándolos a Nuestra Señora de los Treinta y Tres Orientales, Patrona de esa nación”, dijo en la carta que envió al presidente uruguayo.
Pero tres años después se renovó la ilusión. Esta vez, Tabaré Vázquez trajo la buena nueva de su viaje al Vaticano en su segundo año de mandato, a donde fue junto con su esposa, María Auxiliadora Delgado, y Álvaro Vázquez, uno de sus hijos. “El papa no fijó fecha, pero se comprometió a visitar el país”, aseguró tras la audiencia con Francisco.
Los años pasaron y la esperada gira se fue postergando. En 2023, entrevistado por el periodista Daniel Hadad para Infobae, Francisco explicó por qué la visita a Argentina y Uruguay seguía pendiente: “Estaba planeado para diciembre de 2017. Se iba a ir primero a Chile, después a Argentina y Uruguay. El plan era ese. ¿Pero qué sucedió? Que (Michelle) Bachelet terminaba su gobierno y las elecciones eran precisamente por esa época. Entonces tuvimos que pasar Chile a diciembre y ya ir en enero a Argentina y a Uruguay. En enero no encontrás ni al gato, ¿viste?”, señaló. Finalmente, el itinerario se cambió por Chile y Perú. Argentina y Uruguay quedarían para después. “Y ese después es lo que estamos esperando de la coyuntura (...) Yo estoy abierto a que se dé la oportunidad”, aseguró dos años antes de fallecer sin haber pisado estos dos países como papa.
Este 6 de noviembre la espera por la visita papal a Uruguay llegará a su fin, aunque con otro protagonista, cuando León XIV baje del avión en el Aeropuerto Internacional de Carrasco y sea el primero en pisar suelo uruguayo en 38 años, con una agenda que empezará con una ceremonia en la plaza Independencia, seguirá con un encuentro con el presidente Yamandú Orsi e incluirá un viaje a Paysandú, un encuentro con la realidad social de Casavalle, una vigilia de oración en el Estadio Centenario y una misa en Florida, entre otras actividades.
La expectativa que genera su llegada remite inevitablemente a los años 1987 y 1988, cuando Juan Pablo II visitó el país más laico de América Latina y logró reunir en una misa en Tres Cruces a más de 150.000 personas, y unas 300.000 si se cuentan las multitudes, en los techos, los balcones y calles aledañas.
1987: agenda exprés en Uruguay
Juan Pablo II tenía 66 años cuando pisó y, como tenía por costumbre, besó el suelo uruguayo el 31 de marzo de 1987, bajo una lluvia torrencial. Le esperaban unas intensas 19 horas en el país.
Fue recibido por el presidente Julio María Sanguinetti, su esposa, Marta Canessa, y sus ministros. Y desde el aeropuerto mandó su primer saludo a los uruguayos. “En vuestro país conviven en la concordia diversas opciones sociales y políticas, y grupos que profesan diferentes creencias religiosas, todo ello en un clima favorable de respeto y tolerancia (...) Como portador de un mensaje de vida y de esperanza, os invito a abrir a Cristo las puertas de vuestro corazón”, dijo.
Por el contexto, mensajes como aquellos fueron recibidos por buena parte de la población con una sensibilidad particular: Uruguay llevaba apenas dos años de recuperación democrática tras 12 años de dictadura cívico-militar; la presencia de un líder mundial como el papa se sintió para muchos, entonces, como una especie de respaldo en aquella transición.
Una niña ondea una bandera con la inscripción “Bienvenido, Juan Pablo II”, durante una misa al aire libre celebrada el 7 de mayo de 1988 en Montevideo por el papa Juan Pablo II.
DANIEL GARCIA / AFP
A pesar de la lluvia, miles de uruguayos siguieron el trayecto del papamóvil, que se dirigió desde el aeropuerto hacia la Catedral Metropolitana de Montevideo. Allí se detuvo a rezar ante la tumba de Jacinto Vera, primer obispo de Montevideo, declarado beato en 2023 en un acto público en el Estadio Centenario. Se estima que unas 4.000 personas colmaron la iglesia Matriz aquella tarde; los primeros bancos estaban ocupados por obispos, sacerdotes, monjas, seminaristas y diáconos de todo el país, mientras que el resto de la iglesia y los pasillos se llenaron de fieles y laicos que habían accedido a través de invitaciones.
La siguiente parada del papa fue el Palacio Taranco, donde se conmemoró la firma del Tratado de Montevideo, un acuerdo logrado con la mediación de la Iglesia católica que evitó una inminente guerra entre Argentina y Chile.
Juan Pablo II pasó aquella noche en la Nunciatura Apostólica de Montevideo, mismo lugar donde se hospedaría un año después, y el mismo que volverá a alojar a un papa 38 años después. El edificio, ubicado en bulevar Artigas entre Guaná y Chaná, es la sede diplomática de la Santa Sede en Uruguay. Fue construido originalmente como residencia particular por los arquitectos Gonzalo Vázquez Barrière y Rafael Ruano Zubillaga, y adaptado posteriormente para convertirse en sede diplomática. A las comodidades propias de una vivienda se le añadieron oficinas, dependencias diplomáticas y una capilla. Pero León XIV se hospedará en una versión renovada del edificio, ya que fue reformado en 2017 por el estudio de arquitectos Collet-Neri.
El papa Juan Pablo II en Tres Cruces, 1 de abril de 1987.
Iglesia Católica de Montevideo
Al amanecer, Juan Pablo II se encontró con una ciudad soleada luego de una noche de lluvia constante. Aquel 1 de abril empezó a las 10 de la mañana con el plato fuerte de su estadía: la misa en la explanada de Tres Cruces que congregó a cientos de miles. Junto al altar se colocó la cruz de 24 metros que, aun en pie como evidencia de aquella visita, se convirtió en un punto de referencia de la ciudad.
“Queridos uruguayos: vuestra patria nació católica. Sus próceres se valieron del consejo de preclaros sacerdotes que alentaron los primeros pasos de la nación uruguaya (...) El Uruguay de hoy encontrará los caminos de la verdadera reconciliación y del desarrollo integral que tanto ansía, si no aparta los ojos de Cristo, Príncipe de la Paz y Rey del Universo”, manifestó Juan Pablo II durante la homilía, antes de partir a Chile con la promesa de un pronto regreso.
1988: y volvió
Esta vez, la visita de Juan Pablo II a Uruguay no sería fugaz, sino que por delante tenía tres jornadas en Montevideo, Melo, Florida y Salto.
Sin siquiera pasar por su alojamiento —la nunciatura—, Juan Pablo II se dirigió en el papamóvil al Estadio Centenario, donde llevó adelante una celebración de la palabra ante las 60.000 personas que lo esperaban con pancartas y banderas uruguayas. Recordó allí un momento histórico para los católicos que había tenido lugar en ese recinto décadas atrás: cuando miles de niños tomaron la primera comunión en 1938 en el marco del Congreso Eucarístico Nacional de Uruguay. Pidió a madres y padres que “cuidaran” la vida cristiana que sus hijos recibieron en el bautismo y envió un mensaje a los jóvenes, a quienes instó a colaborar en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.
60.000 personas colmaron el Estadio Centenario aquel 7 de mayo de 1988, donde Juan Pablo II llevó adelante una celebración de la palabra que duró unas dos horas.
Estadio Centenario
De inmediato se dirigió a la Universidad Católica, concretamente al aula magna, donde dio un discurso de 28 minutos ante políticos, académicos, diplomáticos, directores de centros educativos y de medios de comunicación. El patio central, en tanto, reunió a unos 3.000 estudiantes, que lograron escuchar el mensaje del papa.
Lo más anecdótico de su segunda visita a Uruguay fue su viaje a Melo, al día siguiente. En el aeropuerto lo recibieron, además del presidente Julio María Sanguinetti, el obispo de la diócesis de Melo, Roberto Cáceres. Pero lo que llamó la atención de todos en los registros fotográficos fue la presencia de dos niños: una niña vestida de china —con dos colitas y un pañuelo celeste— y un niño vestido de gaucho. Ella, Celina Menéndez, todavía conserva en el respaldo de su cama el rosario que le regaló el sumo pontífice. La identidad del niño, sin embargo, se mantuvo como un misterio que recién este año se intentó resolver.
Con el fin de hacerle una entrevista conmemorativa, la Iglesia católica trató de localizarlo, un intento que cobró una magnitud inesperada. Un periodista de Melo que había sido consultado con el fin de obtener información divulgó el pedido en redes sociales, lo que produjo una inmediata viralización, al punto de que a aquel gauchito —hoy un hombre de más de 40 años que reside en Montevideo— le llovieron inesperados mensajes, y se optó, finalmente, por preservar su identidad.
Más allá de la historia de estos dos niños, aquella jornada dejó uno de los relatos más memorables para la cultura uruguaya reciente, reflejado en la película El baño del papa, que revive a modo de ficción lo que en realidad supusieron los preparativos ante la inminente llegada de Juan Pablo II: con altísima expectativa, comerciantes locales prepararon abundancia de comida esperando una multitud masiva y terminaron sufriendo pérdidas debido a la baja demanda del público, mucho más entusiasmado por ver al papa que con ganas de comer hamburguesas o choripán.
Juan Pablo II en Melo, en 1988, antes de El baño del papa.
Instagram Diócesis de Melo
Ese mismo domingo 8 de mayo el pontífice visitó Florida, donde dio una misa en el Estadio Campeones Olímpicos en la que ordenó a 13 nuevos sacerdotes y recordó la independencia de Uruguay, declarada en ese departamento. Juan Pablo II también rezó ante la figura de madera de 36 centímetros de la Virgen de los Treinta y Tres, labrada en el siglo XVIII por artesanos guaraníes y trasladada en un operativo especial desde la catedral hasta el estadio para recibir la bendición del papa.
Al día siguiente lo esperaba su último destino en Uruguay. Voló desde Montevideo a Salto en Pluna y fue directo al parque Mattos Netto, en la costanera sur, donde se montó un quincho de madera y paja que ofició de altar, que meses después fue incendiado intencionalmente. Muchos de los asistentes a la misa acamparon desde la tarde anterior en el parque, denominado posteriormente como plaza del Papa y donde hoy se erige una cruz en memoria de aquella histórica visita.
“¡Uruguay, que seas muy feliz en el camino de tu historia nueva!”, fue lo último que dijo en su discurso de despedida antes de subirse al avión en Carrasco.