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Juegos Olímpicos: El precio de la excelencia

La máxima figura de la gimnasia artística Simone Biles dio una doble gran lección al mundo; cuando abandonó en Tokio 2020 y ahora, cuando volvió, y volvió a brillar

Editora Jefa de Galería

Es tiempo de Juegos Olímpicos (JJ.OO.). Es momento de ver y hablar de la gimnasia artística. En pocos días el tren pasará y no sabremos más de este deporte hasta el próximo encuentro olímpico. Si alguien sabe dónde y cuándo se pueden ver transmisiones televisivas de esta disciplina, que avise.

Es impresionante lo que este deporte despierta. Y pasan varias singularidades con él. Está entre las disciplinas más vistas durante los JJ.OO., de las que más atención genera en Estados Unidos, por ser potencia en ese deporte y tener las mayores chances de llevarse varias medallas (ya obtuvo la de oro en la general, por equipo femenino), es de las que más ingresos deja y —esto sí es bien particular— la modalidad femenina es la más fuerte, tiene más marketing, más peso, más sponsors y más participantes.

Desde que comenzaron los JJ.OO., la actuación de Simone Biles viene siendo descollante. Todo el mundo tiene los ojos puestos en ella. Lady Gaga, Tom Cruise y Ariana Grande­ fueron a verla el domingo 28; menuda audiencia la de Simone. Fue su debut en París­ 2024 después de que en Tokio 2020 había decidido retirarse de la competencia poniendo su salud mental por delante de su objetivo deportivo. En este regreso viene mostrando lo mejor de ella, con su cuerpo y su mente enfocados, alineados. Por lo menos así se la ve, con un gesto y una mirada de persona sana, que la está pasando bien.

Por otro lado, las referencias a la rumana Nadia Comaneci nunca dejan de aparecer. Han pasado 48 años, casi medio siglo, y aquella niña de 14 años que marcó la historia por haber sido la primera en conseguir un 10 perfecto sigue siendo evocada una y otra vez.

Después de ver a Simone Biles, surgió en la redacción el interés por buscar en YouTube aquel 10 perfecto. Quedamos inmóviles frente al monitor, con la boca abierta. Sin entender mucho de cómo se puntúa (en la nota que publicamos en este número la jueza internacional uruguaya Romina Castellini confirma que es un sistema bastante difícil de aprender), supimos que estábamos ante una expresión de la excelencia. Reconfirmamos la trascendencia de ese nombre, de esa deportista; en las décadas siguientes, todas las niñas del mundo jugaron soñando que eran ella.

Pero la excelencia y la perfección en esta disciplina tienen su lado b. Tanto Simone Biles como Nadia Comaneci cuentan con capítulos oscuros en sus vidas. En la época de Nadia no se hablaba de salud mental, mucho menos de abusos sexuales, pero sí se supo años más tarde sobre los sufrimientos a los que ella y sus compañeras eran sometidas: restricciones alimentarias extremas, retrasos provocados de sus menarcas o interrupciones en sus ciclos menstruales, presiones psicológicas de todo tipo y muchas lesiones físicas.

“El deporte está cambiando y damos más importancia a la salud física y a la salud mental. No diría que por encima de todo pero sí más que hace unos años”, asegura Simone Biles en la docuserie sobre ella que estrenó Netflix recientemente.

“En los 80 y 90, como gimnastas, nuestras ideas sobre lo que era normal en el deporte estaban algo equivocadas. Pero había una fuerte creencia de que ese era el camino para lograr alcanzar el éxito”, dice una atleta olímpica retirada. Hombros dislocados, cirugías, tornillos en las articulaciones, fracturas, cuerpos de niñas con más lesiones que un jugador de un equipo de fútbol americano de la NFL. “Ni siquiera el bienestar físico formaba parte de la conversación (…). Y si no te quebrabas, eso te convertía en una resiliente y una campeona”, cuenta la campeona olímpica de los 90 Dominique Dawes. “Cuando éramos niños, teníamos que hacer todo lo que nos dijeran. Pensaban que eso era lo que se necesitaba para formar un campeón olímpico o para formar un atleta universitario. Y es así como se destroza a un ser humano”, confiesa con los ojos húmedos esta mujer de 43 años.

Cuando Simone Biles abandonó la competencia para la que se había preparado durante mucho tiempo —“Tokio era su Everest”, dice su entrenadora en el documental— aduciendo problemas de salud mental, recibió muchas críticas, la llamaron desertora, no la entendieron, especialmente en su país, donde el éxito es un valor fundamental. El problema que la dejó fuera se llama twisties, una afección de gimnastas en la que la mente y el cuerpo están descoordinados, la atleta pierde la orientación cuando está en el aire y eso le afecta el control de sus movimientos. La causa de esto claramente es psicológica y las consecuencias pueden ser mortales.

Pero Simone dio una doble gran lección al mundo; no solo en aquel momento, porque, como dice ella misma, abrió la conversación, sino en este París 2024, en el que volvió, incluso cuando ella no sabía si iba a poder volver a competir, y volvió a brillar.

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