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La escalada deportiva o el desafío de ir siempre hacia arriba venciendo los muros

Impulsada esencialmente por extranjeros, en Uruguay viene creciendo la práctica de la escalada, un deporte en estrecho contacto con la naturaleza que implica desafiarse a uno mismo, encontrar el camino y confiar en los demás

Una cuerda, un arnés y un amigo cuidan las espaldas. Y las espaldas están a 20 metros del suelo o más. Solo hay una cosa segura: hay que subir. Solo hay otra cosa que descifrar: qué camino nos indica la roca, barajando esfuerzo, distancia, altura, cansancio, temor. Aire. Respiración agitada. Adrenalina. Una grieta donde meter la mano, al alcance de la mano. Es animarse a dar un paso más a pesar del miedo a errar y volar. Es agarrar la piedra con seguridad. Y siempre hay que subir. Subir un pie más arriba. El otro. Más aire. Más respiración agitada. Más adrenalina. Se siente el aliento desde abajo. Es el top. Es llegar al final. Es lograrlo.

Macarena Saavedra es la encargada de las relaciones institucionales de la joven Asociación Uruguaya de Escalada (Aude), de la que también fue presidenta. Este deporte está creciendo en todo el mundo y Uruguay no es la excepción. Claro que aquí, donde no hay montañas y el punto más alto (el cerro Catedral, en Maldonado) apenas supera los 513 metros sobre el nivel del mar, ese crecimiento vino de la mano de la inmigración, temporal o definitiva.

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Macarena Saavedra asciende por el Cerro El Guardián, en Maldonado

Macarena Saavedra asciende por el Cerro El Guardián, en Maldonado

“Escalar termina siendo tu forma de vida. Esto no es como el hábito de ir al gimnasio”, cuenta Macarena a Galería. “Todos tus viajes están vinculados al deporte. Vas a otro país por trabajo y averiguás dónde podés escalar. Mis vacaciones para mí significan ir hacia la roca con amigos”.

La influencia extranjera pesa. Quien desde el 23 de junio preside Aude, creada en 2013, es un ingeniero chileno radicado en Maldonado llamado Tomás Dattwyler. En su país, cuenta, ya van tres generaciones de escaladores. La explicación es obvia: alcanza con elevar la mirada para ver los Andes. Esta asociación tiene 155 socios activos, aunque estima que los escaladores en este país oscilan entre 700 y 800. “Uruguay es un buen país para escalar”, sorprende. “Acá faltan más escaladores que rocas. Nosotros somos como surfistas: en vez de mirar olas, vemos paredes de rocas. No habrá grandes montañas, pero sí paredes lindas: con 10 metros ya alcanza, un bloque de tres ya puede generar un desafío interesante”.

En la naturaleza

La cosa, según ambos, es encontrar lugares buenos para desafiarse y preguntar a los propietarios —porque en Uruguay también los cerros tienen dueños— cómo acceder. El cerro Arequita, a 10 kilómetros de Minas, Lavalleja, es el lugar más desarrollado, con unas 80 vías de escalada ya existentes, algunas de las cuales alcanzan los 50 metros de altura. “Es el lugar principal que tenemos pero está ‘limitado’: tiene horarios, no podés acampar, porque es un área protegida”, dice Macarena.

También en Lavalleja, cerca de Mariscala, está el cerro El Minuano, una reciente incorporación al circuito. “Es el doble de grande de Arequita y tiene un potencial enorme”, se entusiasma la relacionista. El Guardián, en Aiguá, las grutas de Salamanca y Punta Ballena son lugares muy adecuados en Maldonado. En San José, cerca de Mal Abrigo, se presentan como alternativa las sierras de Mahoma. En Montevideo, finalmente, están las municipales canteras del Parque Rodó.

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El que escala no está solo: siempre hay gente abajo que asiste con las cuerdas y brinda seguridad

El que escala no está solo: siempre hay gente abajo que asiste con las cuerdas y brinda seguridad

Macarena hace siete años que escala y llegó a este deporte, justamente, buscando uno para practicar. Probó con la calistenia, pero no le copó. Navegando por Facebook se encontró con el Montevideo Boulder Club (MBC), un lugar considerado clave en el desarrollo de esta actividad en el país. “Fui y el primer día ya me compré zapatillas de escalada. Lo que no me imaginé es que el resto de mi vida iba a girar en torno a escalar. Siempre me encantó el contacto con la naturaleza, acampar y hacer trekking. Todo esto me llevó de nuevo a ese lugar y a que me gusta mucho el desafío conmigo misma, a aprender a manejar más el cuerpo, a trabajar la paciencia, la frustración, a saber esperar…”.

En la ciudad

Tomás está en Uruguay desde 2018. Cuando llegó, lo único que encontró en modalidad indoor para ejercitar su pasión era el entonces “muro pequeñito” del MBC. Todos los caminos llevan a él, solo que ahora el “muro pequeñito” evolucionó a paredes de hasta cuatro metros y medio de altura.

En Uruguay, vale reiterar, la escalada y la inmigración van de la mano. El dueño del MBC, en el barrio Villa Dolores, es el biólogo venezolano Pablo Veloso. Hace 20 años que escala, 11 que está en Uruguay y nueve que está adecuando este espacio para un número cada vez mayor de adeptos. “El crecimiento es lento pero sostenido; el que llega no se va más”, asegura. Tiene 150 asociados y gente que viene por el día, muchas veces extranjeros que están en Uruguay por trabajo y no pueden estar mucho tiempo sin escalar. Calcula un flujo de 350 personas por mes, en edades que van de los cuatro años a los 72. Dos profesoras trabajan con él en un lugar donde también se coordinan visitas semanales de centros juveniles.

En Montevideo hay otro recinto indoor: Escalada Charrúa, en el barrio La Figurita. En el interior, la Aude registra a Líquen Escalada en Maldonado, Jupi Boulder en Paso de los Toros, Tacuarembó, y El Muro en Paysandú.

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En la ciudad, hay varios clubes donde se puede practicar la escalada bajo techo

En la ciudad, hay varios clubes donde se puede practicar la escalada bajo techo

Pablo es instructor de escalada deportiva certificado por la Federación Argentina de Ski y Andinismo (FASA). En Uruguay, este deporte no está federado, lo que dificulta las competencias —nacionales e internacionales— y la homologación de normas de seguridad. Lo primero está mejorando, con juveniles que ya participan en torneos en el país vecino. “Acá todavía falta infraestructura. Estos lugares requieren de mucha inversión. Necesitás altura y no sobran los galpones donde poner paredes, aplicar las ‘presas’ para diseñar rutas y que el escalador adquiera gestos técnicos para descifrarlas”, afirma a Galería el venezolano. Tanto en las paredes de piedra como en los muros artificiales, hay que descifrar el camino y siempre pensar en subir.

Doble seguridad

La seguridad es un desvelo de la Aude, que aumenta a medida que se acerca más gente, que a su vez se informa más por internet. “En la escalada se trabaja mucho con la ‘redundancia’. Si falla algún dispositivo de seguridad, siempre tenés que contar con otro que te sostenga. Si todo está correctamente aplicado, es muy seguro. Es tan probable que te pase algo escalando como corriendo en la rambla o jugando al fútbol 5”, dice Macarena.

Lo sabe en carne propia: subestimando los riesgos mientras desarmaba unas vías en la roca, se cayó de coxis desde una altura de cuatro metros y medio. Se fracturó las dos muñecas, en una de las cuales tiene una placa de titanio y ocho tornillos. “Fue por apurarme, por no tomar los recaudos suficientes. Yo sabía lo que tendría que haber hecho y no hice, por lo que seguí escalando sin problemas ni bien pude”, dice. “Ha habido muy pocos accidentes graves. Los contás con los dedos de las manos”, subraya.

Para Tomás, este es uno de los tantos deportes con “riesgos evidentes”, que con las medidas de seguridad correctas es “mucho más fácil de lo que se cree”. El equipamiento consiste en, además del calzado especial, un arnés, un casco y cuerdas dinámicas que absorben la energía que libera una caída (aviso a interesados: en un país donde necesariamente esta indumentaria se tiene que importar, hay que pensar en entre 400 y 500 dólares). Por otro lado, el que escala no está solo: siempre hay gente abajo que asiste con las cuerdas y brinda seguridad. “Además, cada uno decide qué grado de dificultad quiere encarar”.

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El problema, sostienen los expertos, es que hay mucha gente que se cree Rambo y no encara la difícil tarea de subir una pared de piedra con los implementos ya no actualizados, sino apenas los adecuados. Al no existir una federación, al ser Aude una entidad muy incipiente, no hay una regulación fuerte. Lo bueno, agregan, es que hasta ahora no pasó nada, aunque dejan entrever que en muchos casos ha sido apenas por suerte.

“Es natural encontrarte con improvisados. La gente cada vez más quiere escalar y lo hace con lo que tiene. Pero a medida que van surgiendo marcas, que cada vez se suma más gente, que llega más gente de afuera con más información, experiencia y protocolos los ‘chantas’ van desapareciendo. Además, esta comunidad se autorregula”, afirma el presidente.

Deporte sin competencia

Que en Uruguay aún no haya una federación —ergo, competencias— tiene su mejor costado en que el deporte es valioso por el deporte en sí. Aquí todavía el mejor escalador es el que más disfruta, dice Tomás a Galería, no el que llega más alto, más rápido o descifra el camino más difícil.

Es un deporte “raro”, añade por su lado Macarena. Uno puede competir con el otro, pero a su vez ambos se ayudan sobre la mejor forma de resolver un movimiento. Se alientan. Además, uno pone buena parte de su vida en manos del otro, en el que le da seguridad desde abajo. “Es lindo confiar en los demás”.

Todo pasa por compartir, aunque sea el frío. “Es hermoso tener la misma pasión que otra gente. Es fuerte saber que hay quienes tienen ganas de acampar un fin de semana de julio para poder trepar una pared de piedra”, se entusiasma la escaladora. Habiendo sentido los fríos de estos días, sin duda que lo es.

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Punta Ballena es otro sitio en Maldonado donde se suele practicar escalada

Punta Ballena es otro sitio en Maldonado donde se suele practicar escalada

La escalada como metáfora de la vida

Alcanzar un top es superar obstáculos, ponerse una meta y cumplirla, convencerse de que se puede. Para eso hay que poner todo de sí. No es solo deporte.

La Fundación La Muralla, de 27 años de vida y desde 2018 en el barrio Aguada, tiene una pared mayor de 22 metros de altura, además de boulders (que pueden traducirse como bloques pequeños) y otras paredes menores. Pero lo suyo no pasa por una eventual competencia deportiva; es más, no está abierta al público en general. A través de un convenio con el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) y el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), trabaja con la infancia y la adolescencia en contextos vulnerables.

“Usamos la escalada deportiva como herramienta para la inclusión social, una excusa para que se copen con una dinámica. Brindamos eso como también alimentación, atención psicológica y apoyo educativo. Un requisito para venir acá es que estudien. El objetivo es ofrecerles una experiencia más que les enriquezca la vida”, dice a Galería Paula Fernández, directora de la fundación.

La escalada deportiva, resume, tiene muchas cuestiones extrapolables a toda la vida: ganar en seguridad y confianza, en uno mismo y en los demás. Por mes, animadores expertos en seguridad, con equipos traídos de Europa y certificados por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República, atienden un promedio de 1.500 chicos.

Deportes extremos para no deportistas

Al preparador físico de alto rendimiento, técnico de atletismo y varias veces campeón nacional de salto con garrocha Gustavo Alzugaray no le gusta quedarse quieto. Nacido “entre las piedras del cerro Arequita”, vinculado a la escalada desde que fue a trabajar a la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda en 2004 e impulsor de una escuela de surf en Santa Teresa, en la pandemia decidió arrancar su complejo Arequita Alternativo. Y asegura que eso es apto hasta para aquel que no hace más deporte que correr el ómnibus.

“La escalada en sí misma no la practico. Es muy técnica y requiere ciertas condiciones físicas y deportivas. La gente que viene acá gusta de sentir adrenalina y vivir aventuras. Por eso acá hay trekking, tirolesa y rapel (descenso vertical)”, cuenta a Galería. “La seguridad que tenemos acá excede cualquier probabilidad de que te pase algo. Es más probable que te lesiones jugando al fútbol que moviéndote acá”, asegura.

Entre los atractivos que ofrece hay un descenso en rapel de 75 metros, otro recorrido combinado con tirolesa de 150 metros y un canyoning (torrentismo) de 82. “Todo esto se vive en contacto con la naturaleza. Yo nací acá, cumplo 50 años en agosto, y todavía me impresiona darme vuelta y ver el cerro. Ya nomás al hacer trekking tenés la expectativa de ver al margay, al venado de campo”, cuenta. Su propuesta está incluida en la oferta de varios operadores turísticos que trabajan con Maldonado y Lavalleja.

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