De Fiorella Bonicelli, la pionera del tenis femenino en Uruguay, a Muhammad Alí, el hombre que a carisma, bravuconadas, bailoteo en el ring y piñazo limpio cambió al boxeo y al mundo. En el medio de ellos las historias de íconos deportivos nacionales como Dogomar Martínez, Oscar Tabárez y Alfredo Evangelista; internacionales como Kobe Bryant, Zinedine Zidane y Arvydas Sabonis; o emparejamientos a priori imposibles como Tom Jones y Gareth Bale, Pelé y Andy Warhol, o Dennis Rodman y Pearl Jam.
De todo esto y más, 25 historias en total, trata Campeón del Pueblo (Sujetos Editores), del escritor deportivo (así se define) Sebastián Chittadini. Hay algo en común en estas crónicas seleccionadas, publicadas entre 2017 y 2023 en distintos medios como Latido Beat, Zona Mixta, Lástima a nadie, maestro, Básquet Total y Galería. No se queda en la mera biografía de los protagonistas, para eso está Wikipedia. Él lo puede contar mejor.
“Para mí no es otro el denominador común que el de la condición de héroes de la cultura popular que tienen los y las deportistas en las diferentes épocas y sociedades. Detrás de cada personaje hay siempre sueños, triunfos y derrotas, pero en todo momento aflora una épica propia de una de las actividades culturales más arraigadas. Creo que ese es el enorme potencial que tiene el deporte como insumo para contar historias, porque además nunca sucede disociado de todo lo demás que atraviesa la vida de las personas”, dice el autor a Galería.
Cada historia, además de sus protagonistas, Michael Jordan, Adrián Sutil, Billie Jean King, Carlos Gardel (sí, vinculado al fútbol) o Pablo García, es presentada en varias capas: contexto no solo histórico, sino cultural y del espíritu de los tiempos, precedentes y consecuencias. En resumen: buenas historias humanas en base al deporte, que muchas veces —con honrosas excepciones— ha sido maltratado en la literatura y en la prensa, con razón y sin ella.
“Me siento cómodo con el rótulo de escritor deportivo”, dice Sebastián, licenciado en Comunicación, creador del portal satírico Que vuelva la Celeste de antes (Qvlcda), que luego desembocó en dos libros. “Insisto en que, tanto al deporte como actividad como a la literatura o al periodismo que versa sobre él, se lo menosprecia desde algunos sectores. Y en el deporte están todas las emociones humanas y todos los elementos que necesitamos para contar historias y hacerlo con cierto estilo”.
Procesos de creación
Hay hitos deportivos, por supuesto. “Bonicelli escribió la página más gloriosa del tenis femenino (uruguayo), ganando dos veces Roland Garros. Primero en 1975 en dobles mixtos junto al brasileño Thomas Koch, al vencer 6-4, 7-6, a Jaime Fillol y Pam Teeguarden, y luego al año siguiente en dobles femenino junto a la francesa Gail Sheiff 6-4, 1-6, 6-3, derrotando a Kathy Harter y Helga Niessen. Junto con Marcelo Filippini, son los únicos uruguayos en llegar a instancias de cuartos de final en un torneo individual de Grand Slam”. Esta crónica, rigurosa desde lo estadístico, lo histórico y lo social, como su lucha en la creación de la Women’s International Tennis Association (WITA), para sacar al deporte del por entonces centralismo excesivo en torno a Estados Unidos, es una de las tres publicadas en Galería; en este caso, el 23 de agosto de 2018.
Pero también hay historias de cómo se puede volver un símbolo aun cuando la victoria sea esquiva. Es el caso de Pablo García, el Canario, pundonoroso centrojás de la historia reciente celeste que, bien saben los que seguían a Sebastián desde Qvlcda, es una particular debilidad del autor. “El hombre que nunca estuvo en la foto de una vuelta olímpica, el que nunca se fue a dormir con la gloria ni salió en ninguna publicidad de shampoo, pasó por el fútbol como un reflejo de la vida de la gente común, en la que muchas veces los buenos no ganan”. El Canario García no habrá tenido un palmarés destacado, pero en Pamplona (España) y Salónica (Grecia) todavía lo recuerdan como un ejemplo de garra y entrega, la misma que no mezquinó nunca jugando por Uruguay.
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Campeón del Pueblo, Sujetos Editores, 164 páginas, 650 pesos.
La idea de este libro nació del escritor chileno Víctor Hugo Ortega, un amigo del autor, que luego de leer una de sus crónicas lo convenció de que ya había suficiente material como para un libro recopilatorio. “Llamarlo ‘antología’ me parece algo pretencioso”, dice Sebastián. El otro responsable es Alejandro Gortázar, de Sujetos Editores. “Para Víctor, había una cierta línea en mis textos que le daban potencial para llegar a nuevos públicos”.
¿Cómo se elabora ese potencial? “Mi proceso de creación tiene, mayormente, tres etapas bastante marcadas. Salvo algunos casos (que no son los más habituales por razones logísticas y de tiempo) que incluyen testimonios, el resto se construyen a partir de una idea que siempre relaciona algún hecho deportivo o personaje del deporte con otro u otros elementos culturales. Hay, sí, siempre otras historias que corren en paralelo o de manera subyacente. A partir de ahí, suelo quedarme detenido unos días pensando algunas puntas de las que después voy a empezar a tirar para construir el texto. Ahí viene siempre una etapa en la que voy volcando todos los insumos, ideas y estructura en un gran borrador, que suele ser caótico y a veces retrasa un poco el empezar a escribir. Por último, lo que llamo ‘cincelar el bloque de granito’: buscar el estilo, cuidarlo, sacar cosas, mover otras hasta tener el texto que quiero. Le doy mucho valor a mi biblioteca y a mi archivo personal de diarios y revistas viejas, siempre se saca algo de ahí. Lógicamente que internet es un lugar en el que se puede encontrar petróleo también, y cruzar lo digital con lo analógico potencia los resultados. Por supuesto que la narrativa popular y oral influye en gran medida en hacer que uno se interese por contar determinadas historias desde la subjetividad, a la que es imposible escapar”.
La selección previa, solicitada por Ortega y Gortázar y realizada por el propio Chittadini, alcanzó a unos 40 textos. Los editores redujeron ese número a 24, al que se le agregó otro especial para este libro: Hortência, Paula y Janet, por el espectacular terceto que condujo a Brasil a ganar el Mundial de Básquetbol Femenino de Australia en 1994, a la que el autor comparó con María Bethania, Elis Regina y Daniela Mercury, estrellas de la Música Popular Brasileña (MPB).
Las favoritas
Sebastián no quiere nombrar una favorita. Sí tiene un Top 5, entre las que se incluyen las ya mencionadas semblanzas de Fiorella Bonicelli y Pablo García. A estas les suma las de Biri Biri, un gambiano nacido como Alhaji Momodo Njle, que de no haber sido real podría haber sido protagonista de un cuento de Roberto Fontanarrosa: fue el primer jugador negro (y además musulmán) en defender al Sevilla español, adonde llegó a mediados de los 70, sobre el final del período franquista. Se convirtió en ídolo, al punto que una peña del club hoy lleva su nombre, pero para eso debió enfrentar un ambiente racista y tolerante con expresiones racistas, tales como una caricatura del diario ABC o frases entre los recios defensas locales tales como “al negro dadle sin miedo, que no se ven los moratones”.
Otro es Alfredo Evangelista y sus 15 rounds con Muhammad Ali, crónica que motivó la ilustración de la tapa, a cargo de Ignacio Paldino Chittadini, primo de Sebastián. Además de la trayectoria deportiva de Bichuchi, o El Lince de Montevideo, o El Tupamaro, hay aspectos de época que hoy suenan insólitos: en Uruguay –que vivía el tramo más duro de la dictadura– la pelea se emitió en diferido; en España, la burocracia se activó para darle la nacionalidad para evitar que peleara contra el mejor de todos los tiempos como uruguayo; en EE.UU., donde nadie daba un peso por Evangelista, celebraron su guapeza aunque unánimemente calificaron el combate como uno de los peores que se habían visto; que cobró menos de 100 mil dólares por enfrentarse a Alí. La estadística de la pelea, en la que Evangelista aguantó de pie hasta el final, se da la mano con la canción 12 round, de Níquel, dedicada a él. “Una y otra vez su cabeza vuelve al último minuto de ese round 12 en el que los uruguayos que estaban viendo la pelea pensaron lo mismo que él. Alfredo lo tiene a Ali contra su propia esquina, lo ve vulnerable y le tira encima todo lo que tiene. Parece que puede haber milagro, pero el oficio de Ali logra evitar la debacle que podía significar perder el título del mundo de los pesos pesados contra un Evangelista al que la campana final solo le abriría las puertas de la eternidad”. El otro boxeador uruguayo homenajeado, Dogomar Martínez, es el “campeón del pueblo” que da título al libro.
La visita de los Harlem Globetrotters a Moscú es otro punto alto que destaca. Eso fue en 1959, en plena Guerra Fría, aunque la Unión Soviética, entonces liderada por Nikita Krushev, daba señales de una tibia apertura que permitía ese viaje. Jugaron nueve partidos, la recepción inicial fue fría e incrédula, pero su show, mezcla de talento deportivo y trucos circenses, acabó bañado de ovaciones y condecorado con la Medalla de la Orden de Lenin.
Pero la referida a Raúl Archie Esnal es especial. “Es la crónica que más me costó escribir, por lo fuerte de la historia, porque soy amigo de uno de sus hijos y por los testimonios. La escribí en 2017 y me emocioné cada vez que la volví a leer”, dice Sebastián.
Los veteranos hinchas de Wanderers recordarán a este defensa moreno, nacido en Las Piedras, puntal del equipo subcampeón de 1980. Otros lo recordarán como uno de los jugadores de la selección que quisieron linchar al venezolano René Torres luego que este fracturara a Fernando Morena, en el estadio Centenario, durante la Copa América 1983. Esnal, cuyo apodo se debe al boxeador Archie Moore, fue asesinado a balazos en 1993 yendo a un entrenamiento en El Salvador, donde jugaba. El crimen nunca fue aclarado.