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    La revolución de los mansos

    La pregunta es: ¿cuánto tiempo más piensa la clase política uruguaya que se puede seguir presionando al contribuyente, en este caso los del interior, y los que hacen surgir la riqueza de la tierra, como si nada pasara?

    Don Joaquín vive en el interior del Uruguay. Es propietario de una pequeña fracción de 150 hectáreas y vive a no más de 20 kilómetros del poblado más cercano, el segundo en importancia de su departamento. Su esposa trabaja como administrativa en un comercio del pueblo y tienen dos hijos en edad liceal.

    Tan tranquilo es Joaquín que sus paisanos le dicen el Manso. Lo que sí sabe Joaquín es que el ganado que vende vale un montón, pero cuando lo pasa a pesos le rinde cada vez menos para pagar sus cuentas. Sabe, porque le dijeron en donde compra sus agroquímicos, que debido a un nuevo impuesto que se votó en la Rendición de Cuentas algunos de esos productos ahora son más caros. Cuando pasaba por el pueblo durante la campaña electoral veía mucha actividad en los comités de los partidos, pero hoy están cerrados, y los que repartían listas hoy trabajan de temporales en la junta local, barriendo las plazas.

    Cuando termina el día, se pone a tomar mate con su esposa y ver el informativo. Le llama la atención que, mientras en el Parlamento nacional los senadores y diputados hacen encendidos discursos hablando lindo, a él no le resuelven mucho las cosas. El camino para ir al pueblo no es de los mejores, y el intendente le echa la culpa a que no hay plata para hacer los arreglos. Cuando la maquinaria de la junta local pasa para hacer un arreglo, este dura poco, y él sigue penando en su ir y venir a llevar a sus hijos al liceo.

    Hablando de la educación, Joaquín tampoco entiende cómo a sus hijos les faltan profesores todos los días y las horas efectivas en el liceo son bastante menos que las que deberían tener. Así, el sueño de ir a la universidad y salir del campo tendrá un peaje de conocimientos nada menor, para el cual habrá que prepararse con los pocos medios disponibles.

    Para colmo, cuando fue a pagar la patente de su camioneta, se encuentra con que ha subido respecto del año anterior y no refleja el valor del mercado. Y encima, a su esposa le avisaron que, producto del ajuste en las franjas del IRPF (que no sabe mucho cómo se calcula ni para qué se le aplica), tendrá que pagar un nuevo impuesto.

    En pleno enero, con sequía y pensando cómo hacer para seguir adelante, cuando escucha la radio o mira la televisión, ve a los mismos políticos pelearse entre sí, hablando lindo, como dice él, pero sin nada que le mejore la vida. Como mucho puede llegar al alcalde del pueblo, porque en el interior todos se conocen, pero no viene ni un diputado y mucho menos un senador a escuchar sus problemas.

    El personaje de Joaquín es una ficción, pero existen miles en Uruguay. La pregunta es: ¿cuánto tiempo más piensa la clase política uruguaya que se puede seguir presionando al contribuyente, en este caso los del interior, y los que hacen surgir la riqueza de la tierra, como si nada pasara? ¿Cuánto tiempo más los mansos del interior del Uruguay van a seguir tolerando todo esto sin chistar?

    Vamos a partir de la base de que en nuestro ADN de Homo uruguayensis está el que el Estado tiene que estar en todos lados, y eso es difícil de cambiar. Apostamos siempre a las soluciones graduales para que nadie se quede afuera. Nos mentimos con que en el futuro todos estaremos mejor, y la clase política uruguaya nos tiene a todos convencidos de que se puede hacer la vía uruguaya, que es distinta a todo lo que se aplica en el mundo, y seremos exitosos creciendo al 2% anual por varios años y con ello pagaremos nuestras deudas sociales.

    Pero a Joaquín le importan las cosas más inmediatas. Cómo mantener con sus hectáreas a su familia, cómo asegurarles a sus hijos una mejor educación, salud y seguridad sin dejar la vida en el intento. Como todos, él quiere progresar. Solo que tiene un socio que le cobra por todos lados y es lento y malo al momento de dar soluciones. Aceptó que Uruguay no quiere bajar el gasto, pues entonces que la calidad de las políticas públicas y su eficiencia sean mejores que las de hoy.

    Cuando las papas queman, para Joaquín y otros miles de productores y asalariados que viven en el interior las respuestas demoran, porque la clase política no está a la altura de las circunstancias.

    La ventaja de un Uruguay, donde tanto izquierda como derecha han gobernado, es que ahora está claro que, tanto siendo gobierno como oposición, estos sectores piensan más en sus intereses corporativos que en otras cosas. Desde la perspectiva del campo, ninguno plantea medidas que ayuden a resolver en el corto plazo los dolores del sector de un modo que mueva la aguja de la competitividad. Nos prometen revoluciones de todos los colores. La revolución de las cosas simples, dicen. Bueno, los profesores de los liceos siguen faltando, los caminos vecinales no se arreglan, los insumos y los impuestos suben. Nada revolucionario allí. Los costos son insoportables.

    Nos dicen que luego de 25 años se firma el mayor acuerdo comercial con la Unión Europea, que nos dará futuro y nos asegurará la posibilidad de crecer más. Ojalá refrende, pero las autoridades uruguayas ya avisan que los primeros efectos se verán en 2027 o 2028.

    Mientras tanto, Joaquín mira el poco pasto que le queda y sacude la cabeza, porque no puede entender el optimismo de un ministro que se congratula del éxito de algo que tal vez pase en dos años, mientras él tiene que ver cómo hace para pagar sus impuestos en fecha y la cuota del banco.

    El día en que los mansos de este país se rebelen y hagan su revolución, veremos otro Uruguay. Y es la clase política de este país la que los lleva a esto; son los responsables de este lío, porque siguen privilegiando sus discursos (que convencen cada vez menos) y, sobre todo, sus acciones, las que causan este malestar.