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    De animales y de niños

    Columna: Nobleza obliga

    Ayer estaba tomando un cafecito y fui testigo involuntaria de una discusión de pareja. En la mesa contigua, padre y madre no se ponían de acuerdo acerca del regalo de Reyes para su hijo. Que si le hacía falta esto o aquello, que lo que el niño quería era lo otro, que todos tienen y él desea, que todavía no tiene edad para eso. Los argumentos habituales y un volumen demasiado alto sin la menor consideración por el hecho de que a los demás nos importara un soberano rábano su problema doméstico.

    Sin querer, me encontré valorando los pros y los contras de cada propuesta. La verdad es que todas me parecían malas por motivos distintos. Imaginé al niño, ajeno a la rispidez creada entre sus padres, escribiendo su cartita y dejando los zapatos con ilusión la noche de Reyes. Me pregunté si ese niño tendría un perro. Ese era el mejor de los regalos posibles. Lamenté no tener la confianza suficiente para acercarme a la mesa y plantear mi sugerencia.De chica no pasé de un pez y una tortuga, consuelo pobre para los niños de apartamento. Pero mi sueño era tener un perro, un gato o un conejo. También quería un caballo, aunque hubiera sido ridículo mencionarlo en su momento. Visto a la distancia, lo que de verdad quería era un ser vivo que respondiera a mi afecto con su afecto, es decir, un compañero de juegos con más gracia que las insulsas muñecas.El caso es que crecí sin esa alegría, algo de lo que no culpo a mis padres, quienes, como me pasó a mí después, hicieron lo que pudieron. Apenas tuve un hogar propio, decidí cumplir mi deseo. Alguien me ofreció un gatito gris al que llamé Fede y no dudé en aceptarlo, aunque no tenía la infraestructura adecuada y causó no pocos problemas. Fede arañó muebles, se metió en la casa de los vecinos, les robó comida y marcó territorio en lugares inadecuados. Pero contribuyó a crear un ambiente de hogar, nos transformó en familia incluso antes de que mis hijas nacieran, y eso hizo que su presencia valiera la pena. Convivió con nosotros durante varios años, hasta que una triste noche desapareció y ya no volvimos a verlo.

    Después vinieron más gatos y más perros. Todos, salvo uno, fueron encontrados en la calle en circunstancias desgraciadas y todos recibieron nombres de persona. Nada de Duque, Copito o Princesa. Supongo que les habré querido dar el estatus de amigos o incluso de familiares. Una vez tuve que disculparme con alguien que encontró ofensivo que mi perra Matilde se llamara como su hija. En cambio, mi padrino Lucas estaba encantado porque le había puesto su nombre a uno de mis perros.

    Mis hijas han heredado este amor y más de una noche se me aparecieron con un animalito rescatado de un contenedor o abandonado sin piedad a su suerte junto al cordón de la vereda. Llegaban con cara de yo no fui ?una mezcla de ternura y picardía, que era su forma de conquistarme? y abrían el bolso o desenvolvían un pañuelo donde yo ya presentía qué estaban escondiendo. Las muy bandidas sabían de mi debilidad y se aprovechaban de ella.Al principio, los fuimos integrando al funcionamiento de la casa, pero llegó un momento en el que ya no fue posible admitir más animales y tuvimos que hacer un trato. Los cuidábamos mientras se recuperaban y luego los dábamos en adopción. Así, vi a mis hijas ir al veterinario a vacunar y a desparasitar animales de los que pronto se desprenderían. Dormir junto a ellos si requerían atención especial y llorar cuando llegaba el momento de la despedida. Partían rumbo a la feria con una canasta llena de gatitos o colocaban anuncios hasta que alguien ofrecía hacerse cargo de un cachorro huérfano. De esas experiencias guardo varias anécdotas hermosas que me hacen estar orgullosísima de ellas.Ahora que son mujeres, hago balances de madre y, por supuesto, descubro unos cuantos errores. Algunos duelen más que otros. Quisiera enmendarlos y lamento no poder regresar en el tiempo. Pero sé que hay algo en lo que no me equivoqué en la crianza de mis hijas, y es en permitir que tuvieran animales y crecieran junto a ellos.  

    Mientras escribo, a mis pies está echada Filomena, una gatita callejera que vive conmigo desde hace unos años. De algún modo, entiende que necesito concentrarme y no molesta. Ni se mueve, pero apenas me levanto de la silla, maúlla y reclama una caricia. Sé que hay personas que detestan a los gatos. Quizá hayan tenido alguna mala experiencia o quizá sea por su injusta fama de traicioneros. Supongo que andarán muy solas por la vida si juzgan a las otras personas con el mismo criterio.

    Tengo para mí que lo que fastidia de los gatos es que no acaban de dejarse domesticar por completo y guardan una sana dosis de independencia. A los humanos nos gusta el poder y con los gatos no podemos. Eso los vuelve insufribles para algunos, y se pierden el privilegio de estos acompañantes estupendos. Inteligentes, aseados, discretos, solo piden lo esencial para su subsistencia y algún gesto de aprecio.Si volviera a nacer, hay unos cuantos caminos que evitaría. Y otros que transitaría sin dudarlo ni un momento. Uno de esos territorios conocidos que la experiencia me indica favorables tiene que ver con la conjunción feliz de animales y niños. Aunque suene extraño, los animales nos humanizan. Junto a ellos adquirimos la responsabilidad de su cuidado, asimilamos los ciclos vitales ?incluida la muerte y las decisiones que debemos tomar ante ella?, reconocemos nuestras emociones, desarrollamos la afectividad y la empatía. Todo eso redunda en una sensibilidad refinada y en una mejor disposición hacia nuestros semejantes.