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Gina Vargas de Roemmers: “La artesanía puede transformarse en arte poderoso”

La empresaria colombiana Gina Vargas de Roemmers se instaló en Uruguay para iniciar un proyecto que rescata la historia y el arte de comunidades indígenas latinoamericanas

Creció en Bogotá, entre telas y alfileres de su familia modista, que confeccionaba honorariamente trajes para las monjas de un convento de la ciudad. En esos pasillos, rodeada de religiosas de origen español, Gina Vargas de Roemmers pasó gran parte de su niñez. Le daba curiosidad escuchar a las monjas hablar sobre temas “siempre profundos” —o al menos esa era su perspectiva de niña—, mientras se dedicaban a enseñarle sus primeras puntadas.

El oficio y el arte de coser fue la herencia que marcó a Gina su camino. Entre un mundo de grandes, la pequeña forjó su profundo sentir por lo cultural, una espiritualidad sólida y una ineludible pasión por lo hecho a mano. Más adelante, despuntó su gusto por los viajes siendo azafata, aunque al poco tiempo se instaló en Buenos Aires para concretar sus estudios en una Facultad de Diseño de Indumentaria. En la capital porteña se enamoró, se convirtió en mamá y descubrió un lado solidario hasta entonces poco explorado.

De todos esos intereses nace el proyecto Artesia (en latín, “artesano”) con el que Gina llega a Montevideo, luego de que una decisión familiar la radicara definitivamente en Uruguay. En setiembre, en la calle Rostand abrirá el primer centro de arte y filantropía, un espacio con masterpieces provenientes de distintos pueblos de Colombia, Perú, Bolivia, Argentina y Uruguay, donde también habrá un espacio dedicado a artistas latinoamericanos y una cafetería con blend colombiano.

Artesia Storie – 12

Con la misión de visibilizar y promover el legado de comunidades que hacen de su herencia una forma de vida, la colombiana salió a la búsqueda de una minuciosa curaduría para rescatar el trabajo milenario de artesanos de la región. Durante años se dedicó a viajar por territorios de Latinoamérica, adentrándose en la cotidianeidad de tribus indígenas que conservan tradiciones y costumbres autóctonas. En estas experiencias encontró objetos únicos, pero también redescubrió su propia historia.

¿Cómo se profesionalizó en el diseño de modas?

Siempre quise estudiar, pero en Bogotá había una escuela de diseño que, además de ser muy costosa, no era universitaria. Y yo quería pasar por la universidad. Cuando estaba en el último grado de colegio, nos presentaron algunas universidades internacionales y me enamoré de la de Palermo, en Buenos Aires. En ese entonces era imposible, porque en mi casa no alcanzaba el dinero para costearlo y mudarme a Argentina. Así que opté por seguir otra pasión, que son los viajes, y me puse a hacer el curso de azafata.

Pero finalmente llegó a la Universidad de Palermo.

Sí, comencé a trabajar siempre con la cabeza en esa meta. Así que, a los dos años de ahorrar, compré un pasaje de ida y me fui a Buenos­ Aires. Estando en la facultad mi autoestima mejoró un montón, participé de todos los desfiles habidos y por haber, y encontré mi vocación por la moda.

Artesia Storie – 48

¿Encontró lo que buscaba en esa experiencia?

Lo que me sucedió es que en la facultad estaba muy bien trabajado lo conceptual del diseño de indumentaria, pero a mí me faltaba la parte más manual. No teníamos máquinas de coser, por ejemplo, sino que trabajábamos con costureras. Así que luego me puse a estudiar alta costura, aunque se interrumpió porque fui mamá. Nunca dejé de coser, hacía muchos vestidos y los vendía de forma independiente. Otro desafío aparte, porque en la universidad te forman para graduarte y entrar en una empresa, pero no para gestionar la propia.

¿En qué momento llega el impulso por salir a explorar territorios indígenas?

Mientras vivía en Argentina, empecé a involucrarme con varias fundaciones. Hoy soy madrina de las Damas Rosadas, una ONG de mujeres del interior que llegan a capital por internación de un hijo. Me di cuenta de que, desde hacía mucho tiempo, estaba comprometida en ayudar, pero que nunca había hecho algo por mi país. Así que, en uno de mis tantos viajes a Colombia, empecé a involucrarme con comunidades indígenas desplazadas, mayormente en el sur de Bogotá. Ese desplazamiento se daba en un contexto muy vulnerable, llegaban a la ciudad sin un lugar para vivir, incluso sin saber hablar español. Lo único que tenían era su sabiduría; sabían tejer y bordar con técnicas ancestrales invaluables. De pronto te cruzabas en la calle con un jarrón increíble que estaba subvaluado. Lo único que se podía rescatar de esa realidad era lo que ellos saben hacer con sus manos, porque la artesanía puede transformarse en arte poderoso.

Artesia Storie – 57

¿Cómo fue el proceso de involucrarse con esos territorios? ¿Se sintió bienvenida?

Los primeros viajes fueron por Colombia y también por territorios del Amazonas en Perú. Por suerte existen lo que se llama líderes indígenas, que hablan español y ofician de nexo. También hay indígenas más jóvenes que están más influenciados por el resto del mundo, por decirlo de algún modo, y son más abiertos o permeables. En cada viaje me he encontrado con situaciones muy diversas y en algunos casos con la decisión irreversible de no querer ese acercamiento. Migrar a la ciudad ha sido para ellos una experiencia tremenda. En algunas comunidades, las mujeres andaban sin ropa en sus territorios y, al llegar a la ciudad, donde la altura es de 2.600 metros y el clima es más fresco, tuvieron que vestirse por primera vez, algo totalmente antinatural. Es entendible que se rehúsen.

¿Qué aprendió en esos viajes?

De todo. Conocí de cerca sus costumbres y sus trabajos, el detrás de todos estos productos que admiro, que para nosotros son una pieza de arte, pero para ellos son elementos utilitarios con un valor ancestral muy importante. El jarrón, por ejemplo, es fundamental porque para los indígenas el agua es sagrada. De ahí tanta vasija, porque sirve para trasladar el agua.

Artesia Storie – 65

¿Con qué tipo de artesanías se encontró?

Nosotros, al ser un país tropical, tenemos muchas hojas de caña y fibras naturales que, además de ser productos hermosos, son sustentables porque se tienen que sembrar, cosechar y trabajar. Uno de los elementos que más me cautivan son los wérregues, unas vasijas hechas en fibras naturales. También son increíbles las piezas tejidas a mano, especialmente en croché. De hecho, estamos armando una colección de vestidos con mujeres de Misiones que pertenecen a la fundación Manos que no Paran. El nombre está inspirado en la realidad de esas indígenas, que para poder comer solían tejer de sol a sombra.

¿Cuánto tiempo lleva, por ejemplo, hacer ese producto?

Imagínate que la planta se debe sembrar, esperar a que crezca, luego cosecharse e iniciar todo un tratamiento natural en el que la desenhebran­. La fibra se calienta a mano para poder moldearla y tejerla de una manera muy especial. Algunas están tinturadas con arroz tostado, por ejemplo. Un wérregue de tamaño mediano puede llevar mínimo tres meses; otros más grandes llevan dos años.

Artesia Storie – 71

Para crear estos diseños, ¿se basan en prototipos, en moldería o cómo replican esas formas?

Hay un concepto muy importante y es que los artesanos tejen lo que sienten en el momento. Les cuesta mucho tejer a pedido. Cada diseño tiene un significado, en algunos aparecen jeroglíficos o simbología. Por ejemplo, algunos diseños representan el camino que ellos hacen para realizar ciertas actividades, como la pesca. Me llevé una sorpresa tremenda cuando les pedí una colección de vasijas con ciertas pautas de paletas de colores, pero con el margen necesario para respetar ese hacer sintiendo.

¿Cómo fue esa primera colección “a pedido”?

El resultado fueron piezas con formas muy diferentes a sus diseños habituales, con forma como de gotas. Era la primera vez que producían en Bogotá y el líder indígena me explicó que esa forma simbolizaba las lágrimas del pueblo por estar fuera de su territorio. Otros diseños tenían muchos cuadraditos aludiendo a lo que ellos perciben de una ciudad repleta de edificios. Tejen lo que ven. Me pasó también con unas artesanas de Perú, en la zona de Puno, donde hay quechuas y aymaras, que me contaban que, dependiendo del día, el punto era más grande o pequeño, más apretado o suelto. Lo más importante de incentivar estas producciones es que perpetuar estas técnicas significa perpetuar la historia de una tradición. La belleza es innegable, pero el valor de lo artesanal, sin intervención, es realmente lo más valioso.

Artesia

¿Cómo fue el ejercicio de asignarles a esas piezas un precio, conociendo el esfuerzo de los artesanos?

Esto es lo que más me está costando, estamos en proceso de hacerlo. Es difícil porque hay mucho valor de sentimiento, de espíritu. Podría decir que cada pieza tiene un valor inigualable, así que asignar un costo es una responsabilidad enorme. Nunca quise armar una cooperativa, quiero llegar directo al artesano que está dentro de su territorio y retribuirlo de la mejor manera posible porque conozco el valor de lo que produce.

Artesia también incluirá un espacio gastronómico, ¿desde qué lugar está involucrada en esta área?

Así es, traeremos café colombiano, un blend que estamos haciendo especialmente. Este proceso tiene mucho que ver con esas piezas artesanales, diría que es el mismo espíritu. Cuando la planta de café comienza a dar sus frutos, estos no maduran al mismo tiempo, como las uvas. Entonces el trabajo de las campesinas es sumamente importante, pues recogen uno a uno los granos. Para identificar los frutos maduros, que se ven de color rojo, las mujeres se pintan las uñas de ese color y entonces identifican sin equivocación lo que deben recoger. ¡No hay máquina que pueda hacerlo! La cosecha es totalmente a mano, así como el sembrado y el cuidado durante el proceso.

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