¡Hola !

En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
$ Al año*
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

¡Hola !

En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
$ por 3 meses*
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
* A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
stopper description + stopper description

Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

Suscribite a Búsqueda
DESDE

UYU

299

/mes*

* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

¡Hola !

El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

En el mes de la prevención del cáncer de mama: los números en Uruguay, la campaña y dos historias de vida

Una de cada 11 uruguayas tiene la probabilidad de desarrollar cáncer de mama a lo largo de su vida y el 40% de los casos se relaciona con el estilo de vida

Redactora de Galería

Octubre, mes de la prevención del cáncer de mama en Uruguay, es una invitación a mirar de frente una enfermedad que en el país golpea a una de cada 11 mujeres. Verónica Choren, de 62 años, y Beatriz Alonso, de 71, atravesaron este tipo de cáncer y los cuentan en primera persona a Galería. Hoy acompañan a otras pacientes desde la Fundación Clarita Berenbau.

Este 2026, la fecha llega con acciones concretas. ASSE y el Hospital de Clínicas dispusieron mamógrafos en distintas zonas del país para que las mujeres mayores de 40 años, sin síntomas y sin un estudio de tamizaje vigente, se hagan la mamografía de forma gratuita. Algunos centros requieren agenda previa y otros no; el cronograma completo está en la web del Ministerio de Salud Pública (MSP).

A esto se suma la campaña “Once”, impulsada por la Asociación Uruguaya de Fútbol, el MSP y la Comisión Honoraria de Lucha contra el Cáncer, con la participación de integrantes de la selección. El nombre es un paralelismo con los jugadores que pisan la cancha: una de cada 11 uruguayas tiene la probabilidad de desarrollar cáncer de mama a lo largo de su vida.

Números rosa

En el país se diagnostican cinco casos nuevos por día, más de 1.800 por año. El 77% se da en mujeres mayores de 50, y siete de cada diez de las que lo desarrollaron no tenían antecedentes familiares. En sus primeras etapas, la enfermedad muchas veces no da síntomas, y alrededor del 40% de los casos se vincula con el estilo de vida. Aunque es mucho más frecuente en mujeres, en un 1% de los casos aparece también en hombres.

La noticia alentadora es que la mayoría de las personas en las que se detecta a tiempo se cura y retoma su vida cotidiana. La Ley 17.242 reconoce incluso un día de licencia al año para realizarse la mamografía.

Detrás de estas cifras hay historias.

Verónica Choren

Verónica Choren.

Verónica Choren.

La de Verónica Choren empezó hace más de dos décadas, pero sus secuelas duraron mucho más, aunque, a la larga, le dieron un propósito a su vida.

En 2003, Verónica tenía 39 años y cinco hijos. La mayor estaba a punto de cumplir 15 y la menor tenía dos años y medio. Vivía con su familia en Tacuarembó, aunque su cobertura médica estaba en Montevideo y en su casa tenía un pequeño centro de equinoterapia.

“Fue mi cuerpo el que me avisó”, recuerda en diálogo con Galería. Un día notó una supuración en el pezón y la mama derecha muy inflamada, como si tuviera mastitis. “Pensé: qué raro, si hacía más de un año que había dejado de dar de mamar”.

Siguió el recorrido habitual de consultas: ginecólogo, cirujano, punción. Le dijeron que tenía cinco tumores encapsulados en la mama derecha, a medio camino de volverse cancerosos si alguno se disparaba. Pocas semanas después, la noticia llegó por teléfono, mientras estaba en la cocina de su casa: debían practicarle una mastectomía.

“No tenía ni idea de lo que era. Ningún familiar mío había tenido cáncer, ni una amiga. Se me aflojaron las piernas y me fui resbalando por la pared hasta quedar sentada en el piso”. Poco después supo que tendrían que extirparle las dos mamas. “Lo primordial era mi vida. Dije: ‘Si hay que hacerlo, hagámoslo’”.

Fue operada en setiembre de ese mismo año. Tras unos 20 días de espera por la anatomía patológica, el cirujano le dio un diagnóstico que ella aún recuerda textual: “Señora, está curada. Olvídese de esto”. Nunca la vio un mastólogo y no se le indicó ningún estudio de control posterior.

El regreso

Verónica siguió con su vida, agradecida, aunque debió abandonar su trabajo porque el brazo requería cuidados y su actividad exigía fuerza. En 2007, por razones laborales de su esposo, la familia se mudó a Montevideo. A mitad de año, el pezón volvió a supurar, igual que la primera vez. “Nunca me dijeron que podía volver”, dice.

En una nueva mutualista, una resonancia magnética con contraste reveló un cáncer en el tejido graso que había quedado tras la cirugía, entre la areola y la piel, a apenas dos o tres milímetros de la superficie. En enero de 2008 la operaron otra vez. Le extirparon la areola y los ganglios. En marzo comenzó seis sesiones de quimioterapia, seguidas de radioterapia y, desde noviembre, cinco años de tamoxifeno, un medicamento que modula los receptores de estrógeno.

Los años más largos

El tratamiento hormonal le trajo dolores articulares que partían de las rodillas y se extendieron “de la cintura hasta el dedo gordo”. “Me dolía todo, las 24 horas. Me costaba subir las escaleras de mi casa”, cuenta Verónica a Galería. No quería pasar cinco años a base de calmantes. Encontró alivio en una combinación de cambios en la alimentación y tapping, una técnica de golpecitos sobre puntos de energía de la medicina china. “Me ayudó muchísimo; en unos 20 días se me fueron los dolores”.

El golpe más duro vino de la radioterapia, que deterioró la piel de la mama hasta volverla frágil. “Era como coser queso: se abría al toque”, describe sobre los múltiples intentos médicos por suturar la herida. Durante tres años entró a quirófano cada 15 días. Una infección por estafilococo dorado le sumó meses de antibióticos y le impidió usar la prótesis. Casi no podía alejarse de su casa más de dos horas.

Su cirujano, el doctor Jorge Rodríguez Moreno, a quien recuerda como otro de sus “ángeles”, probó alternativas, incluso con células madre. Nada funcionó hasta que se animó a una cirugía que nunca había hecho: rotar hacia la mama un músculo de la zona del omóplato y tomar de allí un colgajo de piel para el injerto. La reconstrucción completa le llevó entre cinco y seis años. Terminó alrededor de 2013.

Del “¿por qué?” al “¿para qué?”

La primera vez, dice, la sostuvo la inconsciencia y el empuje de tener hijos pequeños. “Tenía que salir adelante por ellos”, explica. La segunda vez la encontró más consciente: leyó mucho y se refugió en la fe. “Mi primera pregunta fue: ¿por qué a mí? Con los años la fui transformando en: ¿para qué?”, plantea y afirma que pudo responder a eso.

Es que la respuesta, se dio cuenta, ya estaba en una promesa que se había hecho en 2003. Por ese entonces se propuso que, si salía adelante, dedicaría su vida a acompañar a otras personas con cáncer. En 2014, una nota en una revista la acercó a la Fundación Clarita Berenbau, donde se sumó como voluntaria. Hoy integra los teléfonos solidarios, es decir, llama para hablar con las pacientes desde el diagnóstico y acompaña también a parejas, hijos y hermanos. “Hablar con alguien que pasó por lo mismo da esperanza y fuerza”, asegura.

Su mirada sobre la enfermedad es muy personal. “No soy partidaria de usar la expresión ‘lucha contra el cáncer’. Para mí, la enfermedad no es un enemigo, es parte de uno. Si entrás en guerra con la enfermedad, entrás en guerra con tu propio cuerpo. Yo no luché contra el cáncer: fue un gran maestro de vida y transformó mi escala de valores”.

Está convencida de que lo emocional pesa en la salud y recurre a una frase popular: “El cuerpo grita lo que el corazón no puede o lo que la boca calla”. Reconoce, sin embargo, que “no hay reglas” con el cáncer.

Si pudiera hablarle a aquella mujer de 39 años sentada en el piso de la cocina, la Verónica de hoy le diría que se conecte más con ella misma, que se acerque a lo importante y que no atraviese esto como si fuera una gripe. Y le recordaría que “la contención es fundamental”. “Hay que pedir ayuda”, concluye.

Beatriz Alonso

Beatriz Alonso.

Beatriz Alonso.

Beatriz Alonso es uno de esos casos en los que la prevención hizo la diferencia. En 2005, la mujer, gastroenteróloga y hoy jubilada, tenía 50 años y llevaba una disciplina: todos los años se hacía la mamografía. Aquella vez no había nada a la vista ni al tacto. “No tenía ningún bulto, ningún síntoma. Por eso digo que la prevención es impresionante: te salva de llegar cuando ya es algo muy grande”.

Los médicos le pidieron estudios complementarios, y el resultado fue compatible con cáncer. “Fue como si se abriera un pozo negro debajo de mí y me cayera adentro”. Salió del consultorio y volvió a su casa como si nada. Allí la esperaba su marido, que por entonces intentaba dejar el cigarrillo. Su reacción fue tan inesperada como humana. “Le dije: lo que te pido es que, si yo me muero, vos dejes de fumar. La mente es tan divagante y se me ocurrió eso”.

Pasado el impacto inicial, Beatriz encaró el tratamiento con una templanza que hoy ella misma destaca y hasta le llama la atención. Hubo cirugía, quimioterapia y radioterapia, un proceso de unos ocho meses, y un tratamiento que se extendió cinco años. En aquella época no existían los cascos fríos que hoy ayudan a conservar el cabello, y se quedó pelada. “Lo hice como quien va a sacarse una muela. Nunca me pregunté por qué me tocaba a mí”.

Tenía dos hijos de unos veinte años y siguió trabajando. Después de la operación hubo complicaciones menores pero fastidiosas como seromas y un hematoma. Siguió trabajando; atender a sus pacientes la distraía. “Lo que me dolía no lo sentía tanto. Trabajar también me servía a mí”.

Como médica dice que, aunque podría haberse zambullido en la bibliografía, hizo todo lo contrario. “Cuando estoy enferma, ni loca me pongo a leer. En los porcentajes está todo lo malo que te puede pasar. Me pasó igual cuando me embaracé: no leí nada. Me entregué a los médicos que me atendían y se acabó”, dijo a Galería. Una amiga que vive en Estados Unidos le sugería estudios y consultas adicionales; ella respondía que confiaba en su equipo. “Tuve fe y seguí para adelante”.

El único antecedente en la familia era una tía mayor, con un cáncer de mama poco agresivo que no requirió tratamiento. Falleció años después, a edad avanzada y por otras causas.

El duelo que llegó tarde

Lo que Beatriz no vio venir fue su propio papel: el de sostén de los demás. “Mi amiga, que es como una hermana, me llamaba preocupada y yo terminaba dándole ánimo. Me decía: 'No tenés que darme ánimo a mí, tengo que dártelo yo'. Me di cuenta de que yo contenía a mi familia”.

Pasó casi un año hasta que el cuerpo cobró lo que la cabeza había postergado. “De golpe me cayó todo lo que había pasado y empecé a llorar, porque yo nunca había llorado”, afirma y reflexiona: “A veces los duelos no suceden en el mismo momento”.

Con todo, hubo un miedo que no logró disimular y es a los controles. “Iba y le decía al doctor: por favor, avíseme rápido, que me va a dar un infarto. Hasta que no me decía que no tenía nada, no respiraba”. También quedaron secuelas de la quimioterapia, como una intolerancia feroz a los olores que le duró años. “Me daban náuseas los perfumes, los desinfectantes. A mí, que me encanta usar perfume, no pude ponerme ninguno durante todo ese tiempo”. La radioterapia, en cambio, no le provocó molestias.

El tratamiento también le exigió postergar un viaje a Estados Unidos que su amiga le había regalado. Lo hizo al año siguiente, cuando ya estaba recuperada. La enfermedad nunca volvió. Hace unos tres años tuvo un susto, pero no pasó de eso.

Una promesa para el retiro

Beatriz había dejado una deuda con ella misma. La mujer, hoy de 71 años, quería hacer algo social y nunca tenía tiempo. “Me dije: el día que me jubile, voy a hacer algo”. Ese día llegó mientras miraba un programa de la tarde en la televisión y veía a Cristina Giuria hablando de la Fundación Clarita Berenbau. Anotó el número del teléfono, llamó y la atendió la propia Cristina. Para ser voluntaria, le explicaron, debía pasar por entrevistas con psicólogos. A los pocos meses ya formaba parte del equipo.

Clarita, además, le resultaba familiar. Beatriz la escuchaba en la radio mientras trabajaba en un laboratorio del Instituto de Higiene. “Cristina deja todo por la Fundación, aunque siempre está agotada. Es su manera de continuar el legado que dejó Clarita con su enfermedad”.

Al otro lado de la línea

Hace dos años que integra la Fundación. Al igual que Verónica, se dedica a hablar con los pacientes: llama a las personas agendadas y también responde a quienes se comunican espontáneamente. “Hay gente que habla de su enfermedad, otros de la familia, otros de lo que les falta. Les hablás de lo que necesitan”.

Quien hoy está del otro lado del teléfono sabe, mejor que nadie, qué se siente cuando la vida se abre bajo los pies. Y que, con un control a tiempo, a veces se vuelve a cerrar.