Octubre, mes de la prevención del cáncer de mama en Uruguay, es una invitación a mirar de frente una enfermedad que en el país golpea a una de cada 11 mujeres. Verónica Choren, de 62 años, atravesó dos diagnósticos y una década de cirugías. Hoy acompaña a otras pacientes desde la Fundación Clarita Berenbau.
A esto se suma la campaña “Once”, impulsada por la Asociación Uruguaya de Fútbol, el MSP y la Comisión Honoraria de Lucha contra el Cáncer, con la participación de integrantes de la selección. El nombre es un paralelismo con los jugadores que pisan la cancha: una de cada 11 uruguayas tiene la probabilidad de desarrollar cáncer de mama a lo largo de su vida.
Números rosa
En el país se diagnostican cinco casos nuevos por día, más de 1.800 por año. El 77% se da en mujeres mayores de 50, y siete de cada diez de las que lo desarrollaron no tenían antecedentes familiares. En sus primeras etapas, la enfermedad muchas veces no da síntomas, y alrededor del 40% de los casos se vincula con el estilo de vida. Aunque es mucho más frecuente en mujeres, en un 1% de los casos aparece también en hombres.
La noticia alentadora es que la mayoría de las personas en las que se detecta a tiempo se cura y retoma su vida cotidiana. La Ley 17.242 reconoce incluso un día de licencia al año para realizarse la mamografía.
Detrás de estas cifras hay historias. La de Verónica Choren empezó hace más de dos décadas, pero sus secuelas duraron mucho más, aunque, a la larga, le dieron un propósito a su vida.
En 2003, Verónica tenía 39 años y cinco hijos. La mayor estaba a punto de cumplir 15 y la menor tenía dos años y medio. Vivía con su familia en Tacuarembó, aunque su cobertura médica estaba en Montevideo y en su casa tenía un pequeño centro de equinoterapia.
“Fue mi cuerpo el que me avisó”, recuerda en diálogo con Galería. Un día notó una supuración en el pezón y la mama derecha muy inflamada, como si tuviera mastitis. “Pensé: qué raro, si hacía más de un año que había dejado de dar de mamar”.
Siguió el recorrido habitual de consultas: ginecólogo, cirujano, punción. Le dijeron que tenía cinco tumores encapsulados en la mama derecha, a medio camino de volverse cancerosos si alguno se disparaba. Pocas semanas después, la noticia llegó por teléfono, mientras estaba en la cocina de su casa: debían practicarle una mastectomía.
“No tenía ni idea de lo que era. Ningún familiar mío había tenido cáncer, ni una amiga. Se me aflojaron las piernas y me fui resbalando por la pared hasta quedar sentada en el piso”. Poco después supo que tendrían que extirparle las dos mamas. “Lo primordial era mi vida. Dije: ‘Si hay que hacerlo, hagámoslo’”.
Fue operada en setiembre de ese mismo año. Tras unos 20 días de espera por la anatomía patológica, el cirujano le dio un diagnóstico que ella aún recuerda textual: “Señora, está curada. Olvídese de esto”. Nunca la vio un mastólogo y no se le indicó ningún estudio de control posterior.
El regreso
Verónica siguió con su vida, agradecida, aunque debió abandonar su trabajo porque el brazo requería cuidados y su actividad exigía fuerza. En 2007, por razones laborales de su esposo, la familia se mudó a Montevideo. A mitad de año, el pezón volvió a supurar, igual que la primera vez. “Nunca me dijeron que podía volver”, dice.
En una nueva mutualista, una resonancia magnética con contraste reveló un cáncer en el tejido graso que había quedado tras la cirugía, entre la areola y la piel, a apenas dos o tres milímetros de la superficie. En enero de 2008 la operaron otra vez. Le extirparon la areola y los ganglios. En marzo comenzó seis sesiones de quimioterapia, seguidas de radioterapia y, desde noviembre, cinco años de tamoxifeno, un medicamento que modula los receptores de estrógeno.
Los años más largos
El tratamiento hormonal le trajo dolores articulares que partían de las rodillas y se extendieron “de la cintura hasta el dedo gordo”. “Me dolía todo, las 24 horas. Me costaba subir las escaleras de mi casa”, cuenta Verónica a Galería. No quería pasar cinco años a base de calmantes. Encontró alivio en una combinación de cambios en la alimentación y tapping, una técnica de golpecitos sobre puntos de energía de la medicina china. “Me ayudó muchísimo; en unos 20 días se me fueron los dolores”.
El golpe más duro vino de la radioterapia, que deterioró la piel de la mama hasta volverla frágil. “Era como coser queso: se abría al toque”, describe sobre los múltiples intentos médicos por suturar la herida. Durante tres años entró a quirófano cada 15 días. Una infección por estafilococo dorado le sumó meses de antibióticos y le impidió usar la prótesis. Casi no podía alejarse de su casa más de dos horas.
Su cirujano, el doctor Jorge Rodríguez Moreno, a quien recuerda como otro de sus “ángeles”, probó alternativas, incluso con células madre. Nada funcionó hasta que se animó a una cirugía que nunca había hecho: rotar hacia la mama un músculo de la zona del omóplato y tomar de allí un colgajo de piel para el injerto. La reconstrucción completa le llevó entre cinco y seis años. Terminó alrededor de 2013.
Del “¿por qué?” al “¿para qué?”
La primera vez, dice, la sostuvo la inconsciencia y el empuje de tener hijos pequeños. “Tenía que salir adelante por ellos”, explica. La segunda vez la encontró más consciente: leyó mucho y se refugió en la fe. “Mi primera pregunta fue: ¿por qué a mí? Con los años la fui transformando en: ¿para qué?”, plantea y afirma que pudo responder a eso.
Es que la respuesta, se dio cuenta, ya estaba en una promesa que se había hecho en 2003. Por ese entonces se propuso que, si salía adelante, dedicaría su vida a acompañar a otras personas con cáncer. En 2014, una nota en una revista la acercó a la Fundación Clarita Berenbau, donde se sumó como voluntaria. Hoy integra los teléfonos solidarios, es decir, llama para hablar con las pacientes desde el diagnóstico y acompaña también a parejas, hijos y hermanos. “Hablar con alguien que pasó por lo mismo da esperanza y fuerza”, asegura.
Su mirada sobre la enfermedad es muy personal. “No soy partidaria de usar la expresión ‘lucha contra el cáncer’. Para mí, la enfermedad no es un enemigo, es parte de uno. Si entrás en guerra con la enfermedad, entrás en guerra con tu propio cuerpo. Yo no luché contra el cáncer: fue un gran maestro de vida y transformó mi escala de valores”.
Está convencida de que lo emocional pesa en la salud y recurre a una frase popular: “El cuerpo grita lo que el corazón no puede o lo que la boca calla”. Reconoce, sin embargo, que “no hay reglas” con el cáncer.
Si pudiera hablarle a aquella mujer de 39 años sentada en el piso de la cocina, la Verónica de hoy le diría que se conecte más con ella misma, que se acerque a lo importante y que no atraviese esto como si fuera una gripe. Y le recordaría que “la contención es fundamental”. “Hay que pedir ayuda”, concluye.