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Ni la casa ni el trabajo: qué es el “tercer lugar” y por qué tener uno es fundamental para el bienestar

Puede ser una plaza, un parque, una rambla, un café, una biblioteca pública, un bar. En esencia, son espacios neutrales y accesibles, los habitan personas de distintos contextos y edades, y quienes los frecuentan lo hacen por la sensación de calidez y comodidad que les brindan

Por lo general nos dirigimos a lugares con diferentes objetivos. A la oficina a trabajar, al gimnasio a ejercitarnos, al encuentro familiar o de amigos a conversar, comer algo, ponerse al día. Pero puede que entre todos esos lugares que forman parte de lo cotidiano haya uno que no se asocie a ningún propósito específico, más que el simple acto de ir y estar.

El sociólogo urbano estadounidense Ray Oldenburg los denomina como “el tercer lugar”: esos espacios más allá de la casa y el trabajo que tienen, según él, un rol fundamental para la salud mental y el bienestar general.

Fue en 1989 cuando el urbanista acuñó este término sobre el que profundizó especialmente en sus libros The Great Good Place (El gran buen lugar) y Celebrating the Third Place (Celebrando el tercer lugar). En esas páginas se dedicó a defender la idea de que los terceros lugares, de los que poco se habla, son en realidad una respuesta a la soledad, a la polarización política e ideológica y al estrés generalizado en sociedades basadas en el rendimiento.

No todo el mundo tiene un tercer lugar, algo que depende, principalmente, de la infraestructura de las diferentes zonas de una ciudad o barrio. Ese sitio puede ser una plaza, un parque, una rambla, un café, una biblioteca pública y tantos otros. Más allá de si se trata de un bar o de un espacio público, los terceros lugares suelen compartir una serie de características: en esencia, son neutrales y accesibles, los habitan personas de distintos contextos y edades, y quienes los frecuentan lo hacen por la sensación de calidez y comodidad que les brindan, casi como si fueran una extensión de su propia casa.

Espacios democráticos

Un tercer lugar es un espacio de libre acceso, al que no se necesita invitación para ir o, mejor dicho, todos están invitados por igual. Suelen ser gratuitos (como parques, plazas y otros espacios públicos) o muy económicos. Es por eso que allí se suelen cruzar personas de diferentes edades, orígenes, niveles socioeconómicos o ideologías.

Mientras que en el hogar o en el trabajo las personas siguen ciertas reglas de comportamiento, dinámicas familiares o jerarquías, en ese terreno neutral nadie es más ni menos que nadie, lo que habilita la interacción de una forma más libre e igualitaria.

Según el sociólogo, al suspenderse en el tiempo y espacio las diferencias de nivel educativo, económico o de origen, los terceros lugares contrarrestan la tendencia humana a agruparse únicamente con sus iguales. Ya en 1989 advirtió sobre la desaparición de este tipo de sitios y cómo eso puede, a largo plazo, perpetuar la polarización. Al no tener espacios físicos neutrales para encontrarse con el que resulta extraño, la sociedad pierde sentido de cohesión, lo que siembra el terreno para la desconfianza y la polarización extrema, según Oldenburg.

Además, es el sentido de comunidad, justamente, el elemento fundamental para fomentar la conciencia climática. Uno de los principales seguidores actuales de la teoría de Oldenburg es el sociólogo estadounidense Eric Klinenberg, quien se ha dedicado a estudiar cómo los habitantes de barrios con terceros lugares activos sobrellevan de mejor manera los eventos climáticos extremos. Un claro ejemplo fueron las recientes olas de calor en Europa, durante las que miles de personas encontraron refugio bajo la sombra de los árboles de las plazas cercanas. En este caso, los terceros lugares dieron un respiro cuando las casas se volvieron difíciles de habitar, además de fomentar el intercambio y la colaboración.

Más allá de estos episodios, el sociólogo entiende que los terceros lugares son claves para la supervivencia ante desastres ambientales y crisis climáticas, lo que depende principalmente de la infraestructura social propiciada por la existencia de este tipo de lugares.

Libre de exigencias

Un tercer lugar, según los expertos, es necesario para fortalecer y conectar con nuestra identidad. Al ir sin más objetivos que desconectar y relajarse, los terceros lugares recuerdan a las personas que son mucho más que todo aquello que producen o tienen que rendir a diario. Nada se espera de uno en un tercer lugar. Es posible pasar el tiempo que uno quiera sentado en un banco de una plaza, en el pasto de un parque, en la arena de la playa o caminando sin pensar necesariamente en los beneficios que esto puede llegar a tener, aunque cubren exactamente la necesidad que ningún otro espacio satisface: la de estar sin tener que rendir cuentas ni cumplir con nada ni nadie.

A diferencia de un encuentro planificado, estos espacios son propicios para los intercambios inesperados que enriquecen la vida cotidiana, como una charla casual en un café o con un vecino.

A diferencia de un encuentro planificado, estos espacios son propicios para los intercambios inesperados que enriquecen la vida cotidiana, como una charla casual en un café o con un vecino.

En 2022, una publicación de la revista académica The Gerontologist (de la Universidad de Oxford) reveló que, para las personas mayores, el acceso a espacios comunitarios o terceros lugares se asocia con mayores niveles de interacción social y redes de apoyo, además de un mejor bienestar mental.

A diferencia de un encuentro planificado, estos espacios son propicios para los intercambios inesperados que enriquecen la vida cotidiana, como una charla casual en un café, con un vecino o con una persona con la que quizás no se comparta más que el mero espacio que se le da en el día a día al mismo lugar de desconexión, sin presiones ni exigencias.

No importa el país, el barrio ni la ciudad: si a pocos minutos a pie existe un espacio al que recurrir cuando la casa y el trabajo dejan de ser suficientes, Oldenburg y tantos otros sociólogos invitan a habitarlo, atesorarlo y apropiarse de él, aunque realmente pertenezca a todos.