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    Armas o manteca

    Sr. director:

    El del título era el pie con el que Paul Samuelson comenzaba su libro clásico sobre economía, probablemente el más vendido de todos los tiempos.

    El mensaje es clarísimo: la esencia de la economía está en el dilema de recursos escasos con necesidades ilimitadas. El ejemplo elegido por Samuelson, dicho sea de paso, revela las vigencias de la posguerra, época en que lanzó su obra.

    En suma, la plata no da para todo. Es inevitable tener que elegir y elegir tiene dos caras: procurar y relegar. En Rodelú, el dilema no es entre armas y manteca.

    Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) nos muestran cuál es el dilema de fondo de la sociedad uruguaya: qué eligen los orientales. El INE nos dice que el Uruguay tiene una realidad, dramática y vergonzosa, de pobreza infantil. Nadie lo discute. Todos los partidos políticos sostienen que hay que hacer algo. Pero pasan los años, pasan los gobiernos y no pasa gran cosa. Se dibujan planes y programas, se crean comisiones e instituciones, pero la aguja casi no se mueve.

    ¿Por qué? Muy simple: porque la sociedad uruguaya (no solo los políticos, no nos saquemos la pata del lazo con ese manido recurso), es decir nosotros, venimos hace muchas décadas eligiendo a los viejos y maduros por encima de los niños y los adolescentes.

    No es que la sociedad tenga una veta sádica, que la lleva a disfrutar con el sufrimiento que causa la pobreza infantil. No es eso. Es simplemente que, a la hora de decidir, de elegir, miramos sistemáticamente para otro lado. Para nuestro lado. Al final somos una sociedad dominada por veteranos.

    Elegimos en favor de la seguridad social (y en ella, abogamos por retiros tempranos y retribuciones ajustables); nuestra legislación laboral considera especialmente la edad y la antigüedad; la población estatal, creciente y costosa, no se compone propiamente de niños y adolescentes… No es que elijamos ir contra los niños. Es que no dejamos casi nada para ellos. O, hasta peor, en materia de educación, les limitamos el espectro de lo que pueden aprender, en función de las necesidades laborales de los docentes (adultos).

    No es un invento mío, todo esto. Se lo oí decir con mucha honestidad hace algunos años a la Sra. Marina Arismendi, entonces ministra (no la parte sobre la educación).

    Entonces, paremos con los diagnósticos y los nuevos planes y el desgarro repetido de vestiduras y propongamos la verdad: que vamos a quebrar el dilema, que no habrá un peso más para los adultos hasta que no hayamos reducido el drama de los niños pobres en nuestro Uruguay.

    Primero ellos. Antes que los viejos y antes que las viejas estructuras, estatales y laborales. Antes que los salvatajes a actividades viejas, sin futuro. Antes que el bienestar de docentes caducos.

    Uruguay, país de niños con esperanzas, antes que de viejos con añoranzas.

    Ignacio De Posadas

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