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    Bordaberry y Nardone I

    Sr. director:

    El próximo martes 4 de agosto, el senador Pedro Bordaberry presentará su libro ¡Al trabajo y adelante!, el que, según advierte su tapa, versará sobre el legado y la vigencia de Benito Nardone, Chico Tazo.

    Benito Nardone fue un periodista uruguayo, nacido originalmente en las listas batllistas, pero luego cercano a la figura de Domingo Bordaberry, abuelo del actual senador, y Alberto Demichelli, ambos de orientación terrista.

    Nardone condujo su actividad en la vida política con discursos virulentos, proyectados inicialmente en sus trabajos como conductor radial, continuando por su accionar en la Liga Federal de Acción Ruralista (que él mismo crea, tras romper con la Federación Rural), y, desde 1958 en el Partido Nacional, más precisamente, en el seno de la alianza herrero-ruralista, en la que cohabitaba con el caudillo blanco.

    Nardone, en sus prédicas, se convirtió en el adversario público número uno de los gobiernos batllistas y de sus principales figuras. Hizo de la Guerra Fría un arma doméstica: trató sistemáticamente de comunistas a sus adversarios políticos, incluidos referentes batllistas, a quienes les acuñó el apodo de “comunistas chapa 15”.

    Distintas investigaciones sitúan a Nardone como operador político reclutado por la CIA desde 1958 por Howard Hunt, en plena efervescencia de la Guerra Fría en la región, actividad que habría sostenido hasta 1963. Ese mismo E. Howard Hunt sería, años después, uno de los responsables del escándalo Watergate: no es un dato menor sobre el tipo de red en la que Nardone eligió insertarse.

    Un dirigente financiado y orientado desde una potencia extranjera para combatir, puertas adentro, a la fuerza política que había construido la matriz social del país no es un simple rival ideológico: es un instrumento de injerencia.

    No hay forma honesta de conciliar la reivindicación de Nardone con la herencia batllista.

    Nardone no fue un adversario cualquiera: fue la voz que, micrófono en mano, sembró el rencor contra todo lo que las figuras principales del batllismo habían construido, ese Estado presente, la reforma social, la idea misma de un país que se piensa a sí mismo como comunidad y no como la suma de intereses rurales enfrentados al “centralismo” capitalino.

    Nardone no debatió al batllismo: lo caricaturizó, lo insultó, lo convirtió en enemigo de unos, y buscó erigirse como el defensor de otros.

    Que hoy se hable del legado y vigencia de Nardone es, cuando menos, un ejercicio de amnesia selectiva. Ese es el problema de fondo: no se trata de historia, se trata de relato.

    Cada libro de estos no busca comprender a Nardone o a tantos otros personajes, busca redimirlos. Y redimir a un enemigo del batllismo es, simplemente, propaganda con tapa dura.

    Si usted que lee esto se siente batllista, pero no encuentra incongruencias en la defensa de Nardone, revise sus conceptos, revise sus ideas y revise sus sentires. Nardone es una desgraciada página negra en nuestra historia. Y en las trincheras ideológicas, un enemigo político del pasado, del presente y de nuestro futuro.

    Que quede dicho, entonces, sin medias tintas: no hay reivindicación posible de Nardone que no sea, al mismo tiempo, una renuncia silenciosa a lo que el batllismo nos dejó. Se puede estudiar a Nardone. Se puede explicar a Nardone. Pero honrarlo es otra cosa, y esa cosa no tiene lugar en el pecho de nadie que se diga batllista.

    Nardone sigue siendo, 62 años luego de su muerte, una trinchera abierta. Y hay quienes, en lugar de cerrarla, insisten en regarla.

    Fernando Leivas