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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay homenajes que honran y hay homenajes que incomodan. El pasado 21 de mayo, cuando se cumplieron 170 años del natalicio de José Batlle y Ordóñez, el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado organizó una conmemoración en la casa quinta donde vivió Batlle para rendirle tributo. Estuve allí. Pero entré como batllista y salí con la sensación de haber asistido más a un acto de pertenencia administrativa que a una verdadera reafirmación de identidad.
No fue una cuestión menor. Se trataba, ni más ni menos, del homenaje al principal constructor de la identidad colorada moderna. Sin embargo, lo que flotó en el ambiente no fue la potencia de un ideario vivo, sino la incomodidad de ver a un partido que parece seguir nombrando a Batlle más por obligación que por convicción. Y como si la escena necesitara completar su propia paradoja, también tomó la palabra uno de los referentes que volvió a escena con más pasado que futuro. Ahí se cerró el círculo. De un lado, la referencia política que mira hacia Lacalle Pou; del otro, la evocación de Chicotazo. Entre ambos, el viejo batllismo apenas como decorado.
Ese es, quizás, el dilema central del Partido Colorado: ya no sabe si quiere ser herencia, adaptación o mero sobreviviente. Durante décadas, el batllismo no fue un accesorio retórico, sino la columna vertebral de un proyecto político que entendía al Estado como herramienta de justicia, modernización y ciudadanía. Hoy, en cambio, la identidad colorada parece discutirse más en función de alianzas coyunturales que de principios, más desde la necesidad de no quedar afuera que desde la voluntad de decir algo propio.
La figura del actual secretario general es meramente ilustrativa. Cuando habla, cuando define, cuando marca clima, suele hacerlo con códigos más cercanos al actual Partido Nacional que a la tradición batllista. No se trata de una crítica personal; se trata de una constatación política y de hecho. Si el principal referente visible del partido se inspira afuera, ¿qué queda adentro? Y si otro de los viejos liderazgos elige volver a escena con gestos y referencias que remiten a Benito Nardone, ¿qué lugar queda para la reconstrucción seria de una identidad colorada que no sea una caricatura de sí misma?
Las bases, mientras tanto, miran. Y muchas veces callan. Allí donde antes había mística, liturgia y orgullo de pertenencia, hoy hay desconcierto, cansancio y una sensación difícil de disimular: la de estar sosteniendo una estructura que se sigue llamando batllista, pero que cada vez conversa menos con el batllismo. El problema no es solamente la falta de mística; es la decisión persistente de seguir empujando una coalición que, lejos de acercar al Partido Colorado a su tradición, lo va alejando de ella con una eficacia casi quirúrgica.
Porque el precio de esa coalición no es solo programático. También es simbólico. Cada vez que el partido acepta diluirse para no incomodar, resigna algo más que lugares o votos: resigna relato, identidad y sentido histórico y de pertenencia. Y un partido sin relato termina convertido en una sigla útil pero vacía. Puede administrar cargos, sumar bancas, ordenar alianzas. Lo que no puede hacer es convencer a nadie de que sigue siendo necesario por lo que es y no solo por con quién se sienta.
Por eso, el homenaje a Batlle dejó una pregunta mucho más incómoda que cualquier discurso: ¿qué es ser colorado hoy, en un partido que mira con admiración a Lacalle Pou, por un lado, y se abraza al imaginario de Chicotazo, por el otro? La respuesta, por ahora, parece más cercana a la supervivencia que a la identidad.
Y esa es la verdadera ironía. El partido que alguna vez enseñó a pensar el país desde un proyecto propio hoy parece debatirse entre parecerse a otros o no desaparecer. El Partido Colorado todavía tiene una oportunidad: dejar de buscarse en espejos ajenos y volver a reconocerse en su propia historia. Pero mientras siga confundiendo alianzas con identidad y supervivencia con proyecto, el batllismo seguirá siendo apenas una palabra buena para los homenajes, pero escasa para la política.
Zaida González Legnani