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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl Pelado Pintos, un cuadro político para muchos; para mí, mi padre.
La vida lo marcó desde muy chico. Cuando tenía nueve años perdió a su padre, mi abuelo Alcides, de quin hoy lleva el nombre la Escuela Agraria en Melo. Quedar sin su referente a tan corta edad lo formó sobre pilares que siempre nos repetía a mi hermana y a mí: “El estudio, la constancia, el trabajo y el esfuerzo son el camino para salir adelante en la vida, no hay otro”.
Lo cumplió a rajatabla y se recibió de médico veterinario sin perder un examen. Su calidad de estudiante le valió una posgrado en París, a donde llegó sin saber una sola palabra de francés y de donde regresó hablando y leyendo fluidamente el idioma que me inculcó, porque, como decía, “hay que aprender idiomas para entenderse con otras culturas”. Leía mucho y cualquiera que haya sostenido conversaciones con él coincidirá conmigo en que era un libro abierto.
A temprana edad se vinculó con movimientos estudiantiles y se afilió a su querido Partido Comunista. Aquel de Rodney Arismendi, de Jaime Pérez y otros tantos. Pero sobre todo recuerdo el día en que liberaron al General Liber Seregni. Me fue a buscar a donde yo hacía deporte y me llevó para que no me perdiera su discurso histórico en aquel balcón. Para él, tenía un peso muy fuerte ese acontecimiento porque, cuando yo tenía poco más de año y medio, lo detuvieron en plena dictadura, por ser comunista, en Tacuarembó, y lo torturaron junto a otros de sus compañeros, algo que quiso el destino pudiera, en el final de su vida, respirar en paz al ver que los autores fueron condenados, como lo fue Carlos Chaine, a siete años de cárcel después de un larguísimo proceso. Sintió alivio, no alegría. No era un hombre de venganza, sino que fue toda su vida un hombre justo.
Su velatorio fue corto porque no le gustaban “esas cosas”, como él decía, y lo despedimos de la forma que él quiso despedirse de este mundo. Pero no puedo dejar de mencionar que a pesar de esas pocas horas el velatorio estuvo repleto de amigos y sobre todo vecinos en los que dejó su huella.
Cuando Tabaré Vázquez ganó la intendencia de Montevideo en 1989, fue uno de los 18 encargados de los llamados centros comunales zonales. Le tocó Piedras Blancas, un lugar olvidado por la vida, que supo contribuir a ponerlo de pie. Peleó mucho y logró, gracias al apoyo de Víctor Rossi y el propio Vázquez, la obra de entubamiento de avenida Belloni, que era una zanja a través de la que no se veía al otro lado de la calle y en la que se lanzaban caballos muertos, fragmentos de autos y miles de desechos. Hizo plazas, puso luces, hizo cordón cuneta, se reunía con la gente y la escuchaba, porque empatizaba con sus problemas. El teléfono de casa sonaba en forma constante para hablar con él. No teníamos celulares, o nosotros no podíamos acceder a ellos, y era la vía de comunicación.
Después fue director del parque Lecocq, donde impulsó los primeros intercambios de animales con otros zoológicos para darles un mejor entorno, aunque los zoo mucho no le gustaban, prefería a los animales en su hábitat. Su último proyecto antes de jubilarse fue en el Pagro, Montevideo Rural. Allí, junto con una ONG francesa, impulsó en plena crisis de 2002 un proyecto de cría de la cabra lechera. Él decía que la cabra era la vaca de los pobres. Les dejaba dos ejemplares para que las familias las cuidaran, los niños bebieran su leche, se hiciera manteca y queso y pudieran salir mínimamente adelante. Esos vecinos también pasaron a darnos un abrazo y despedirlo.
Fiel a su profesión, fue amante de los cimarrones, los perros de Artigas, como solía decir, y conectaba gente que quería uno, llegué a tener cuatro en casa en un tiempo, una raza que amamos. A pesar de las dificultades que había empezado a tener y sin haber cambiado su credencial a Atlántida, donde pasó sus últimos años, fue en 2024 a votar a Montevideo a su querido Frente Amplio.
Cierro los ojos y recuerdo las giras por todo el país, a las que me llevó a acompañarlo y donde profesaba charlas y estrategias en su incansable búsqueda de un país mejor. En una de ellas fuimos en el mismo auto con Alfredo Zitarrosa. También tengo muy presente las reuniones en el living de mi casa, a las que acudían decenas de sus compañeros que luego ocuparon altos cargos de gobiernos en los primeros años del Frente Amplio.
Podría escribir horas sobre él porque su vida fue siempre comprometida con el otro y de una valentía admirable para enfrentar las piedras de salud que le aparecían en el camino. A pesar de ello, su lectura constante de la realidad del país y también del mundo eran moneda corriente. A medida que los países iban girando a la izquierda leía más y más sobre Lula, López Obrador, Petro y tantos otros, hasta que ya no pudo seguir leyendo, pero apeló a las redes para seguir informado.
Todo eso y mucho más fue mi padre. Contribuyó desde donde entendió que podía hacerlo para ver un país en el que nunca dejó de creer, para que la gente pudiera vivir mejor. Para mí, era mi viejo. El que con 14 años me dijo que tenía que tener una aventura de recuerdo como él no había podido tenerla con su padre y trajimos caballos andando desde Zapallar en Cerro Largo, a Villa Serrana, un lugar en el que encontró la paz muchos años y donde fuimos muy felices con mi madre y mi hermana. La misma paz en la que hoy descansa.
Queda en los recuerdos, en la proyección a través de mi madre, tan guerrera como él, con quien se ennovió siendo adolescente y en quien encontró una formidable compañera de vida. Desde donde sé que vas a estar leyendo estas palabras, cumpliste viejo querido. Dejaste un legado que tus hijos y nietas vamos a saber honrar. La solidaridad, el tender la mano, el ayudar como sea posible al otro, son parte de tu ADN, y ese ADN vivirá en todos nosotros siempre.
Hasta cualquier momento, compañero tropero.
Martín Pintos