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    Carta abierta al ministro de Educación y Cultura

    Sr. director:

    “La cultura da trabajo” es una frase muy escuchada y que han adoptado como eslogan los seguidores de las enseñanzas de un gran promotor cultural como fue Gonzalo Carámbula, a quien tuve oportunidad de conocer y trabajar con él en la Intendencia de Montevideo cuando era director de Cultura. Entiendo que en su pensamiento siempre estuvo presente la idea de que la cultura podía ser el motor que impulsara las llamadas industrias culturales, algo que con el tiempo ha demostrado ser cierto y ha servido como estímulo para el desarrollo de numerosos oficios vinculados a este ámbito. Sin embargo, en esta “cadena productiva”, con los años se ha ido perdiendo la conciencia sobre cuál es la energía que hace funcionar esta maquinaria: los artistas, quienes crean la materia prima para que esa industria tenga sentido.

    Hoy nos encontramos ante una situación insólita: una gran estructura burocrática que acumula directores, coordinadores, gestores, productores, administradores, administrativos, etc., junto con una amplia gama de servicios relacionados con la cultura— montajistas, editores, imprentas, correctores, diseñadores, fotógrafos, transportistas, entre otros— que trabajan y viven de tareas vinculadas a la promoción y circulación cultural.

    Existen fondos diseñados para que todos estos actores puedan realizar su trabajo de forma remunerada, programas de exposiciones que les permiten trabajar en distintos espacios varias veces al año y, así, planificar su vida en torno a la actividad cultural. Pero ¿y los artistas? ¿Aquellos que ponen el amor para convertir en milagro el barro? ¿De qué viven? ¿Del magro caché que cobran cuando logran exponer cada cinco años?

    Por ejemplo, no conozco a ningún artista contratado actualmente por la Dirección Nacional de Cultura para asesorar en los programas que esta desarrolla. Conceptos atractivos como “democratización de la cultura” suenan muy bien, pero quién selecciona los contenidos: algunos coordinadores y gestores, con experiencia y buenas intenciones, unos; con más interés en la autopromoción, otros. Pero dónde están los artistas, aquellos que podrían aportar una visión profesional entendida en la materia y conocedora de la realidad de su propio sector.

    Como artista visual, no puedo dejar de mencionar que ni siquiera el (magro) programa de mentorías continuó en la nueva gestión. ¿Cuál es el sentido de una estructura de 200 o 300 funcionarios si los artistas no pueden dedicarse al arte?

    También llama la atención la disparidad en las políticas culturales. Se organizan actividades excelentes como el FIDAE, con presupuestos altísimos, pero no existe una política de adquisiciones de obras de arte contemporáneo, ni una promoción decidida para que las galerías de arte uruguayas participen en eventos internacionales.

    No estoy proponiendo que el MEC se convierta en un “Mides” para artistas, pero sí es necesario llamar la atención sobre el hecho de que esta gran estructura está vacía de contenidos verdaderos. Hablar con fluidez en la jerga del gestor cultural no garantiza que existan ideas que incluyan realmente a los artistas y a la ciudadanía, que también es creadora y parte esencial de la cultura.

    Si bien nunca conversé sobre este tema con Carámbula, no creo que la situación actual estuviera en los objetivos que impulsaba, sino que me da la impresión de que estamos ante una realidad que paulatinamente se ha ido saliendo de control.

    Sin ánimo, ni interés, de confrontar le presento mi opinión —que creo que está avalada por mi trayectoria— con el deseo de que los artistas visuales estemos incluidos en el debate y en el diseño de las políticas culturales. Cierro esta comunicación agradeciéndole su atención y reformulando la frase inicial para transformarla en una pregunta: la cultura da trabajo, pero ¿a quién?

    Ricardo Lanzarini

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