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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn su momento tuve el privilegio de acompañar a Sogreah, la mejor ingeniería hidráulica francesa, en la dirección técnica de la construcción del emisario subacuático de Montevideo, una obra mayor con la intención de enviar a mar profundo el drenaje de gran parte del saneamiento de Montevideo.
En promedio, estas obras, que por ser costeras tienen una exigencia tremenda durante las tormentas, la marejada de fondo y swells del Atlántico Sur que licúan los lodos del fondo y los pone en movimiento, tienen una vida prevista de 20 años.
Más de 30 años después, buceando este viernes pasado en aguas cristalinas del océano que pocas veces llegan hasta las rocas frente a la playa Ramírez, dos cosas llamaron profundamente mi atención.
Primero, que la vida oculta que siempre me recibe en primavera en este rincón del río, donde las rocas metamórficas de la formación Montevideo afloran en la costa, está ahora muy restringida.
Otros años, en la primavera se veían, además de mejillones y cangrejos en las rocas, cardúmenes de pequeños peces recién nacidos, que cuando me acercaba me rodeaban y jugaban como sabiendo que un animal grande e inofensivo como yo espanta los peces más grandes, que si los atacan en esas aguas poco profundas harían una carnicería con ellos. Y en la nochecita, las luces titilantes de dinoflagelados, chispas de mar o noctilucas me acompañaban con estelas de luces cuando se asustaban a mi paso. Se extraña la falta de vida.
Segundo, en el agua transparente y salada que ha llegado del Atlántico, con visibilidad de más de dos metros, pude ver a contraluz unos filamentos que ya conozco. Desde el emisario reconozco las plumas de efluentes contaminados; y más cuando diseñé una salida de emergencia a 800 metros de la costa, después seguí la pluma con flotadores y por debajo del agua para comprobar que se volvía al mar y no iba hacia Pocitos. Por eso reconozco la pluma de desechos orgánicos y contaminantes en esos filamentos pequeños. Es contaminación directa de líquidos cloacales del saneamiento.
Conclusión: el emisario, diseñado por ingenieros norteamericanos y uruguayos y construido por la mayor empresa de Alemania, supervisada por los ingenieros O’Neill y Colache de la intendencia con el apoyo técnico de Sogreah, con creces ya cumplió su vida útil, por eso la contaminación llega a la costa.
Es hora de que la Intendencia de Montevideo encare la construcción de un nuevo emisario, por la salud de la población y por la protección del riquísimo y fascinante mundo marino del estuario del Plata. Y defender las aguas protegidas como las playas y la bahía de Montevideo, contaminadas hoy por el emisario y el arroyo Miguelete, que son la zona de reproducción de alevines de los peces marinos que vienen a reproducirse a nuestras costas.
Experiencias hay, y hasta el gran Didier Vallon, en su momento primer director técnico, colaboraría con gusto. Con seguridad organismos como la CAF y el BID tienen políticas de apoyo al medio ambiente que ayudarían a financiar la obra.
Y ahora debe ser un proyecto muy bien planeado, con toda la tecnología disponible para un tratamiento total de los efluentes, sin vertederos a las playas, digna de una ciudad balnearia a la altura de Acapulco, de San Diego o de Niza.
Una tacita de plata.
José Zorrilla