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    ¿¡Colonizar el Uruguay!?

    Sr. director:

    Dejemos de lado por un momento todo el conventillo episódico en torno a la sonada compra por Colonización de la estancia María Dolores: el anuncio, estridente, melodramático, del secretario de la Presidencia en el velorio del Sr. Mujica, el precio del campo —de opereta—, la resolución por un directorio con presidente ilegítimo…

    Tapemos la olla de grillos y, en el silencio, hagámonos la pregunta de fondo: ¿lo que precisa el Uruguay hoy, año 2025, es colonizarse? Dejemos, incluso, de lado argumentaciones algo laterales, aunque contundentes, como las que señalan las cosas que se podrían hacer con más de US$ 30 millones en la educación o para atacar la pobreza infantil, por ejemplo.

    Imaginemos que esos temas estuvieran resueltos y que lo único que el país tiene para resolver es cómo desarrollarse. Ni siquiera para soñar con mejores niveles de producción y de vida. Apenas para asegurarnos de que no se nos caiga el Pacto de la Penillanura.

    Es muy revelador que el llamado, dramático y compungido en el velorio, del Sr. Sánchez, es a encarnar la mística “mujiquista”. Las justificaciones pseudotécnico-económicas vendrán después, de la guitarra del ministro de Ganadería. Era el homenaje máximo al pensamiento (¿y sentimiento?) de José Mujica: esa era la verdadera justificación del invento.

    No es este el momento para remover la polémica sobre la figura del Sr. Mujica haciendo una crítica de sus ideas y elucubraciones. Que el Señor lo haya recibido en sus brazos.

    Pero, en cambio, sí vale la pena señalar algo que hasta ahora no he oído comentar: para dar por buenas (es decir, viables) las teorías económicas (y antropológicas) de Mujica —entre las cuales estaba fomentar la colonización— se requiere (además de una altísima dosis de voluntarismo), el aceptar, al mismo nivel, una forma de vida bastante especial. Para que el país pueda dedicarse a lo telúrico–folclórico hay que disponerse a vivir espartanamente, como lo hacía el Sr. Mujica: alpargatas bigotudas pa’ todo el mundo.

    Ahora, si lo que queremos es vivir con un buen nivel socioeconómico (y mantener el Pacto de la Penillanura), entonces, el invertir en algo absurdo, de bajísimo impacto productivo, es un disparate: ni los pregoneros de la izquierda quieren vivir en una silla playera y con una perra (renga o no) —a la vista está los problemas que tienen para regularizar sus propiedades— ni tampoco es posible mantener los servicios a los que estamos habituados sin inversiones con impacto reproductivo. No nos sobra la plata, nuestros niveles de inversión son muy bajos, lo mínimo que debemos cuidar es que se apliquen a actividades con alto impacto sobre la producción: investigación y desarrollo, energía, informática…

    Dieciséis tambos más y un campo de recría no le moverán la aguja al Uruguay. Al menos no para el lado positivo.

    Lo último que precisa el país es colonizarse.

    Ignacio De Posadas

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