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    Constante macabra

    Sr. director:

    “No exageres el culto de la verdad: no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces”.

    Jorge Luis Borges, Fragmentos de un evangelio apócrifo

    La percepción es el proceso activo de atender la realidad y de organizarla en interpretaciones o visiones sensatas. Es común que diferentes personas tengan diferentes visiones o interpretaciones de la misma realidad, e incluso, en algunos casos, que sean opuestas. Esto es así porque cada persona atiende la realidad según sus intereses, por tanto, prestará más o menos atención a algunos de los millones de estímulos que recibe por día y no a otros. Luego de elegido los estímulos, los clasificamos y organizamos de manera que tenga sentido para nosotros, de acuerdo a nuestras experiencias. Nuestro cerebro sigue ciertas leyes para buscar patrones a los estímulos que recibe. Propendemos a organizar los estímulos como figuras y fondo, agruparlos por similitud o por proximidad, tendemos a cerrar lo percibido cuando la observación es incompleta, o le damos continuación a cosas que no vemos, siempre buscando la sencillez, reduciendo los problemas a sus componentes más simples.

    Estas características de la percepción conllevan a que lo que se memorice se haga bajo la forma de esquemas, es decir, descripciones de los rasgos característicos de las personas, situaciones o cosas. Los esquemas de personas constituyen prototipos y los esquemas sobre hechos se llaman guiones, que ofrecen una representación mental de los hechos que dirigen nuestro comportamiento. Con relación a cómo percibimos y cómo memorizamos, la semiología (ciencia que estudia los sistemas de comunicación) ha analizado un hecho curioso, muchas palabras “trabajan por parejas”. O sea que el significado de una palabra depende de la palabra opuesta, lo cual establece parejas de significados antagónicos o contrarios. No hay éxito sin fracaso, pequeño sin grande, rico sin pobre, blanco sin negro, bueno sin malo, etc., etc. Esto es una expresión clara de cómo funciona nuestro cerebro. Le es más fácil valorar y contrastar los extremos que gestionar situaciones intermedias, pues estas son más complejas, dinámicas y cambiantes. Es más cómodo pensar en positivo y negativo que en una gama infinita de matices. Esta manera de pensar así viene dada por la “evolución”, que procura siempre que se ahorre energía (pensar la gasta) y es ventajosa para tomar decisiones rápidas, ya que acelera el proceso de respuesta. Por el contrario, actuar así inhibe el apreciar el entorno en toda su dimensión y la vida de relación con los demás, toda la paleta de colores, sonidos e intensidades que conforman los contactos humanos, incluidos los que establecemos con nosotros mismos (metacognición). Este tipo pensamiento dicotómico, que elimina los matices, también afecta la gestión emocional y la reflexividad. En cuanto a los aprendizajes, indica el sesgo inconsciente que se produce en los contextos educativos en los que se tiende a dividir a los estudiantes en dos categorías subjetivas y contrapuestas, en buenos y malos. En un grupo con unos pocos alumnos excelentes, todos los demás serán “malos”, independientemente que dentro de estos exista toda una variada gama de estudiantes. El concepto de constante macabra surgió precisamente del ámbito educativo por parte del pedagogo francés André Antibi.

    Pese a que la constante macabra es un concepto socioeducativo, tiene implicancias sumamente importantes en la vida cotidiana. El poseer un cerebro capaz de categorizar cualquier dato o suceso de forma automática es una gran ventaja, pues permite simplificar la comprensión del mundo en que se vive y ayuda a navegar en él. Reduce la sensación de complejidad. Sin embargo, favorece el pensamiento dogmático y, peor aún, cuando la categorización es dual y contrapuesta, cuando se piensa en buenos y malos, quiénes son los unos y cuáles los otros. Esta es una herramienta común de ser utilizada por dictadores, “con la revolución o contra ella”, con el pueblo o contra él.

    Las sociedades democráticas —las cuales precisamente se reconocen por sus matices y por los matices dentro de los matices en cuanto a la forma de pensar políticamente— deben enfrentar con severidad a quienes utilicen la constante macabra como herramienta del quehacer político. No solo a ella, también a otras distorsiones de la percepción, como ser los estereotipos (conservadores, progresistas, etc.) y las etiquetas (bolches, fachos, etc.).

    Se solicita a todos los uruguayos —a los de a pie y, sobre todo, a los que forman opinión: políticos, “intelectuales”, periodistas, etc.—, que, por orgullo de su propia cognición, no utilicen esta manera de expresarse; tómense el trabajo de explicar lo que significa cada uno o cada cosa. Es una forma de evitar la proliferación de grupos dominados por un pesimismo escéptico que debilita el organismo social y genera un sistema de excusas que culmina en una impotencia confortable, la cual, en los hechos, representa una renuncia a un mayor capital social, que es lo que produce el bienestar humano.

    Rafael Rubio

    CI 1.267.677–8

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