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    De un hincha de River Plate

    Sr. director:

    La de cuero con tiento. Aquella luminosa mañana dominical de la primavera de la década de los años 50 ya me desperté con toda la sensación de que iba a vivir un día muy especial.

    Incluso en la noche anterior ya había dejado pronto mi pantaloncito azul muy bien planchadito. Pantalón corto, porque recién un tiempo después, cuando ya con 13 años, me vino la hepatitis. Y pasé varias semanas en cama comiendo merenguito; al levantarme, como había pegado el estirón, pasé a los pantalones, siempre azules, pero ahora largos, tapándome las rodillas.

    Lo cierto es que el sol estaba radiante. Me peiné con la gomina el mejor jopo que pude, preparé en la bolsita mis cuatro mandarinas, y salí corriendo para el parque Saroldi, que quedaba a una cuadra de mi casa.

    “Señor, ¿puedo entrar?”. Me instalé en el talud pegado al alambrado.

    Jugaban el locatario River Plate y el visitante Danubio y, al llegar a los 90 minutos, el juez detuvo el juego e invitó a los 22 jugadores acercarse al centro del campo.

    Solemnemente, yo también me sentí llamado, salté el alambrado y, como Zatopek, salí corriendo hasta el medio del campo.

    Cuando llegué ya los 22 estaban abrazados, mezclados en el ruedo central. Y yo, con mi jopo y mis pantalones cortos azules, también me abracé a ellos, cuando el juez levantó su brazo derecho y nos invitó a un “¡hurra!” para que River, que después de ese partido bajaba a la B, lograra pronto el ascenso.

    Y ese fue el momento sagrado en el que me hice hincha de River por los siglos de los siglos. Una de las decisiones que, según cuentan los que saben, nunca más se cambia en la vida.

    Y vaya si eso de correr detrás de la cuero con tiento fue el juego preferido de nuestra infancia, gloriosamente ignorante de celulares y computadoras. Un tiento con el que encerrábamos en la pelota de cuero al famoso piripicho que inflamábamos con nuestros supermánicos pulmones que jamás recibieron, reciben ni recibirán la visita de la nicotina.

    Además, por supuesto, cuando elegimos los colores del club de barrio que fundamos, fueron los albirrojos de River y la presentación no sabía de protocolos: “Yo soy hincha de un cuadro chico... ¿Chico dije?, ¡si sos el más grande Riverplé!”.

    Más tarde, cuando en la década de los 60 llegó la tele en blanco y negro, me presenté en un programa de preguntas y respuestas. Cuando un gran amigo, Antone, me mandó un telegrama de aliento, recité de memoria ante cámara nuestro himno oficial: “Cuadrito del barrio que me vió nacer, pelota de fóbal que durmió a mis pies, ilusión de niño que me hace querer que tengas mil años y no sólo diez…”.

    Y, al día siguiente, cuando viajaba en un 125, se me acercó un pasajero que no conocía y me dijo: “Muy bien, pibe, me emocionaste anoche con el versito de la pelotita…”.

    Profe Stewart

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