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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la segunda mitad del siglo XIX, la no muy afianzada ni comprendida democracia de aquellos tiempos empezó a ser cuestionada desde muchos ángulos. La crisis económica y social que atravesaban la mayoría de los países, más evidente en Europa producto de las revoluciones industriales, la desigualdad creciente que surgía de un liberalismo económico sin límites, el desencanto con las primeras instituciones democráticas, etc., fueron el ámbito idóneo para el surgimiento de teorías y posicionamientos políticos radicales. Todos prometían la solución para todos los males, compartían un fuerte desprecio por las ideas democráticas, no dudaban en recurrir a la violencia (la vida humana no era en sí misma valiosa, salvo la de los “amigos”) y se enfrentaban entre sí con furia, de forma que cada uno tenía su enemigo al que temer, combatir y derrotar. Así, ya en el siglo XX, el nacionalsocialismo, el fascismo y el franquismo se nutrían, entre otras muchas cosas y sin perjuicio de sus diferencias internas, de la lucha contra el comunismo, y este hacía lo mismo con las otras ideologías. Dos extremos radicales e irreconciliables, que se necesitaban para justificarse recíprocamente, que incumplieron todas las promesas y solo dejaron varias generaciones sacrificadas (con millones de muertos). En América Latina ocurrió lo mismo con dictaduras de derecha e izquierda que solo dejaron pobreza, muertos, encarcelamientos ilegales, exilio, etc. Fueron muy pocos los países europeos que lograron sobrevivir al desencanto y enojo popular y a los extremismos radicales.
Luego, las aguas se calmaron, aumentaron la alfabetización y la educación de la población, aparecieron otras generaciones de derechos humanos, la cultura democrática pareció crecer y los horrores de las fórmulas autoritarias recientes se hicieron sentir. Hace unos 30 años, algunos creyeron en la existencia de una América Latina democrática, salvo la dictadura cubana, pero era una mera apariencia, pues había solo elecciones y no democracias plenas, con escasas excepciones; aunque por supuesto que cada sociedad tiene su historia y relación particular.
Ahora, por crisis económicas y sociales, corrupción, desencanto con los gobernantes y la democracia, comenzaron a aparecer los nuevos radicalismos, aunque en muchos casos dentro de una disputa democrática, al menos en sus formas. En Chile, en la última segunda vuelta se enfrentaron el presidente electo, que, si bien moderó su discurso (ojalá haya cambiado), en el pasado defendía el golpe de Estado de Pinochet, reivindicaba su figura y justificaba los muertos y encarcelamientos de aquellos días. Su oponente, en la segunda vuelta, negó que en Cuba hubiera una dictadura (sostiene que hay una “democracia de partido único”), consideró presidente constitucional a Maduro y señaló que Corina Machado era responsable de varios intentos de golpe de Estado. Y, por supuesto, que ambos rivales políticos invocaban con ajustes los valores de las extremas derecha e izquierda. Se llegó a hablar de deportar a los ilegales demostrando una absurda confusión. Estos enfrentamientos entre una derecha radical y extremista y una izquierda con similares características se aprecian en varios países del continente y, al igual que en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX, parece no haber nada entre los dos extremos ni existen posibilidades de acuerdo. Se desprecia incluso a quien se atreva a declararse de “centro”, sin coincidir con ninguno de los extremos radicales, se le dice que es tibio, indeciso, sin compromiso, se le descalifica y se lo considera como un mentiroso que no se atreve a proclamarse de izquierda ni de derecha.
Incluso empiezan a aparecer grupos de gobernantes a nivel internacional (no digo países, pues mientras exista la posibilidad de elecciones hay oportunidades de cambio). De un lado, Trump, Milei, Bolsonaro, Kast, Meloni, VOX, Le Pen, etc., y, por otro lado, Petro, peronistas, López Obrador, etc. Da la impresión de que es uno u otro y no hay más opciones y, con un lenguaje agresivo, plagado de falsedades, medias verdades e insultos se agrega leña al fuego. Por ejemplo, algunos hablan con desprecio usando la polémica expresión “wokismo”, pero muchos no comprenden que con esta expresión se intenta ridiculizar a quienes defienden algunos derechos humanos y se oponen a toda forma de discriminación. O sea, expresiones vacías, sin contenido claro, que solo sirven para etiquetar y agredir al adversario al que se ve como enemigo. Solo se quiere profundizar el extremismo ridiculizando a los adversarios y sin fundamentos.
Se parece a lo que vivimos hace 100 años, menos violento, pero ahora la historia nos ayuda.
Uruguay no encuadra hoy en ninguno de los dos grupos, pero no nos confiemos, pues Chile hasta hace poco estaba en una situación similar. Esto es, las cosas cambian. Creo que debemos ser conscientes del riesgo de la radicalización y el maniqueísmo (solo habría, para los radicales, dos grupos, los buenos y los malos, sin terceras opciones). En los sesenta del siglo pasado nadie pensaba que fuera posible una dictadura en nuestro país, “somos distintos”, decían algunos; no hay ni que detenerse en lo equivocados que estaban.
No caigamos en estos errores. La democracia exige inteligencia, tolerancia, diálogo y respeto; el insulto, la mentira, los ataques sin fundamento y la radicalización son muy peligrosos. También exige acuerdos entre todos, hasta entre las posiciones más opuestas. Los partidos políticos deben reaccionar y no dejar que los atraigan, que los chupen, los extremismos radicales; que no se crea que se ganará caudal electoral por ser radical, y, si se ganara, el costo es demasiado grande. No nos engañemos como en el siglo pasado, no somos tan distintos a nuestros vecinos, y los riesgos, a mi juicio, son claros y graves.
No juguemos con la democracia.
Martín Risso Ferrand