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    Denuncias falsas

    Por Lector

    Sr. Director:

    Una condena en función de proceso abreviado, sumada a una imputación penal, y todo el huracán mediático provocado por Romina Papasso y Paula Díaz se desvanecieron sin dejar rastro.

    Fue buena cosa que asuntos tan tristes y desagradables hayan desaparecido de la atención pública. Nada de bueno dejaron. Y lograron exhibir muchos rasgos poco atendibles de la condición humana. Fue también buena cosa la intervención del Poder Judicial (aunque muy limitada por el nefasto sistema procesal actualmente en vigencia, que prácticamente elimina la jurisprudencia en materia penal, olvidando la relevante importancia de la generación del derecho como orden espontáneo).

    Una de las funciones primordiales del sistema judicial es la de indicar con claridad a los habitantes del país cuáles son las normas que nos rigen. Bien enseñaba el jurista norteamericano John Gray que los jueces son “esos monjes grises que, escondidos detrás de oscuros cortinados, están continuamente indicando y fijando cuáles son las normas a que debemos sujetarnos los habitantes del país. Y haciéndolo en forma subrepticia, sin que nos percatemos plenamente de tal hecho”. Coincidiendo con la fina observación de nuestro gran juez Luis Torello Giordano, que nos enseñaba que una función esencial de los jueces es indicarnos “dónde está la línea roja y qué pasa si pisamos de este lado o si pisamos del otro”. Y a eso están llamados nuestros jueces en este caso.

    A eso, la (aparente) estricta aplicación del derecho vigente, le llamamos impartir justicia. Pero con eso no terminamos con el tema, sino más bien, ingresamos a su cerno. Que no es, como creen los tristes cultores del formalismo o el positivismo, un problema extrajurídico. Sino que, como bien decía mi siempre recordado maestro Alberto Reyes Terra, “es exquisitamente jurídico”.

    Guiado por el entorno familiar, que, por suerte, coincidió con mis gustos, empecé a estudiar derecho desde los 15 años. Dos años antes de entrar a facultad. Guiado por varios grandes maestros. Uno de ellos me recomendó estudiar a fondo la doctrina y la jurisprudencia norteamericanas, sin preocuparme de que sea el sistema jurídico algo diferente al nuestro (mucho menos de lo que en general se cree).

    Entre los muchos autores que leí, estuvo el extraordinario jurista Benjamin Cardozo, quien fue integrante de la Suprema Corte durante muchos años.

    Una de sus máximas favoritas se hizo merecidamente célebre: “Be it my will that my justice be ruled by my mercy” (“Sea mi voluntad que mi justicia sea guiada por mi misericordia”). Al traducirla, se han ensayado varias opciones: misericordia, clemencia, piedad, equidad. Con variantes entre ellas, pero, en última instancia, aludiendo a una misma realidad axiológica.

    Idea que, creí yo al inicio, Benjamin Cardozo hubiera tomado de William Shakespeare del discurso inicial de Porcia en el juicio entre Shylock y Antonio (El mercader de Venecia):

    —De extraña naturaleza es tu demanda. Pero las leyes de Venecia no pueden negarte lo que buscas aquí… Siendo así, deberá tener piedad el judío.

    —¿Quién me obliga a tener piedad?

    —La piedad no es obligada, debe caer como la suave lluvia del cielo que moja los campos. Es dos veces bendita, bendice a quien la concede y a quien la recibe. La piedad está por encima del poder del cetro. Y el poder terrenal se asemeja al divino cuando la piedad dirige la justicia.

    Posteriormente, al saber que Cardozo era de origen judío, pude averiguar que la fuente está en el Talmud, donde también se inspiró Shakespeare, para exponer la idea en sus magníficos versos:

    Es cierto que la piedad (o la clemencia, o la misericordia, como se quiera) deben incidir en la actuación judicial. Lo difícil es determinar cuánta justicia y cuánta piedad deben ser administradas simultáneamente. Tarea muy delicada que está reservada para los grandes jueces, que funcionarán como un faro para guía de los demás.

    Cuando una lee (o presencia) por primera vez El mercader de Venecia, cree hallarse ante un alegato antijudío. Pronto se comprende que esa piedad que Porcia invoca para el mercader Antonio también Shakespeare la vierte hacia el prestamista Shylock. Este fue perseguido cruelmente, estigmatizado, agraviado y herido con saña durante toda su vida. No es de extrañar que se nos aparezca como una fiera que derrama odio y clama por venganza. Es que su vida, ciertamente, no había sido un lecho de rosas.

    Tampoco, sin dudas, la vida de estos dos personajes de las falsas denuncias ha de haber sido un lecho de rosas. Lo evidencian claramente. También hacia estas personas se dirigen el discurso de Porcia o la sentencia de Benjamin Cardoso.

    Aunque no todos son afines a estas consideraciones. Y algunos van por otras sendas.

    Siempre me ha fascinado la cruel belleza de la carroña en el campo. Me refiero a los hermosos lentos vuelos en círculo de los cuervos (nuestros cuervos) combinados con las veloces acometidas de los caranchos. Un bellísimo espectáculo que no logra disimular el hecho de que esos seres están medrando a costa de la desgracia ajena.

    Ese espectáculo siempre me hace evocar algún verso del himno de los partisanos de la Resistencia de la Francia Libre: “Ami, entends-tu le vol noir des corbeaux dans nos plaines?” (“Amigo, ¿sientes el negro vuelo de los cuervos sobre nuestras llanuras?”).

    Tiempo atrás, en estas mismas páginas, comentaba la presentación del Dr. Jorge Díaz en el programa En perspectiva, quien hablaba sobre la denuncia falsa hecha contra Yamandu Orsi y decía que, aparte de insuficiencias jurídicas, se incurría en un disparate.

    Y eso es porque en el minuto 30 se despacha con la categórica afirmación de que “queremos que se llegue a quien está detrás de todo esto, porque estamos convencidos de que esto se hizo con finalidad política”. En forma categórica, aventando toda posibilidad de dudas y con la misma delicadeza de un ciclista del Tour de France descendiendo la montaña a 100 kilómetros por hora. Los abogados brillantes son así.

    De entrada, me sorprendió que no hubiera generado igual convicción para la denuncia contra Gustavo Penadés. No es pecado grave, pero la coherencia es valor importante. En todos los casos. Más me llamó la atención el fundamento de tal convicción, que deriva de dos viajes que quienes formularon la denuncia habían hecho a Buenos Aires algunos meses antes.

    Como no lograba comprender cuál pudiera ser el nexo entre ambos hechos (la denuncia y el viaje a Buenos Aires), me decidí a hilvanar un sencillo silogismo. Teniendo como conclusión la afirmación de que “estas dos personas fueron adiestradas en Buenos Aires”, la premisa menor sería que “estas dos personas viajaron a Bs. As.”, con lo que la premisa mayor tendría que ser “todos los que viajan a Buenos Aires son adiestrados en denuncias falsas”.

    La lógica es perfecta, pero no funciona por ningún lado (es un disparate). Por lo que recurrí a otra vía: el factor causal. Si este hecho (la denuncia falsa) se produjo después del viaje a Buenos Aires, podemos inferir que la causa está allá y que allá hubo adiestramiento. Pero sucede que esto es caer, burdamente, en la falacia post hoc ergo propter hoc. Y es muy claro que la mera sucesión temporal no involucra siempre una relación causal. Para mi sorpresa, porque errores tan gruesos no son propios de un brillante abogado.

    Lo único que me quedaba es recordar que Buenos Aires es una ciudad muy grande, exuberante y variopinta. Y que, entonces, el brillante abogado debe hacer creído que allá funciona alguna academia del delito. Como la que, en una azotea de un suburbio romano, regenteaba el impagable Totó, aquel cómico italiano que desempeñaba el papel de profesor en la escuela del crimende la desopilante película de Mario Monicelli (Los desconocidos de siempre), donde tenía discípulos más aventajados que Romina y Paula, ya que contaba con Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni y Renato Salvatori.

    Pero la verdad es que la cosa no funcionaba por ningún lado. Así que tuve que concluir que, brillos o no brillos, se trataba de un mero disparate. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el asesoramiento (que decían ser de muy alto nivel) habría sido tan torpe que les enseñaban a denunciar delitos ya prescriptos y que no caen bajo la ley de violencia de género. Y todavía nos dice que se trataba de estupendos profesores…

    La versión fue recogida por muchos políticos frentistas, entre ellos, el mismo Yamandú Orsi y Alejandro Sánchez (los videos están colgados en YouTube). Algunos decían tener indicios, pero no los divulgaban.

    Y siempre aclaraban expresamente que no imputaban el patrocinio delictivo a nadie en concreto. Pero insinuaban, en forma muy velada y discreta, pero no por eso menos sugerente, que habría atrás gente de cierto partido político del gobierno (el contexto avalaba firmemente que esa era su conclusión).

    La comedia tuvo un abrupto final cuando la fiscal del caso soltó un leve gruñidito (no un ladrido, sino un ronroneo) y anunció que iba a citar a declarar a todos aquellos que afirmaban que había promotores atrás de las denuncias y que decían tener indicios sólidos para que aportaran esa información a Fiscalía.

    Pues alcanzó con el anuncio para que el coro se llamara a un austero y decoroso silencio. No hemos vuelto a escuchar nada sobre los profesores del delito o los promotores encubiertos de la denuncia falsa, lo que me hizo evocar de inmediato aquel tango famoso que Enrique Cadícamo escribió en memoria de Carlos Gardel: “¿Dónde estarán los puntos del boliche aquel…?”.

    No sé dónde estarán. Pero se advierte que “los guapos del abasto cortaron su canción”. Y no se les oyó más. Actitud que me confirma lo del disparate del brillante abogado. Y me lleva a evocar nuevamente la potente cita de los partisanos franceses: “Ami, entends-tu le vol noir des corbeaux dans nos plaines”.

    Enrique Sayagués Areco

    CI 910.722-5

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