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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace poco leía una cita de Lacan en la que abordaba la meritocracia, el individualismo y la idea de que el amor es, en sí mismo, una discusión pública. Esta afirmación se inscribe en una tradición más amplia: la de convertir lo privado en público, una discusión trabajada por Habermas y retomada, con especial énfasis, por el feminismo.
Esta cuestión se vincula, en determinados momentos, con una concepción progresista y con una disputa en torno a qué entendemos por amor. Se trata de un debate que, muchas veces, parte del ámbito privado con la intención explícita de trasladarse al espacio público. Allí, casi sin proponérnoslo, emerge una discusión más profunda: qué tipo de vínculos queremos construir. ¿Un amor romántico? ¿Un amor tradicional? ¿O una concepción más moderna del amor?
La realidad es que asistimos a una superposición de modelos: una mezcla de formas de amar que conviven, se tensionan y se contradicen entre sí. Resulta ingenuo —cuando no directamente absurdo— pensar que el amor no es un fenómeno político. Las nuevas derechas de corte tradicional sostienen concepciones profundamente arraigadas del amor romántico, estrechamente ligadas al matrimonio y a estructuras de dominación masculina sobre lo femenino.
Sería igualmente ingenuo suponer que las izquierdas están exentas de estas concepciones. Por supuesto que también las tienen. Sin embargo, cuando hablamos en términos generales, las nuevas derechas tienden a posicionarse como defensoras explícitas de los valores tradicionales. Hace poco, por ejemplo, vi en la red social X a un mediático criticar a Lula da Silva porque durante el verano no concebía su matrimonio como una obligación rígida, ya que no tenía el anillo de matrimonio, al parecer era una foto manipulada, ya que sí lo tenía. El mediático, casado, expresaba que, en épocas de vacaciones, su anillo estaba más presente que nunca, no como imposición, sino como elección.
Estas concepciones nos atraviesan a todos. Nos llegan de manera constante y terminan generando una suerte de saturación, producto de un exceso de información que prescribe cómo debemos comportarnos, amar y vincularnos.
Vivimos en una época de hiperconectividad. Sin embargo, incluso esa imagen del “hombre de antes”, hoy reivindicada en nombre del retorno a los valores tradicionales, queda rápidamente obsoleta. Estamos permanentemente mediados por el celular. El “guapo” de antaño encaraba cara a cara; hoy, muchas veces, el primer contacto ocurre a través de una pantalla. Reivindicamos ciertos valores tradicionales, pero quedamos atrapados en una lógica contemporánea en la que el encuentro presencial pierde centralidad y la conquista se desplaza hacia aplicaciones de citas. No se trata de juzgar esto como bueno o malo, sino de señalar la contradicción: estas prácticas poco tienen que ver con la tradición que dicen defender.
Ir “por atrás”, a escondidas, no es una práctica tradicional, sino profundamente digital. Del mismo modo, antes “romperle la cara a alguien” implicaba violencia física; hoy puede significar exponer, escrachar o destruir simbólicamente a alguien a través de una imagen manipulada. Se trata de prácticas posmodernas, mediadas por la tecnología y alejadas de cualquier concepción clásica de lo tradicional.
En este contexto, estamos en permanente proceso de modernización. Utilizamos palabras antiguas, valores heredados y los combinamos con prácticas nuevas. Probamos, mezclamos, descartamos y resignificamos. En definitiva, eso es el ser humano: un sujeto incompleto, siempre en construcción, nunca acabado. Los conceptos están en disputa permanente, y esa disputa es, precisamente, una de las formas de nuestra evolución.
Cuando la tecnología irrumpe y atraviesa estas barreras, todo se vuelve más caótico y más discutible. Con cada revolución tecnológica se transforman las relaciones laborales, la cuestión social, la política y las formas de vincularnos. Nada es completamente correcto ni completamente incorrecto; todo es mutable. Siempre hay ganadores y perdedores.
No hace falta un análisis demasiado sofisticado para advertir que quienes pierden en estos procesos sociales luego encuentran representación en determinadas formas políticas de gobierno. ¿Es casual que estemos asistiendo a un retorno del discurso de “Dios, patria y familia” al mismo tiempo que avanzan gobiernos de nuevas derechas en distintas partes del mundo? Entendamos el “Dios, patria y familia” como un valor muy criticado por los millennials de la década pasada, lo cuales hoy tienen una vida muy digna en familia, y esto está bien.
Las críticas al llamado hombre princeso también se inscriben en discursos de corte tradicional, asociados a los valores de “antes”. Se describe al princeso como un hombre con energía “femenina”, que espera ser conquistado y carece de iniciativa. Aquí conviene ser claros: todos los seres humanos tenemos energías tradicionalmente denominadas “femeninas” y “masculinas”. Reivindicar una u otra no es neutral, porque permite visualizar hacia dónde se orienta una sociedad.
Entonces, todo siempre está cargado de símbolos, si una persona es intensa con su vínculo, puede ser llamado de “perro” porque insiste, si no lo es, es un “princeso”, nunca gana nadie, todo siempre queda en un bando neutro, de confusión. Y en un mundo de hiperconectividad y de estar todo relacionado se nota cada vez más. Repensar el mundo que se viene implica revalorizar los símbolos, signos.
Sería absurdo afirmar que la izquierda encarna lo femenino y la derecha lo masculino. Sin embargo, en términos empíricos, observamos que actualmente las izquierdas concentran mayor proporción de votantes mujeres, mientras que las derechas convocan mayoritariamente a varones. Por supuesto que hay varones de izquierda, y muchas mujeres que les son funcionales a las nuevas derechas más tradicionales. Esto quedó excesivamente demostrado, sobre todo en la creación de falsos relatos.
Cuando se utiliza la desvalorización del otro para beneficiarse, no podemos hablar de una práctica colectiva, sino exclusivamente individualista. Incluso cuando la desvalorizacion se da a través de algún grupo, cuando esta es falsa, se traduce en una práctica excesivamente individualista que favorece siempre a las llamadas nuevas derechas.Todas las guerras son por dinero.
Resulta interesante, además, pensar que el princeso también puede ser el hombre tradicional contemporáneo: aquel que tiene iniciativa en redes sociales, pero carece de fortaleza en la presencialidad. Difícilmente pueda considerarse “tradicional” el encare por videollamada, por WhatsApp, las maniobras en redes sociales, la difamación o la construcción de falsos relatos, eso no es del guapo tradicional.
No se trata de negar que estas prácticas hayan sido funcionales para algunos, sino de preguntarnos a quiénes han beneficiado y a quiénes han perjudicado. En definitiva, a quién criticamos y a quién exaltamos siempre traduce una concepción de sociedad, aquello que reivindicamos y aquello que estamos dispuestos a destruir, así como las tradiciones políticas a las que adherimos. No es casual que las concepciones progresistas de la década pasada hayan impulsado una agenda de nuevos derechos, acompañada por victorias electorales de las izquierdas en América Latina y en buena parte de Occidente. Tampoco es casual que, posteriormente, surgiera un fuerte cuestionamiento a ese modelo, dando lugar al ascenso de nuevas derechas a escala global. Este movimiento no es nuevo. Se trata de impulsos y frenos, de olas y contraolas.
Cada transformación social genera, tarde o temprano, una reacción conservadora. Es lo que solemos describir como un péndulo. Sin embargo, más que un movimiento estático, deberíamos pensarlo como una espiral: se desplaza, se transforma, nunca se detiene y está permanentemente atravesado por la tecnología.
Y entonces: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? En un contexto de capitalismo extremo y de revalorización de ciertos valores tradicionales, ¿podemos esperar un amor no patológico, no neurótico, no psicopático? Es una pregunta que merece ser pensada.
Si el amor se vive puramente en el terreno de lo racional, difícilmente podamos esperar algo distinto a un vínculo psicopático, donde priman intereses externos a la relación. Si concebimos el amor como una salvación frente a nuestra propia individualidad, inevitablemente aparecen terceros que interfieren y vuelven imposible el vínculo entre dos personas. Si el amor se convierte en algo puramente emocional, no habrá proyecto en común. Por lo que siempre es interesante pensar el amor como una conjunción de estas cuestiones.
En cambio, cuando el amor deja de ser una transacción y se inscribe en el terreno de lo emocional —el compromiso, el afecto, el cuidado— es posible hablar de relaciones sanas. Cuando el dinero ocupa un lugar central en los vínculos románticos, estos tienden a erosionarse hasta vaciarse de sensibilidad.
El amor suele sostenerse en tres dimensiones: la sexualidad, la amistad —entendida como el compartir— y una tercera pata que podríamos llamar “el proyecto”. No se trata de una lógica económica, sino de la proyección de un futuro compartido, de coincidir en deseos, horizontes y recorridos posibles, de tener aliadas como compañeras en el proyecto de vida.
El problema surge cuando este último aspecto eclipsa a los otros dos. Allí el amor comienza a vivirse como mercancía, como algo utilitario, en el que lo emocional queda relegado y lo racional ocupa un lugar dominante. En esa concepción, lo externo pesa más que lo interno, y el amor se reduce a un negocio en el que lo psicopático prevalece sobre lo afectivo. Podemos entrar en la discusión sobre qué tipo de vínculos queremos.
Cabe aquí una aclaración al lector: quien escribe no pretende juzgar qué está bien o qué está mal. El objetivo es descriptivo, no normativo; un intento de análisis por fuera de la opinión personal.
Germán Mato
Licenciado en Relaciones Laborales con posgrado en Ciencia Política