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    El doctor Germán ‘Polaco’ Goyeneche

    Sr. director:

    Un 14 de julio, hace más de 65 años, nacía Germán Goyeneche en una familia cristiana de Salto, de donde emigró a la capital para cumplir con su sueño vocacional: ser médico; lo logró y se especializó en Urología, por tanto, cirujano (qué cirujano). Se cuentan por cientos los pacientes a los que ayudó al curarlos de cáncer prostático y otros males.

    Siempre fue una mano y una sonrisa tranquilizadora, sincera, afectuosa, con una capacidad de convertir a sus pacientes en amigos; estos, agradecidos para siempre. Me cuento entre los privilegiados a los que sanó, y pude convertirme, en su momento, en un gran amigo, un hermano del corazón. Con él compartí momentos maravillosos de alegría y también sus reflexiones finales, cuando años atrás una enfermedad parecida a la que con tanto éxito combatió lo llevó de este mundo, donde tanto lo extrañamos y donde cuánto más bien pudo continuar haciendo hacia los necesitados.

    Una anécdota que lo define, que debe ser de público conocimiento, sucedió en una mutualista de las más grandes en número de afiliados: atendía Germán un par de veces a la semana, a la mañana; siempre las reservas de hora superaban las admitidas por la institución y se creaba una lista de espera tan larga como prolongada en el tiempo. Germán sabía de la necesidad de asistencia de sus pacientes, la angustia y temor que entrañaba un diagnóstico, así como una terapia y su eventual éxito.

    Resolvió el requerimiento a cambio de dormir menos: concurría como mínimo una hora antes de la fijada para la primera consulta, o sea, antes de las 7 a. m., y entonces atendía a todos los que podía entre aquellos que no contaban con fecha y hora de atención. Si no alcanzaba esa hora dedicada a los pacientes, la seguía luego de la consulta, condicionado a tener un consultorio para ello.

    ¿Germán dejaba de ganar honorarios por ese sacrificio no remunerado? No, por el contrario, y sin reconocerlo, con una sonrisa de placer por hacer el bien ¡Germán ganaba!, disfrutaba al ayudar, como cuando ya grande y reconocido por su pericia viajaba hasta Artigas durante toda la noche para una o más cirugías programadas los días sábado en la mañana. Siempre me relataba, con alegría, que lo que valía de esas epopeyas carreteras y horas de mal dormir eran los tiempos poscirugía, el festejo con sus amigos colegas (que mucho aprendieron con él), un reencuentro amable y hasta divertido, asado mediante.

    Con enorme inteligencia, Germán supo encontrar la medida justa en sus tiempos: mezcló lo útil con lo agradable en una interacción envidiable. Estuvo en paz con sus principios cristianos, que lo acompañaron hasta el último respiro, le permitieron un tránsito en paz y aceptación de las circunstancias sin quejas, como el hombre valeroso que demostró ser.

    Por ello, en una época cada vez más acentuada de consumismo, intolerancia y escaso reconocimiento a la entrega callada de uno para el otro, la presencia viva de Germán es más patente, y aquellos que supimos gozar de su abrazo cada día lo extrañamos más, sin comprender el porqué de una pérdida de alguien bien nacido, generoso, bueno, cuando tanto más tenía para gozar disfrutando de hacer el bien.

    Ojalá este recuerdo sea un ejemplo para nuevas generaciones, como base de reflexión cuando con vocación se inicia el ejercicio de cualquier profesión, especialmente las humanistas.

    Jorge M. Pereyra

    CI 1.018.269-8

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