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    El MPP y la reforma jubilatoria

    Sr. director:

    Hay entre los militantes del Movimiento de Participación Popular (MPP), como en todos los sectores de la vida nacional, en verdad, seres maravillosos, solidarios y por demás sencillos y humanos. Aunque discrepe con ellos, uno no deja de quererlos mucho como personas íntegras que son. Pero ya sabemos que hay de todo en la viña del Señor…

    No es precisamente una bella virtud que uno hable colocándose desde las alturas y en el lugar de un sabelotodo, transformándose en un émulo1 de Narciso, mirando eternamente la imaginada belleza de nuestra propia figura reflejada en un estanque. Siempre es necesario —y en la verdadera política, imprescindible— darse un buen baño de humildad todas las mañanas al levantarse y repetirlo si es necesario varias veces al día.

    Hay que mirarse al espejo y saber reconocer al monstruo que todos llevamos dentro para sujetarlo y dejarlo aprisionado en un recinto en el que no dañe a nuestros prójimos. Existen demasiados males en nuestro mundo como para andar aportando además una semilla maligna nuestra. Pero veamos lo que dijo Caggiani el pasado domingo 10 en El Observador, ubicándolo antes como personaje público (que es al que me referiré, ya que como persona no lo conozco y, como tal, me merece el mayor de los respetos).

    Pequeña historia de un joven político profesional. Hombre meritorio y esforzado, con sus 42 años se ha transformado en la actual voz cantante a nivel parlamentario de la dirigencia del MPP y de una mayoría de dirigentes defensores del gobierno, al parecer poco afines al sano ejercicio de la autocrítica. Empezó su militancia ya en el liceo y fue luego diputado desde 2010 hasta marzo del 2022, año en que pasa al Senado en reemplazo de Eduardo Bonomi, fallecido, siendo reelecto el pasado octubre. Integró e integra el Parlasur: ese organismo sudamericano que, dicho sea de paso, poco sabemos para qué sirve y en qué puede cambiarnos la vida.

    Es decir, no habiendo completado sus estudios terciarios, es un verdadero político profesional: se dedica a hacer política todo el día. Este hecho, de por sí, no es para nada despreciable y puede ser digno de admiración, pero también puede hacernos sospechar de que muy probablemente se pasa “cabildeando” demasiado y que —tal vez— dedique una buena parte de su tiempo a estudiar, cosa que está muy bien y siempre hace falta, a leer y ver qué es lo que dicen los adversarios o críticos del gobierno y a dedicarse a contestarles, agregando por lo visto muy poco valor en lo que hace.

    Es entonces, casi casi, un joven burócrata de la política con mucha capacidad de estudio y discurso, pero sin la necesaria convivencia con los verdaderos problemas de la sociedad como para sentirlos propios. Según se sabe, puede llegar a defender lo indefendible o apurarse en querer dar vuelta las páginas de historias que es necesario releer —so pena de terminar despreciando hechos relevantes que pueden llevar a cometer errores repetidos o evitables—.

    ¿Se fue de boca por descuido o intencionalmente? En la entrevista referida (¿utilizada para bajar línea a “la barra”?) dice unas cuantas cosas interesantes e incluso importantes y algunas verdades, pero no puede, no sabe o no quiere evitar cometer el primero de los siete pecados capitales: el de la soberbia. Toda la verdad de la vida —entera y prepotente— parece estar solo en su boca y en las muy importantes ideas que pasan por su omnisciente cabeza. Así, omite hablar de algunos temas que mucho significan o los elude olímpicamente, siendo displicente en el tratamiento de las relaciones del gobierno con los poderosos, que no son solo los capitalistas transnacionales, ya que hay unos cuantos vernáculos a los que les importa un verdadero pito cómo le va a la mayoría de la población.

    Hasta que de pronto… carga la tinta para despacharse y despotricar contra la mayor parte de sus propios votantes y contra quienes hemos decidido andar por la vida defendiendo causas populares que en el acierto o en el error entendemos justas, esforzándonos por ejercer la autocrítica diariamente en nuestras cosas y en nuestra propia casa, incluyendo el partido o sector político al que votamos.

    La simplificación de la realidad política como excusa. Daniel nos hace saber aristocráticamente (como si lo ignoráramos como pueblo) que el problema es que el Frente Amplio (FA) gobierna, pero no tiene mayoría parlamentaria para por sí solo hacer algunas transformaciones prometidas… Y entonces (en vez de salir a buscar el apoyo popular para hacerlas realidad) sale a buscar culpables de que las cosas sean así afuera de sus vínculos más cercanos, y entre esos culpables ubica, reitero, ¡al 70% de sus propios votantes! Desde su cátedra sin nombre les dice que haber intentado un cambio sustancial en materia jubilatoria, pensionaria, económica y social fue una “distracción” suicida desde el punto de vista electoral, y que el plebiscito que casi 1 millón de orientales promovimos para dar vuelta la taba en tres zonas significativas de la vida nacional fue la única causa de la actual situación en lo que a correlación de fuerzas político-partidarias refiere.

    ¿A dónde habrán ido a parar sus lecturas de las enseñanzas del subcomandante Marcos, aquello del “mandar obedeciendo” que en verdad él sabe que podemos rastrear en la mismísima Grecia antigua? Está sentado en un sillón parlamentario gracias al voto de cientos de miles de personas que en su gran mayoría apoyaron el plebiscito… y, en vez de rendirse ante su mandato, opta por ofenderlos echándoles la culpa de que el FA no haya logrado tres diputados más. Que me disculpe, pero este solo hecho merece ser repudiado públicamente por su probable indignidad: quien reniega de la voz de sus propios mandantes más tarde o más temprano estará en un serio problema de representatividad democrática.

    ¿Y si la realidad fue y es distinta? En ningún momento se le pasa por la cabeza que capaz fue al revés: que, si algunos dirigentes como él2 hubieran apoyado la reforma constitucional jubilatoria, se hubiera alcanzado con el triunfo del Sí y, junto con ese triunfo, también el FA hubiera votado mejor aún en octubre, alcanzando los votos que le faltaron para ser mayoría también en la Cámara de Diputados, y el Uruguay hoy mismo sería sustancialmente distinto.

    No caeré en la soberbia de Daniel de asegurarlo, pero ¿a qué partido o sector partidario hubieran votado las decenas de miles de blancos y colorados que apoyaron el Sí si todo el FA también lo hubiera apoyado? ¿La inmensa mayoría de votantes de Salle que ensobraron el Sí, o votantes del PERI o de la Unidad Popular qué hubieran hecho en esa misma situación? No lo sabremos nunca. Pero la aseveración de Caggiani es, reitero, hija de la soberbia y ya sabemos que implica desprecio por los demás, arrogancia, vanidad en exceso, humillación de los otros y una brutal falta de autocrítica.

    El derecho irrenunciable a la iniciativa popular. Lo que sí sabemos, Daniel, estudiante de Profesorado de Historia, es que en la patria de Artigas cualquier ciudadano o ciudadana tiene derecho a pensar y seguir pensando a favor de que las jubilaciones y pensiones a la vejez tengan un aumento digno bastante superior al 2% y 1% anual; a favor de que el aumento de los 60 años de edad jubilatoria no sea la principal variable para lograr la “sostenibilidad financiera del sistema”; a favor de que la columna vertebral del actual régimen mixto con AFAP (administradoras de fondos de ahorro previsional) pueda ser quebrada y evitar que unos pocos lucren muchísimo con los aportes de los trabajadores y trabajadoras pagándoles a cambio a la inmensa mayoría “rentas vitalicias” absolutamente insuficientes (a veces de hambre), y —lo que está en el corazón de la injusticia— tenemos derecho a seguir pensando que la nueva realidad que se hubiera generado de ganar el plebiscito hubiera habilitado un cambio de paradigmas3 que no solamente haría mejores a la protección y a la seguridad social sin las “administradoras”, sino también a la economía y a la sociedad en su conjunto, poniendo rumbo a un país verdaderamente más justo y solidario que cumpla con el objetivo irrenunciable de redistribuir la riqueza.

    ¿Por qué se optó por este ataque infame ahora? Hay un hecho innegable, muy triste, y que todos debemos respetar humanamente: el duelo personal y político de Caggiani y muchos militantes del MPP —también de otras gentes de nuestro pueblo— por la muerte del Pepe Mujica, quien fuera su indiscutido líder y referente no solo en el plano político-partidario. En lo personal mi más absoluta solidaridad, aun discrepando como lo hice varias veces con el Pepe.

    Pero, dada la importancia de su movimiento, uno no puede menos que recordar algunos componentes de prácticamente todos los duelos que tal vez pueda estar afectándolo a Caggiani en su accionar como verdadero representante del pueblo (que es para lo que se le paga un buen sueldo). Esos componentes pueden ser varios y muy diversos y alcanzar también el accionar de la organización política: sentimientos de culpa o arrepentimientos excesivos, irritabilidad o enojos recurrentes, ansiedades o miedo al futuro, sensación de irrealidad o desconexión, pérdida de interés, aislamiento o retraimiento de familiares, amigos o compañeros y compañeras, conflictos interpersonales por cambios de humor o incomprensiones mutuas, abandono de responsabilidades, conductas de riesgo o autodestructivas.

    Es buena cosa buscar ayuda en situaciones como estas. Y un dirigente de izquierda que se precie de tal solamente puede encontrar ayuda si va al encuentro de su pueblo, si lo comprende y se deja conducir por él, opinando como uno más desde el llano, y no si por el contrario se cree con la autoridad moral y política de retarlo como si se tratara de un perro que ha hecho caca adentro de la casa.

    ¿Hecho aislado o parte de un divertimento con otros fines? El Pepe supo tener sus grandezas, pero también dar sus golpes bajos. A veces pegaba el grito en un lado y ponía su huevo en otro muy distinto. ¿Por qué su aprendiz el senador sale a atacar a sus propios compañeros y compañeras en estos momentos mientras se muestra débil frente a algunos poderosos que verdaderamente son los responsables de una parte importante de las injusticias que como pueblo padecemos? ¿Hay algún cangrejo debajo de la piedra? ¿Aparecerá alguna sorpresa desagradable en el Presupuesto? ¿O simplemente salta del modo en que lo hizo porque muchos de nosotros somos su mala conciencia?

    La verdad es que Daniel Caggiani está ante un serio problema existencial. Si somos su mala conciencia, la culpa es suya por darse vuelta, no nuestra.

    Adolfo Bertoni

    Expresidente de la Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social

    CI 3.289.304-5

    Notas:

    1Émulo: “Quien imita con afán de igualar o superar”. ¿Ignora u olvida que el despreciativo Narciso muere consumido y obsesionado mirando su propio reflejo? Una simple piedrita o el sorbo de un sencillo pájaro, por pequeño que sea, alcanzan para convulsionar la quietud de las aguas en ese estanque de la soberbia.

    2Entre los dirigentes que se opusieron hay que separar la paja del trigo. No todos lo hicieron por razones electorales o electoreras. Hay quienes tuvieron una visión distinta del problema y tenían todo su derecho, aunque hayan perdido votos por oponerse al Sí. (No es tema de esta carta analizarlos).

    3La posibilidad de iniciar ese cambio de paradigmas, como ya lo hemos dicho aquí, se puede hacer ahora mismo dándoles la más absoluta libertad de acción a todas las trabajadoras y a todos los trabajadores para que elijan —obviamente, si es su deseo— por salirse de las AFAP volviendo al régimen de solidaridad intergeneracional del BPS (o de la “caja” que sea). Y con el regreso de los aportes ya realizados ir conformando lo que llamo un fondo de solidaridad y desarrollo nacional, de capitalización colectiva, con todos sus beneficios en cuanto a la sostenibilidad del sistema y las mejoras para la población uruguaya como sociedad en general, y para el ahorro público en particular.

    4Aclaro que, personalmente, salvo en las elecciones nacionales de 1984 y 1989, no he tenido militancia partidaria, habiéndome dedicado siempre a la militancia social (que ciertamente es esencialmente política).

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