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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstamos transitando una de las peores campañas electorales de los últimos tiempos. Quizás parezca fatalista escribirlo —es cierto— pero la realidad que diariamente nos muestran los actores políticos me facilita llegar a esta conclusión.
Tristemente, nos encontramos inmersos en una vorágine de liviandad que ha reducido el debate público al ruido de los escándalos y las discusiones sin sentido. El nivel ha descendido al punto tal que la discusión sobre el futuro del país ha sido reemplazada por un espectáculo montado casi que por agencias de publicidad en el que la política se vuelve caricatura y resulta esperable que un personaje de Disney irrumpa en un estrado con la única intención de ridiculizar a un adversario.
Esta campaña no es solo chata, es ofensivamente superficial. Las propuestas, que las hay —aunque nadie tiene claro dónde están—, aparecen tímidamente entre el barullo del circo electoral montado. Nadie se molesta en leerlas, mucho menos en discutirlas. ¿Cómo llegamos a esto? Quizás el presagio fue aquella sonrisa despreocupada y la frase lapidaria de que nadie lee los programas, una señal clara de que ya no se espera ni exige profundidad en la discusión política.
Pero lo más indignante es la mediocridad flagrante de aquellos que aspiran a liderar. ¿Qué clase de liderazgo ofrece un candidato que huye del debate, que se oculta de la opinión pública y que no puede hilvanar una respuesta sin caer en el sinsentido? Si un candidato no puede enfrentarse a las ideas de sus adversarios ni sostener con convicción su propio programa, ¿cómo pretende dirigir los destinos del país? Esta estrategia de esconderse tras las sombras, evitar la confrontación y delegar la aparición pública en su jefe de campaña es uno de los tantos síntomas de esta campaña.
Más allá de los candidatos, la estructura misma del sistema político parece haber claudicado ante la superficialidad, pero lo más trágico de todo es que esta frivolidad no es inocua. Mientras seguimos distraídos con el espectáculo, los problemas reales siguen creciendo. La pobreza infantil sigue allí, tocando la puerta de cada vez más familias. La violencia se ha naturalizado y las cárceles siguen siendo depósitos de seres humanos sin otra utilidad que reforzar el ciclo de criminalidad. Y así la política ha mutado en una suerte de reality show donde lo que importa es cómo se vende el candidato de turno.
Sin embargo, no quiero caer en el simplismo de cargar toda la culpa sobre otros, aun cuando al final del día son sus principales responsables. También nosotros, los ciudadanos, tenemos una cuota significativa de responsabilidad en este triste espectáculo. Somos nosotros, nadie más que nosotros, quienes permitimos y alentamos a que los candidatos nos traten como espectadores pasivos a pesar de que ocupamos un rol protagónico en la democracia. Nos hemos vuelto cómplices de esta campaña superficial en la que el ruido y las formas vacías prevalecen sobre el contenido y las ideas. Nos conformamos con flashes y eslóganes y olvidamos que quienes resulten electos serán los encargados de tomar decisiones que impactarán de manera directa en nuestras vidas: desde la economía hasta la educación, desde la seguridad hasta la vivienda.
Y lo más preocupante es que, como sociedad, estamos normalizando esta banalidad en lugar de exigir debates serios y compromisos claros. Aceptamos el circo como si fuera inevitable, como si fuera todo lo que la política puede ofrecernos. Hemos bajado nuestras expectativas al punto tal que toleramos y aplaudimos la mediocridad.
Lo que nos espera con este camino de apatía y complicidad con lo vacío que estamos transitando resulta bastante claro —y desalentador—. Está en nosotros decidir si eso es lo que queremos, porque cuando el espectáculo termine, las luces se apaguen y el circo electoral haya dejado paso a la realidad será demasiado tarde para lamentarse.
Brahian Furtado