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Durante muchos años fui asiduo escritor de cartas al semanario. Recuerdo que en enero de 2018 escribí sobre el tema del título. Como decía entonces, nací y viví toda mi infancia y juventud a pocas cuadras del parque Rodó. Lo conocía como la palma de mi mano. Se trataba de un lugar muy disfrutable con un lago de agua limpia en el que nadaban varias especies de patos y gansos. Cuando lo visité en aquella oportunidad fue porque me había enterado de que iban a vaciar el lago y pensé que lo reconstituirían con algún tipo de piso que evitara que el fondo de barro volviera a contaminarlo. Me imaginé un lago nuevamente con patos, gansos y cisnes, como tuve la oportunidad de ver en otros países. Grande fue mi desilusión cuando comprobé que lo habían rellenado sobre el mismo piso de barro con los resultados previsibles. También relataba en aquella carta que el Pabellón de Música, otrora lugar de conciertos todos los domingos por parte de la Banda Sinfónica Municipal, había sido vandalizado.
Ayer se me ocurrió volver a mi querido parque Rodó. No encuentro las palabras para describir la impresión que me causó. La aguas del lago, más sucias que entonces, llenas de algas y mugre, por supuesto ni un solo pato, el lugar del embarcadero de los botes cerrado con candado, las islas en estado selvático llenas de ramas de palmeras muertas por el picudo rojo, a pesar de los carteles con muy buenas intenciones indicando las especies de mariposas y árboles que allí debían habitar, los pastos sin cortar, el pabellón de la música abandonado como mudo testigo de épocas de orgullo, caminos en mal estado. En fin, una tristeza comprobar que al pasar los años ese pulmón de Montevideo que podría ser un orgullo para los montevideanos, se transformó en lo que pude comprobar ayer.
La única satisfacción que tuve fue la presencia de una pareja de cardenales, que por cierto inmortalicé con mi celular.
Ing. Químico Rodolfo Schaich
CI 555.942-6