Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn sepulcral silencio inundaba la cuasi medianoche de verano del parque de Villa Biarritz, que se ultrajó por el compás de un chancleteo provocado por un jovencito que caminaba de chinelas y en pijama, por la entonces calle Tomás Diago.
Amparados en la noche dormida, nosotros chapoteábamos en la piscina. El cambio de sonido ambiente nos dejó expectantes... hasta que lo divisamos, con su mejor sonrisa, caminando hacia nosotros. Trepó por el alambre de malla y lo saltó, se acercó al borde de la piscina, se desnudó, dejó su ropa junto a la nuestra y, entre nuestros gritos y risas, se zambulló y nadó hasta donde estábamos.
Antonio vivía en un octavo piso de un departamento en la calle Leyenda Patria, edificio por medio del que estalló hace pocos años. Ya de pijama y chinelas, listo para acostarse, antes salió al balcón para refrescarse. Miró hacia el parque y nos vio. Sus entrañables amigos de fechorías, con los que jugaba a la pelota, hasta que la noche la ocultaba, se estaban bañando en la novel piscina del Club Biguá de Villa Biarritz, recién terminada, pero aún no techada ni cerrada..., un simple alambre de malla no podía atajar a quienes entonces éramos “los dueños del parque”. Antonio debía compartir esta experiencia. Ese verano, fueron muchas noches de piscina. Ha pasado algo más de medio siglo; por suerte, hoy lo podemos contar.
Rafael Rubio
CI 1.267.677–8