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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCon dolor y preocupación, observo cómo el megaproyecto Cipriani, con sus torres de hasta 60 pisos, avanza y pisotea la memoria, la escala y la esencia de Punta del Este. No se trata solo de un hotel reconstruido: se trata de la imposición de una lógica ajena a este lugar, que prioriza la codicia alevosa y un supuesto espectáculo arquitectónico por sobre la identidad y la armonía urbana.
En lo que respecta a construcción, Punta del Este ha sido, durante décadas, sinónimo de belleza costera, arquitectura integrada al paisaje y un estilo de vida natural, relajado, humano. Este proyecto no suma a esa historia: la interrumpe con suma violencia.
Sabemos lo que estas torres van a provocar:
¿Qué viene después de esto? ¿Una torre de 80 pisos en la Brava? ¿Un megashopping en la península? ¿Un puerto para cruceros en Bikini? ¿Qué sigue una vez que renunciamos a lo que nos hacía únicos?
Pienso que los turistas nacionales e internacionales no se acercan a Punta del Este para disfrutar de las “bellezas” arquitectónicas. Debe de ser por la naturaleza, lo natural, lo humano, entre otras cosas.
Esta carta no es un grito de nostalgia, es un pedido de responsabilidad. Un llamado a frenar antes de que sea tarde. Punta del Este no necesita íconos de vidrio: necesita visión, coherencia y respeto. Los verdaderos monumentos de un lugar no se miden en metros, sino en pertenencia, en paisaje preservado, en memoria compartida.
Hoy la pregunta no es si el Cipriani va o no va. La pregunta es qué Punta del Este queremos dejarle al patrimonio uruguayo, a nuestros hijos y descendientes futuros. ¿Queremos quitarle algo tan valioso y “quemar” lo que nos hace diferentes simplemente por una codicia tan alevosa? No estoy en contra del progreso, solo apelo al sentido común.
Carlos Sloth
Uruguayo, defensor del patrimonio costero