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    El proyecto para reformar el Palacio Legislativo

    Sr. director:

    El proyecto impulsado por Carolina Cosse para remodelar el entorno del Palacio Legislativo termina diciendo mucho más de un país que de la obra concreta que se está debatiendo. En los papeles, la propuesta suena cándida y razonable: más espacios públicos, áreas verdes, mejoras urbanas, reordenamiento del tránsito, integración de algunos servicios sociales…

    Pero el problema no está en la obra, sino en el contexto. Porque, mientras Uruguay enfrenta crecimiento de la pobreza infantil y de gente en situación de calle, deterioro educativo, narcotráfico cada vez más agresivo, problemas serios de salud mental, aumento de la violencia, y una fractura social de la ya horadada convivencia ciudadana, la discusión política parece concentrarse con enorme energía en una gran intervención urbanística alrededor del centro simbólico del poder, como lo es el Palacio Legislativo. Y eso obliga a hacerse una pregunta de fondo: ¿qué prioridades revela realmente este debate?

    La publicación en redes sociales de Cosse en defensa del proyecto está muy bien construido. Yo diría que está demasiado bien construido. Comienza con una primera falacia: cambiar la pregunta. Porque no responde directamente la verdadera crítica. La discusión pública nunca fue: “¿Queremos plazas, árboles y espacios públicos?”. Obviamente que sí.

    Pero la discusión es otra: “¿Es esta la prioridad del Uruguay de hoy?”. Con astucia el discurso de Cosse cambia el eje. En lugar de responder eso, plantea algo distinto: “¿No queremos una ciudad más amable?”. “¿No queremos mejorar la seguridad?”, “¿No queremos recuperar espacios públicos?”.

    Y ahí aparece la primera gran maniobra argumentativa. Porque quien cuestiona el proyecto empieza a quedar colocado, casi sin darse cuenta, del lado de los que no quieren mejoras, los que prefieren el deterioro, o los que se oponen a humanizar la ciudad.

    Pero —que quede claro— nadie está discutiendo eso. Lo que se discute es la prioridad política, económica y simbólica de esta obra en el Uruguay actual. No es lo mismo. Una cosa es la cuestión del país visible y otra la del país real. Los problemas más graves de una sociedad moderna suelen ser poco visibles: el fracaso educativo, la pobreza infantil, la destrucción del tejido familiar, las adicciones, la violencia barrial, etcétera, etcétera. Nada de eso produce inauguraciones. Nada de eso queda bien en un render. En cambio, una gran intervención urbana se ve, se fotografía, se comunica, se inaugura, construye relato político.

    Es ahí, precisamente, que aparece un problema más profundo que esta obra concreta. La política actual parece priorizar aquello que puede mostrarse antes que aquello que realmente transforma la vida de las personas. Ejemplos abundan.

    Se está trasformando en una política del símbolo, y esto no es nuevo. El poder siempre entendió que la arquitectura tiene una enorme fuerza simbólica. Cosse lo sabe y el Antel Arena lo confirma. Desde la Roma imperial hasta las grandes capitales modernas, las obras públicas no solo organizan ciudades: también transmiten poder, legado y visión histórica.

    En la Italia fascista, Benito Mussolini rediseñó partes enteras de Roma para conectar visualmente su gobierno con la grandeza imperial romana. En la Alemania nazi, Albert Speer concebía la monumentalidad como una herramienta emocional del poder.

    Obviamente, no estoy comparando nuestra democracia con regímenes totalitarios, sería absurdo y y no sería honesto. Pero ignorar que toda gran obra simbólica también construye prestigio político sería igual de ingenuo. Porque el poder siempre busca dejar huella. Porque, cuanto más difícil es resolver los problemas estructurales de fondo, más tentador se vuelve construir símbolos visibles de transformación. No por la obra en sí, sino por el relato.

    La publicación de la vicepresidenta insiste varias veces —en sucesivas falacias— en que el proyecto original era mucho más caro, que se devolvieron recursos, que habrá espacios sociales, que participaron técnicos y expertos (¿por ello debe aprobarse?), y que habrá transparencia.

    Todo eso pretende —hábilmente— construir una atmósfera moral positiva alrededor de la iniciativa. Pero no somos tontos: hay una diferencia importante entre justificar una obra y rodearla de valores emocionalmente incuestionables. Porque todos valoramos el urbanismo, todos queremos una ciudad más amigable, con hermosos espacios públicos y mejoras en nuestro barrio, pero el país tiene urgencias mucho —muchísimo— más profundas hoy. Que en definitiva es lo que el discurso evita enfrentar directamente.

    A esta altura de mi vida, me he convertido en aspirante a filósofo sexagenario. Y compruebo cómo nos vamos hundiendo cada vez más en la estetización de la política. El filósofo Walter Benjamin advertía que la política moderna corría el riesgo de transformarse en una experiencia estética, especialmente en los regímenes de masas, donde la emoción, el espectáculo y la puesta en escena podían sustituir a la reflexión crítica y a la deliberación racional. Es decir que el poder empieza a medirse más por el impacto visual, el relato, los símbolos, en definitiva, más en la escenografía, que por los resultados reales sobre la vida cotidiana.

    Y eso se parece muchísimo con lo que vemos hoy en nuestro país y en buena parte del mundo. La política necesita imágenes. Necesita escenas. Necesita obras que representen modernidad. Parace que es más importante la sensación de trasformación que las trasformaciones reales. Mientras tanto, los problemas más duros de nuestra sociedad son descarnados, lentos, silenciosos y poco fotogénicos. ¡Claro! No generan épica.

    La discusión más importante no debe ser cómo quedará el entorno del Palacio dentro de algunos años. La verdadera pregunta es otra: ¿qué le pasa a una democracia cuando empieza a concentrar su energía simbólica en obras faraónicas mientras los problemas estructurales más graves siguen esperando respuestas mucho más difíciles?

    Porque mejorar una plaza puede ser positivo. Pero ninguna sociedad sale adelante confundiendo estética con transformación, ni visibilidad con prioridad, ni relato con realidad. Y ahí reside el verdadero núcleo de este debate: no en cómo quedará el entorno del Palacio dentro de algunos años, sino en qué le ocurre a una democracia cuando empieza a invertir cada vez más en aquello que puede mostrarse y cada vez menos en aquello que verdaderamente transforma la vida de las personas.

    Gustavo Modernell