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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQue los ricos sean cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres, es uno de los postulados que divide el arco de las discusiones políticas, económicas, sociológicas, morales y hasta religiosas, provocando no pocos altercados y malentendidos. Y todo esto con independencia de que esas afirmaciones —que, a decir verdad, son dos y separables— sean ciertas o no.
Quisiera escribir esta vez sobre la primera, sobre el escándalo de que haya gente cada vez más rica. Y me apuro a decir que no. Pero no digo que no sea cierto, sino que no me escandaliza (siempre que haya obtenido las riquezas por medios lícitos).
La razón de fondo parece simple. Una persona puede ser muy rica, multibillonario tal vez, pero no por eso deja de ser una persona y solo una con todos los límites de su condición humana. Tiene, como todo el mundo, una sola boca para comer, un solo estómago para procesar lo que come, un par de ojos para ver, una noche sola para dormir cada 24 horas, y así sucesivamente.
Puede ser muy rico, miles de veces más rico que otra gente, pero no por eso disfrutar de su riqueza en esa misma proporción numérica. Quizá tenga más ambiciones, puede ser, pero sabemos que su tiempo de vida va a llegar más o menos a unas decenas de años, y no mucho más que el común de los mortales por más que él tuviera acceso a las mejores clínicas del mundo.
En definitiva, esa persona tendrá mucho dinero a su disposición, pero, a la hora de disfrutarlo, tiene los límites de ser un humano. Es decir, no tiene tanto dinero como parece. ¿Y qué hace con lo que le sobra, con eso que conforma su ahorro ineludible? Los economistas responden: invertirlo. Y, seguramente, el rico lo hace bien, que por algo se mantiene rico, y con esa inversión crea valor, aumenta la producción, da trabajo a muchos pagándoles un sueldo, honra sus obligaciones impositivas, hace donaciones, etc., es decir, reparte su dinero con los demás. Y sin olvidar que, lo otro, lo que consume a su arbitrio —aun siendo bienes superfluos— lo está repartiendo entre todos aquellos que han trabajado y cobrado lo suyo para que esos bienes existan.
Pensando un segundo en la pandemia que padecimos a principios de esta década, conviene recordar ahora que, si algo aprendimos claro con ella, fue la importancia del gasto, aun del superfluo. ¿Qué hizo el confinamiento voluntario, sino limitar los gastos superfluos? Mucha gente, en una decisión de cuidado propio y solidaridad con los demás, se limitó durante meses a quedarse en casa y, por ello, a gastar en lo básico y necesario —comida, salud, comunicaciones— dejando para más adelante muchas otras oportunidades de gasto. Y entonces pudimos apreciar —mal que nos pese— que el gasto superfluo de unos era el pan necesario de otros. Si ese período de vivir entre cuatro paredes —o cincuenta, que da igual— pudo haberse vuelto una experiencia monótona y sin gracia para algunos entre los más ricos, para otros se convirtió en hambre.
Fue algo cierto y comprobable en aquellos momentos que algunas familias necesitaron de mucha solidaridad para que alguna comida llegara a sus hogares. Pero, superado el traspié, lo que la sociedad más necesitó fue que los ricos gastaran para que hubiera muchos menos pobres y, mejor aún, que invirtieran —que lo suelen hacer bien y mejor que el Estado— para que hubiera más trabajo y, por ende, menos pobres también.
Exagerando un poco: puede que los muy ricos existan de la forma en que algunos se lo imaginan, pero si prosperara la idea de ponerles un impuesto solo por eso, lo que seguramente veremos es muchos más pobres.
Francisco Rodríguez Folle
CI 1.296.568-6