Sr. director:
Sr. director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos meses, me tocó ser testigo de un hecho insólito y que me costó, y me cuesta, comprender.
Un día fui invitada a una reunión en una iglesia de mi barrio, donde había un grupo de personas que hablaban de distintos temas. Éramos nuevas, una señora de nombre Elizabeth y yo. Elizabeth estaba en un extremo de la larga mesa y yo en la otra. Se presentó: era descendiente de extranjeros (no latinoamericanos ni españoles) y hacía 25 años que se había casado y se había ido a Italia con su esposo. Como había enviudado, había regresado a un barrio de Montevideo. Le “sobraba” el tiempo libre, según expresó, y por ello había ido hasta allí para ofrecerse desinteresadamente en las tareas que la necesitaran, “aunque fuera limpieza”. Sus ojos demostraban alegría por ver personas que creyó la iban a escuchar.
Sin embargo, nadie le dio la menor importancia, todos hablaban de los eventos sociales a que habían asistido, etc. Como estaba en el otro extremo y era mucho el ruido, no pude ni saludarla. Me tuve que ir antes, y me puse como propósito hablar con ella y apoyarla en su deseo en la siguiente reunión. Volví recién dos semanas después. Cuando pregunté por ella, me dijeron que no había vuelto. Ante mi pregunta sobre si habían entablado una conversación con ella, una señora, molesta, dijo: “No, nosotros estamos para otra cosa, que vaya a averiguar en donde corresponde”. Pregunté dónde quedaba ese “donde corresponde”, porque en esa iglesia enorme no había nadie a la vista y, para salir, la primera vez, me había costado encontrar el camino. La respuesta fue que ya habían ido otras y luego no volvieron. No sé, pero me resulta extraño que abunde gente que quiera regalar su tesoro más grande, que es su trabajo, en beneficio, en este caso, de una iglesia.
Un señor dijo que había conocido a una persona “con ese mismo nombre y país de origen, que se había casado con un italiano, había enviudado y había regresado, pero que “no podía ser ella”. ¿Por qué? Quizá porque vivía en un barrio humilde, como ella mismo dijo. Evidentemente, si había atravesado una distancia tan grande para ofrecer sus servicios solidarios, era porque algo la ligaba a este barrio. El señor se negó a proporcionar más información, repitiendo que no podía ser la misma. Muchas coincidencias, pero, si no era, se podría saber algo más, con información que él proporcionara, o, tal vez no, pero era un intento.
No regresé, pero le envié un correo electrónico a un sacerdote joven que sale mucho en los medios. Me dio un número de teléfono y ahí, sin ni preguntarme qué quería, me dijeron: “El padre XX está muy ocupado con sus obras y sus viajes y le manda su bendición”. Otra decepción más. Yo admiraba a este sacerdote, pero desde entonces me pregunto cuál es el real motivo de tanta exhibición en un barrio pobre, en una aldea africana, etc. Ni siquiera me escuchó el planteo.
Quise hablar con el cardenal; me dijeron que me iba a dar una audiencia, pero este no es un caso de tanto protocolo. Hablé con otro sacerdote conocido, de otra iglesia, y como respuesta, me mostró un mapa y me dijo: “Mirá qué cerca queda del barrio Borro”. ¿Y? ¿Cuál es el problema? ¿Alguien cree que por vivir en Punta del Este se es bueno y por vivir en el Borro se es malo? Quisiera saber cuántas personas que viven en zonas privilegiadas hacen algo por otros. Uno no puede arreglar el mundo, pero solo cuando se le da una simple comida caliente a alguien en la calle y las miradas se cruzan, eso lo dice todo. Y alguien que vive en un barrio humilde (no es el Borro, como me dijo el sacerdote, pero, aunque lo hubiese sido, no veo la diferencia) se ofrece a colaborar y ni siquiera es bien tratada. Me acordé del novel papa León XIV y su gran labor misionera, sin ninguna publicidad, en favor de los más necesitados, que lo hizo tan querido en Perú que hasta su ciudadanía adquirió.
Mi objetivo es ubicar a la Sra. Elizabeth. Por las dudas, dejo muy claro que no tengo ninguna institución, que en absoluto busco a alguien para que colabore conmigo ni en mi casa ni en mi estudio ni en ninguna parte. Busco ubicarla, en primer lugar, para agradecerle haber podido estar presente en el momento que ella formuló tan hermoso gesto de solidaridad y felicitarla por ello. Y, si sigue con esa idea, saber un poco más para poder orientarla a dónde podría ir para cumplir con tan generoso ofrecimiento, por los demás y por ella misma.
Si alguien tiene información sobre ella, agradecería la pudieran hacer llegar. Y, si no, pero estas líneas le llegaran, mis disculpas por cómo fue tratada y mi felicitación por tan noble gesto; que siga así.
Diva E. Puig