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    La importancia de las palabras

    Sr. director:

    Cuando las palabras dejan de nombrar

    Hay una vieja costumbre que estamos perdiendo: llamar a las cosas por su nombre.

    Antes había Día del Padre, Día de la Madre y Día del Niño. Hoy, en las escuelas, aparecen expresiones como “adulto referente” o “Día de las Infancias”. Nos dicen que es para incluir. Y la inclusión, por definición, es un objetivo noble. El problema comienza cuando, en nombre de incluir, terminamos borrando.

    Las palabras no son un detalle. Las palabras construyen identidad, memoria y pertenencia. Un padre no es simplemente un “adulto referente”. Una madre tampoco. Son mucho más que una categoría administrativa. Son vínculos, historias, responsabilidades, abrazos, límites, ejemplos y amor. Llamarlos de otra manera no cambia la realidad; apenas cambia el idioma con el que la describimos.

    Vivimos una época curiosa. Nunca hubo tanta información y, sin embargo, cada vez nos cuesta más definir las cosas más simples. Parece que nombrar la realidad se volvió un acto incómodo.

    Hay una pregunta que me ronda hace tiempo: ¿hasta dónde debe llegar la sociedad para evitar que alguien se sienta diferente?

    Si un niño perdió a su padre o a su madre, merece toda la contención, el respeto y el acompañamiento posible. Nadie puede permanecer indiferente ante ese dolor. Pero también es cierto que la vida está hecha de ausencias, de frustraciones y de aprendizajes difíciles. Educar no es solo proteger; también es preparar para afrontar aquello que no podemos cambiar.

    Porque, si intentamos eliminar cada palabra que pueda despertar una tristeza, ¿dónde termina ese camino? La vida no viene con bordes acolchonados. Tarde o temprano todos conocemos la pérdida, la decepción o la ausencia. Y aprender a convivir con ellas también forma parte de crecer.

    Entonces, aparece otra pregunta, quizás más incómoda todavía: ¿para evitar que una minoría se sienta excluida debemos dejar de nombrar aquello que representa la realidad de la mayoría?

    ¿Qué ocurre con el niño que tiene papá y mamá, que espera hacer un regalo para el Día del Padre o abrazar a su madre en su día? ¿También debemos enseñarle que ya no conviene decir esas palabras porque podrían incomodar a alguien?

    La verdadera inclusión no debería consistir en borrar identidades, sino en hacerles lugar a todas. No hace falta dejar de decir “papá” para acompañar al que no lo tiene. No hace falta eliminar el Día de la Madre para abrazar al niño que fue criado por sus abuelos. Una cosa no invalida la otra.

    La paradoja de nuestro tiempo es que hablamos de diversidad mientras uniformamos el lenguaje. Celebramos las diferencias, pero evitamos nombrarlas. En el intento de no dejar a nadie afuera, corremos el riesgo de que todos entren por la misma puerta, con el mismo cartel y sin historia.

    Quizás el problema no sea el cambio de nombres. Quizás el problema sea creer que cambiando las palabras cambiaremos la realidad.

    Las familias son diversas y seguirán siéndolo. Siempre lo fueron. Pero una sociedad fuerte no se construye ocultando las diferencias ni reemplazando palabras con décadas —o siglos— de significado. Se construye enseñando a respetar al otro, a comprender que no todas las historias son iguales y, sobre todo, a desarrollar la fortaleza necesaria para vivir en un mundo que no siempre será como deseamos.

    Porque las palabras importan. No solo describen quiénes somos. También cuentan de dónde venimos. Y cuando dejamos de nombrar las cosas por su nombre, el riesgo no es solo perder una palabra. Es perder, poco a poco, aquello que esa palabra representaba.

    Y quizás algún día, cuando alguien me pregunte quién es el “adulto responsable” de mi hijo, responderé con una sonrisa: “No sé quién será el adulto responsable. Yo soy el papá”.

    Diego Castillo