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    Guillermo Vázquez Franco

    Sr. Director:

    Tuvieron que pasar algunas semanas para que pudiera superar la angustia y la tristeza que me abrumaron al enterarme del fallecimiento de tan venerado maestro e inolvidable amigo como lo fue el profesor Guillermo Vázquez Franco. No por inesperado, ya que, en mis esporádicas visitas a Montevideo, casi nunca dejaba de visitarlo en su cuarto piso de la avenida 18 de Julio, cerca del Obelisco, donde siempre pasábamos varias horas charlando sobre nuestras coincidencias, y también algunas discrepancias, referidas a aquellos turbulentos años en que se fue configurando nuestro país. Tiempo que el maestro me dedicaba generosamente, permitiéndome aprovechar el enorme caudal de sus conocimientos. Siempre con algún vaso de whisky de por medio: su insoslayable costumbre, como bien recuerda la historiadora Ana Ribeiro (El País, 4 de marzo pasado). Y si hay algo que me duele es haber aprovechado de ese magisterio en tan pocas ocasiones. Esa última vez que hablé con él fue antes de fin del año pasado. Al llegar a Montevideo lo llamé por teléfono para combinar la habitual visita. Me respondió que no podía atenderme porque había sufrido un ACV (accidente cerebrovascular) y no estaba en condiciones. Supe, obviamente, que no conversaríamos nunca más: un ataque de ese tipo, a sus 100 años de edad, no era poca cosa. Y no lo fue.

    La amistad surgió, hace ya cierto tiempo, a raíz de mi lectura de dos de sus libros: La historia y sus mitos, y Berra, la historia prohibida. Fueron para mí como el estallido de una bomba de alto poder: siempre, desde mis años de escuela (cuando tenía que soportar a HD), había vislumbrado la falsedad del relato de bronce de Artigas (así lo llamaba Vázquez Franco), pero no hallaba apoyo en ningún historiador. Todos estaban ocupados en mantener e incrementar el relato mentiroso (Vázquez Franco dixit). De inmediato me pude contactar, algún amigo común mediante, con el profesor. Y desde entonces fue continua la relación de discípulo agradecido a maestro generoso.

    Me invitó a su domicilio a charlar algunas horas. Con un Jameson de por medio. Algo estamos haciendo mal en este país, cuando un intelectual de su jerarquía no podía aspirar a más. Y desde entonces, cada visita venía acompañada de algún Macallan de 15 o 21 años. Lo máximo que me ofrecían mis habituales proveedores de la zona norte de Rocha…

    La última que traje no pudo ser entregada. Y hoy se yergue enhiesta sobre mi mesa de trabajo. El envase azul y blanco del Macallan 15 años es mudo testigo de mi tristeza y de mi desazón. Y recuerdo muy vívido de un maestro fantástico y de un amigo amable y generoso. Inolvidable en ambos aspectos. Ya estoy sospechando de que ese envase se mantendrá intacto en ese lugar hasta el fin de mis días…

    A su fallecimiento se le vino a recordar con algo más de intensidad que en años anteriores. Y hubo algunas versiones no ajustadas a la verdad. Dos de ellas provenientes, nada menos, que de la historiadora Ana Ribeiro. Y digo “nada menos” porque Vázquez Franco la apreciaba y respetaba mucho. Como persona y como historiadora. Cada vez que yo recordaba alguna opinión de esta distinguida historiadora (soy asiduo frecuentador de todos sus libros), Vázquez Franco se refería así a ella: “Excelente muchacha, escribe muy lindo y muy bien”. Su aprecio, su respeto y sus elogios eran sinceros.

    Dice esta historiadora que Vázquez Franco no tuvo nunca inconvenientes o dificultades para publicar sus libros. Soy testigo de que no fue así. Al menos con respecto a su última obra (Traición a la patria). Nada puedo decir de las anteriores, como ya he mencionado. Pero lo cierto es que Vázquez Franco dedicó muchos años a la terminación de su último libro. Muy natural: ya no era un joven vigoroso y vehemente. Fueron los tiempos de mi relación con él. Y siempre se quejaba de las dificultades que estaba hallando para publicarlo. Nunca me dijo cuáles eran. Sospechando lo que parecía natural, le ofrecí hacerme cargo de todo el costo de la aventura, sin aspiración a beneficio alguno (no era mucho dinero). Varias veces rechazó el ofrecimiento. Con amabilidad, pero con firmeza. Hasta que un día, con una amplia sonrisa en su rostro, me anunció que había superado la dificultad y que el libro ya andaba por la imprenta.

    Creo que la primera edición fue solo de 1.000 ejemplares. Cuando aparecí por Montevideo, fui a comprarlo. Estaba agotado. Me reservaron un ejemplar para la segunda edición, que ya estaba anunciada. Y así pude adquirirlo. Y rechazarle el ejemplar que había reservado para obsequiármelo. Rechazo que realicé con la misma amabilidad y firmeza con que él había descartado mi ayuda. Su sonora carcajada evidenció que había comprendido: era una forma no muy usual de reconocimiento por su generosidad intelectual. Obviamente, no rechacé la amable dedicatoria, extendida en el ejemplar que le había comprado. Y que conservo con tanto cariño.

    También afirma la profesora Ribeiro que no es cierto que Vázquez Franco haya sido ignorado por la academia uruguaya. Tampoco eso es acertado. Lo fue y mucho.

    No por Ana Ribeiro, en cuyos libros se suelen percibir leves ecos de las ideas del maestro. Aunque usualmente sin nombrarlo. Y tampoco podemos olvidar que ella lo invitó a varios de esos magníficos programas que ha organizado y se pueden ver en YouTube. También debe haber sido ella (estoy seguro) quien lo invitó a participar en el libro colectivo sobre las Instrucciones del Año XIII. En el cual Ana Ribeiro incurre en el sacrilegio de citar y hasta trascribir un certero párrafo… de Francisco Berra. El escritor hasta entonces prohibido y execrado por antiartiguista. Vázquez Franco se vino a enterar de esa resurrección cuando yo se la relaté. Resurrección de la cual fue responsable. Su risa fue tan sincera como prolongada.

    Ana Ribeiro (en la página de El País antes referida) nos dice que “son muy valiosos sus estudios sobre la economía del período colonial, sobre todo en el tema de las tierras”.

    Y eso es verdad. Vázquez Franco hace trizas el mentiroso relato de la reforma agraria artiguista y nos revela el escaso alcance del indebidamente famoso Reglamento de Tierras. Pero, aunque sus trabajos sean tan valiosos como admite Ana Ribeiro, la verdad es que en el libro colectivo sobre los 200 años del reglamento de 1815… solamente dos veces se citan los libros de Vázquez Franco (páginas 302 y 609). Cuando vemos que se trata de nada menos que 620 páginas sobre esos temas y se lo cita solo en dos oportunidades, parece razonable lo que algunos creemos: la academia le aplicó el muro del silencio. Y con toda la energía disponible. Obviamente, en general; hay excepciones, pero no demasiadas.

    También podemos recordar, entre tantos otros, el libro colectivo sobre Revolución, independencia y construcción del Estado (tomo 1). Doscientas setenta y siete páginas de historia sobre el período que va de 1808 a 1880. Ni una referencia a la obra de Vázquez Franco. Ninguna.

    El dilema es claro y contundente. O sus libros no son tan importantes y valiosos, y por eso la mayoría de los historiadores no los mencionan, o lo son y mucho —ciertamente que lo son— y se los deja de lado porque ponen de manifiesto los embustes de todo tipo que se han tejido sobre Artigas y su saga. Basta con observar que un profesor español, invitado a participar en la referida obra colectiva, no tuvo inconveniente alguno en intentar demostrarnos los lazos de estrecha correspondencia histórica que hay entre el reglamento de José Artigas y las reformas agrarias de Fidel Castro… O que algún distinguido historiador compatriota lleva sus embates mitológicos al punto de sostener con brío que en el reglamento de 1815 debemos hallar los antecedentes de Puebla, Medellín y la teología de la liberación (opción preferencial por los pobres).

    Es bastante evidente que hay alguien que se ha pasado largamente de la raya… Y no soy yo. Vázquez Franco no había leído esa obra colectiva (o, al menos, eso decía), y cuando le informé sobre ese desatino… tuvo que reír durante 15 minutos seguidos. Tenía buenos motivos para hacerlo. Eso suele suceder cuando un conjunto de intelectuales se pone a construir una versión fantasiosa a partir de algún hecho cierto y real: cada uno de los “constructores” intenta ir un poco más allá de donde llegaron sus predecesores. Y así se pierde el freno y se logra llegar a todo tipo de disparates.

    Hubo —sigue habiendo— un evidente intento de soslayar el disruptivo discurso de Vázquez Franco. La solidez y la fundamentación de sus tesis son tan grandes que, ante la imposibilidad de impugnarlas, se optó por no mencionarlo. Como se hace en la referida obra colectiva dedicada al sobrevalorado reglamento de 1815.

    Es obvio que no estamos ante el contexto del totalitarismo político para el cual se forjaron dos conocidos apotegmas. Pero resultan muy aplicables al caso. El primero: aquello de lo que nadie habla deja de existir… Y el otro, creado por George Orwell: quien controla el presente controla el pasado. Adaptándolo al caso: quien domina el panorama académico del presente puede imponer una versión falsa del pasado.

    Todo eso se hizo con la figura de José Artigas, inflándolo con energía hasta construir un personaje que en nada se parece al Artigas real que vivió en aquellos tiempos recios. Los historiadores de lo que yo denomino la cantata artigueña suelen proceder así. Supongo que sin percatarse cabalmente de lo que están haciendo. Alcanza con un ejemplo que vale por todos. La referida historiadora Ana Ribeiro, tal vez la más mesurada de todos, nos dice en un video de YouTube: “Lo hicimos uruguayo, lo convertimos a nuestra imagen y semejanza, lo convertimos en una figura referencial” (minuto 2:42). Si así lo convirtieron y luego nos venden el resultado del proceso de conversión, es más que evidente que hubo una transformación, y que el producto final no se adecúa mucho al original. Eso es lo que rechazaba Vázquez Franco: el resultado final del proceso de trasmutación desde el Artigas que fue realmente hasta el que no fue nunca, salvo en la imaginación, algo acelerada en exceso, de los cultores de la cantata artigueña (puede verse en YouTube con el titulo El rol de José Gervasio Artigas, en Desayunos informales).

    Por todo eso fue que apareció en la prensa el calificativo esperado: “Ha fallecido el máximo antiartiguista, Guillermo Vázquez Franco”. Totalmente inmerecido: Vázquez Franco no fue un antiartiguista. Más bien al contrario: tenía mucha admiración por José Artigas. Pero por el Artigas real de carne y hueso, no por el de cartón (de bronce, decía él) inventado por los historiadores del último cuarto del siglo XIX en adelante.

    Lo admiraba como el magnífico caudillo que fue. Modelado en los usos del tiempo y los espacios rurales en que vivió. Su carisma fue, sin dudas, imponente. No en vano, un alto jefe militar español decía que “Artigas es el coquito de la campaña”. Arrastraba tras suyo la gente del campo. Del campo, no de la ciudad. Fue un caudillo rural, admirable como tal (es decir, antes de enfocar cuál pueda haber sido el resultado final de su saga). Luego de los sucesos de mayo, Artigas, actuando al servicio de la Junta de Buenos Aires, prendió fuego la pradera oriental en un lapso muy breve: un caudillo imponente. Una hazaña.

    Los caudillos rurales argentinos surgieron en forma inevitable ante el vacío institucional que dejó el derrumbe del virreinato español. Artigas fue uno de ellos, y seguramente el principal: en parte por su recia personalidad sin debilidades ni concesiones (la integridad de muchos otros, no todos, era harto dudosa; por no decir que no era para nada dudosa…) y, en parte, por disponer de los únicos puertos que pudieran sustituir al de Buenos Aires. Esto vino a acontecer así, a diferencia de lo que sucedió en Brasil, porque no había en estos pagos una institucionalidad que pudiera hacerse cargo de la sucesión. Y así surgieron, de inmediato: por un lado, Buenos Aires con su abusiva pretensión de dominio absoluto sobre toda la región, como heredera única de los virreyes, y, por otro, los caudillos regionales rurales, preconizando la mayor autonomía posible frente al intento de dominación de la hermana mayor rica, poderosa y altanera.

    Eso era lo que Vázquez Franco admiraba de Artigas. Prescindiendo, en ese aspecto, de toda valoración en cuanto al resultado final de su trayectoria de nueve años. Resultados que fueron nefastos, pero que no quitan nada a su condición de caudillo indiscutido de gran parte (no todo) de un pueblo que le temía tanto como lo amaba. Y cuando digo nefastos, intento decir: nefastos. En solamente nueve años logró liarse a los tiros, sable y lanza con casi todos sus vecinos: españoles, portugueses, brasileños, porteños, entrerrianos y paraguayos (Andresito mediante, y a balazos expulsó a Rodríguez de Francia de la Candelaria, que el paraguayo había ocupado indebidamente). De los vecinos, no se le escapó ninguno, salvo los de etnia mayoritariamente guaraní (buen indicio de su contexto). Al culminar su saga, dejó atrás un enorme tendal de muertos, heridos, mutilados, exiliados, familias destruidas, una campaña devastada, un país arruinado social y económicamente. Y para colmo de males, ocupado por un invasor odiado. El balance final no resulta demasiado atractivo. Y no parece muy loable.

    Y todavía los cantautores festejan a los aullidos declamatorios la manida frase: “No venderé el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad”. Dijo que no quería venderlo. Será por eso, tal vez, que se lo regaló al emperador lusitano…

    Eso no disminuía la admiración de Vázquez Franco en cuanto a su caudillaje centrado en la oposición franca y total a las ansias de vasallaje de la arrogante y depredadora kakistocracia porteña (el vocablo me era desconocido hasta que, con enorme regocijo, lo leí en La historia y sus mitos; en eso, Vázquez Franco era genial).

    Tal vez en otra oportunidad podríamos ensayar un breve resumen de las contradicciones que Vázquez Franco hallaba entre la realidad y los edulcorados versos de la cantata artigueña.

    Hoy solamente me queda recordar con nostalgia al maestro y amigo. Agradeciéndole el honor indebido que me hizo al pretender introducir en su obra cumbre (Traición a la patria) algunas ideas y comentarios de mi autoría. Que demoré en redactar, por lo que solamente ingresó una de ellas en la segunda edición del libro (página 310). Las restantes quedaron para una oportunidad posterior que, ahora sabemos, no verá nunca la luz.

    Entre ellas, la fundamental. La corrección, que el maestro finalmente aceptó, en cuanto a su escepticismo ante la figura de Fructuoso Rivera. No había sabido valorar debidamente la conquista de las Misiones Orientales en el año 1828 y otros episodios anteriores. Le costó mucho, pero finalmente aceptó parcialmente esas ideas. Porque si hay algo que tengo muy claro —y que Vázquez Franco más o menos (es decir, no del todo) aceptó al final de su vida— es que sin la actuación de Rivera desde 1811 hasta 1830… estas líneas estarían escritas en portugués.

    No soy un historiador. No quiero serlo ni pretendo serlo. Solamente sigo siendo —como seré hasta el fin de mis días— el mismo modesto estudiante que empezó a recorrer ese camino en la escuela del Colegio San Juan Bautista. Hace ya muchos años. Como para no estar orgulloso de la deferencia del maestro al incorporar algunas de mis ideas a su obra cumbre.

    Inolvidable. Verdaderamente inolvidable.

    Enrique Sayagués Areco

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