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    Ideología, partidos y gobernabilidad

    Sr. director:

    Afirma Garcé que a la democracia uruguaya “no la hicieron brillar los camaleones, sino los políticos con valores, principios y convicciones” que, a través de partidos fuertes, “han sido capaces de cultivar sus tradiciones ideológicas”.

    Su tesis central parece clara: no hay democracias fuertes sin partidos fuertes; no hay partidos fuertes sin buenos cimientos; y “la ideología es la columna vertebral de los partidos”. A partir de allí, advierte contra una tendencia contemporánea a despreciar la ideología en nombre de la evidencia, la técnica, el pragmatismo o la búsqueda electoral del centro.

    Garcé refiere a un concepto neutral de ideología: conjunto relativamente organizado de ideas, valores, creencias y criterios de interpretación que permite entender la sociedad y orientar la acción política. Y no a otras acepciones con carga negativa que la consideraban un mero aparato engañoso al servicio de la manipulación de las personas. Conviene dejar esto claro de arranque. Todos pensamos políticamente desde algún marco de valores e ideas; el problema no es tener ideología, sino no saber que se la tiene, o convertirla en una doctrina inmune a los hechos.

    Coincido con una parte importante del planteo de Garcé: la política siempre necesita ideas, valores, principios y convicciones que establezcan un horizonte político claro hacia donde avanzar. Y los partidos son herramientas indispensables para organizar esas ideas en forma colectiva y hacerlas operativas en la competencia democrática y en la acción de gobierno.

    Pero se requiere algo más para proteger a la democracia y permitirle una acción positiva y coherente: que las ideologías que se defienden no conspiren contra la propia democracia, o sea, contra el marco dentro del cual ellas son permitidas.

    Como si dijéramos: en nuestro barco se permiten todas las ideas, salvo las que pretenden hundirlo. No es que algunas personas no puedan preferir hundir el barco y seguir a nado, por las razones que fueren, sino que no pueden hacerlo contra la mayoría de los pasajeros que prefiere seguir en navegación. De esto se trata una democracia.

    Para Garcé, la “ideología” es “la columna vertebral de los partidos”. Pero los partidos no se sostienen solamente, ni siquiera siempre de forma principal, por la ideología. También se sostienen por historia, tradición, marca, pertenencia, liderazgos, memoria colectiva, organización, redes territoriales y afectos políticos. Esto es especialmente evidente en Uruguay. Los partidos tradicionales no nacieron como doctrinas puras, sino como divisas, identidades históricas, liderazgos y pertenencias. Tampoco el Frente Amplio puede entenderse solamente como una doctrina: es también una coalición histórica, una identidad cultural, una tradición militante y una marca electoral.

    Por eso, la ideología no es siempre la columna vertebral de la existencia histórica de los partidos, pero sí debería ser la columna vertebral de su acción política futura. Un partido puede ganar elecciones con un paraguas amplio. De hecho, electoralmente suele ser útil que el paraguas sea amplio, flexible y emocionalmente inclusivo. El problema aparece después, cuando hay que gobernar. Allí ya no alcanza con una marca compartida ni con una sensibilidad común. Hay que decidir medidas concretas. Y al decidir surgen los conflictos y obstáculos prácticos derivados de las posturas opuestas e inconsistentes entre sí.

    Tengo una lectura algo diferente a la de Garcé de la historia política uruguaya. Estoy convencido de que la fortaleza histórica de nuestra democracia no se explica solo por la participación de “políticos con valores, principios y convicciones” y porque los partidos fueron “capaces de cultivar sus tradiciones ideológicas”. Y los riesgos que enfrenta no responden solo a un ablandamiento de las ideologías partidarias en favor de un creciente pragmatismo o de un desdibujamiento de sus tradiciones. Ello ocurre, sí, y es un fenómeno digno de atención, en eso coincido con Garcé.

    La fortaleza histórica de nuestra democracia se explica en buena medida por el predominio durante mucho tiempo de una matriz republicano-liberal compartida por la gran mayoría de los ciudadanos. No se trata de idealizar la historia ni de negar conflictos, guerras civiles, caudillismos, exclusiones o tensiones institucionales. Tampoco se trata de afirmar que todos los uruguayos fueran republicanos liberales en sentido doctrinario puro. El punto es otro: durante buena parte de nuestra vida democrática, la cultura política predominante, especialmente en esa clase media uruguaya tan característica y de tanto peso histórico, sostuvo la ideología republicano-liberal defendiendo con destaque y consistencia sus principios. Esa matriz aparece institucionalizada nada menos que en la Constitución uruguaya. Así, la visión de país que se pretendía estaba razonablemente clara y podía articularse en la práctica de gobierno con cierta coherencia a lo largo del tiempo.

    La situación comienza a cambiar cuando crece una matriz que no es una derivación de esa tradición, sino su rival conceptual y antagónico. Esa, creo, es la importancia del marxismo (explícito o implícito) en la política uruguaya como en la de muchos otros países. No porque el marxismo sea simplemente una ideología más intensa, más combativa o más militante. El problema es más profundo: el marxismo se presenta a sí mismo como una alternativa conceptual opuesta y superadora del republicanismo liberal, que ha sido hasta el momento la tradición mayoritaria de Occidente y también la matriz del Uruguay más exitoso.

    Ya no se trata de una cuestión de preferencias en matices: más o menos Estado, más o menos libertad individual, básicamente, sino que ahora se presenta una disyuntiva entre dos modelos políticos radicalmente opuestos. Desde esta realidad es que surge la polarización. No se trata de una actitud o un comportamiento de ciertos políticos, sino de dos ideologías que se definen como polos opuestos. El marxismo se define, en buena medida, como desafiante del liberalismo predominante en Occidente, y así pretende combatirlo y sustituirlo radicalmente. Por cierto que existen matices, como en todo, pero el núcleo del fenómeno político que estoy describiendo es este. Mientras haya personas que sostienen una y otra de esas ideologías, estarán políticamente enfrentados y polarizados ideológicamente entre sí, por más civilizado y amable que sea el debate que sostengan.

    Sostengo que el pragmatismo que observa Garcé dentro de la fuerza actualmente gobernante no es —como él parece creer— un abandono de sus ideologías internas, sino el intento forzado de su coexistencia práctica, ya que están enfrentadas en el plano teórico.

    Muchos votantes moderados del Frente Amplio pueden no advertir el antagonismo existente entre ciertas corrientes internas de esa fuerza política y los valores históricos del Uruguay republicano-liberal. Muchos votan una marca, una sensibilidad, una identidad cultural o una tradición afectiva. Pueden sentirse batllistas, progresistas, humanistas, moderados, estatistas o simplemente contrarios a la derecha. Pero no necesariamente distinguen que dentro de ese mismo espacio conviven corrientes que responden a principios incompatibles con la matriz republicano-liberal que ellos defienden. El Frente Amplio también contiene corrientes marxistas o fuertemente influidas por el marxismo: las que son bien identificables y se conocen como de izquierda más “radical”.

    Esto último no es teoría, lo vemos hoy en acción. Orsi y Oddone (los “moderados”) se oponen al impuesto del 1% a los más ricos, por inconveniente o desestabilizador, y Andrade y Castillo (los “radicales”) lo defienden; los moderados se oponen a estatizar las AFAP, pero los radicales lo pretenden; los moderados denuncian que Cuba y Venezuela son dictaduras, pero los radicales sostienen que no lo son… y así podríamos seguir con ejemplos que son de público conocimiento, aunque no siempre se los explique desde el antagonismo político de las partes en pugna, como estoy proponiendo hacer.

    Desde esta perspectiva, la tesis de Garcé es valiosa pero insuficiente. Tiene razón en reivindicar la ideología frente al camaleonismo, el tecnocratismo y el pragmatismo vacío. Tiene razón en recordar que la evidencia ofrece medios, pero no define fines. Tiene razón en defender partidos con valores y convicciones. Pero se requiere distinción entre las ideologías. Algunas pueden convivir dentro de un marco común y ordenar diferencias razonables. Otras son conceptualmente antagónicas con ese marco: lo del barco en que vamos todos los ciudadanos a que me refería antes. Vale la tolerancia, pero no se puede tolerar que el barco sea hundido.

    Por eso, el elogio de la ideología no asegura una democracia potente y estable. Pues existen ideologías que conspiran contra ella que es preciso desnudar y neutralizar.

    Una democracia sana no necesita cualquier ideología: necesita ideologías y principios compatibles con su propia existencia. Uruguay los tuvo durante buena parte de su historia y se destacó precisamente por defender con consistencia una matriz republicano-liberal. Los principios marxistas que sostiene el ala radical del Frente Amplio conspiran contra esa matriz y, por tanto, contra la salud de nuestra democracia. Así, el pragmatismo del actual gobierno opera, a mi juicio, como una estrategia deliberada para esconder ese enfrentamiento ideológico de fondo. La tarea crítica consiste en desnudarlo: mostrar que, bajo una apariencia de moderación, conviven principios incompatibles con la matriz republicano-liberal que sostuvo al Uruguay más exitoso. Advertirlo con claridad es una forma de contribuir a la defensa de nuestra democracia.

    Leonardo Decarlini