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    “Infantilismo de izquierda”

    Sr. director:

    Motiva estas reflexiones el interesante editorial del director Andrés Danza del 7 de mayo pasado, titulado Infantilismo de izquierda.

    En su escrito, Danza destaca el peso adquirido por el MPP luego de las últimas elecciones, tanto dentro del Frente Amplio (FA) como a nivel del país. También reconoce que los sectores más radicales exhiben un creciente descontento con el gobierno —es decir, con el gobierno del Movimiento de Participación Popular (MPP)—, al que observan corriéndose demasiado hacia el “centro” político.

    Danza recuerda la crítica de José Mujica al infantilismo de esos sectores más radicales del FA —se entiende claramente la referencia al Partido Comunista y al Partido Socialista, entre otros— por “quedarse en los años sesenta repitiendo viejas consignas”, por seguir defendiendo “viejas utopías” y el “deber ser”, y por mantener cierta tendencia a considerar que los empresarios son los enemigos.

    No lo dice expresamente Danza, pero por claridad conviene hacerlo: aquello a lo que se refiere no es ni más ni menos que parte de la vieja doctrina marxista que, como cualquier persona bien informada puede advertir, aún anida en el pensamiento y en las voluntades de los dirigentes de los sectores frentistas antes mencionados.

    He sostenido, en toda ocasión propicia, que desde el punto de vista de los fundamentos teóricos que subyacen en la ciencia política, el marxismo —incluidas sus derivaciones y actualizaciones más recientes— es contrario, y en rigor antagónico, al liberalismo y a sus propias derivaciones y actualizaciones; liberalismo que, por otra parte, subyace en nuestra Constitución de la República y en nuestras tradiciones políticas más arraigadas.

    La oposición anterior no es algo circunstancial ni fácilmente adaptable. Es una diferencia esencial porque responde a principios distintos, y en muchos puntos incompatibles, de pensamiento político.

    Solo por intentar ejemplificarlo, aun simplificando mucho, el liberalismo defiende la libertad de los individuos, aunque ello implique aceptar las desigualdades entre ellos. Sus corrientes más evolucionadas, por cierto, no son indiferentes ante la pobreza ni la marginalidad; por el contrario, procuran que ellas no existan. Pero no sacrifican por eso el principio de libertad individual.

    El marxismo, o lo que queda de él, defiende en cambio la igualdad efectiva o material de las personas, aunque ello involucre una pérdida significativa de libertad individual. Para alcanzar esa igualdad, quienes más tienen estarán obligados a sustentar a quienes menos tienen, incluso en desmedro de sus propios planes de vida y de su propia calidad de vida.

    También difiere, naturalmente, la concepción del Estado. Para el liberalismo, el Estado es el garante de las reglas de juego que la sociedad se fija. Para el marxismo, el Estado no es una entidad neutral, sino el instrumento de fuerza necesario para alcanzar la igualdad estricta que pregona.

    Podría seguir destacando otros parámetros que muestran el antagonismo al que hago referencia, pero no creo que valga la pena hacerlo en esta instancia.

    Baste para la ocasión bajarlo más a tierra poniendo sobre la mesa el dilema interno frentista acerca de Cuba y Venezuela: dictaduras o democracias. Los lectores de Búsqueda saben bien a qué me refiero. Un conflicto interno irresoluble al que le escurrieron el bulto mientras les fue posible, pero más que espina sigue siendo una daga clavada en el pie del FA, aunque la “unidad” les demande hacerse los distraídos.

    El punto que quiero mostrar es que dentro del Frente Amplio conviven, en distintos sectores, fundamentos y principios políticos incompatibles entre sí. Por eso no se trata de infantilismos —y con esto defiendo a los sectores marxistas, aunque solo sea por honor a la justicia—, sino de fidelidad a su pensamiento profundo. Que Danza, Mujica y yo podamos pensar que ese pensamiento está perimido es una cosa, pero que haya quienes aún lo sostienen y muy convencidos es otra. Esto ocurre, mal que le pese a muchos que creen que el marxismo ya no existe. Escuchen a Abdala y su tropa sindical, a Andrade, a Civila, y después hablamos.

    Confieso, además, y de todas formas, que ser fiel a los principios que se sostienen me parece muy valorable y nada “infantil”, aun cuando se trate de principios distintos, e incluso opuestos, a los que yo defiendo.

    Así, lo que Mujica y otros pueden ver como “infantilismo”, y lo que los destinatarios de ese mote pueden ver en quienes los acusan como corrimiento hacia el centro, parece ser más bien un efecto de artificio político, buscado por unos y otros para incidir electoralmente en la interna frentista.

    Unos tildan a otros de retrógrados, dogmáticos o infantiles. Los otros responden acusando a los primeros de traicionar a las bases y a la izquierda en general.

    Puede que se trate también de diferencias de tiempo político. Los más radicales ya no quieren esperar más para que se adopten las medidas radicales que exigen. Los menos radicales, en cambio, parecen preferir seguir ampliando el número de sus adherentes antes de dar el salto diferencial. Pero ambos son radicales y solo discrepan en la forma, en el ritmo y en la oportunidad de llegar al mismo destino.

    Es decir: el MPP no se corre al “centro” y difícilmente lo haga, salvo que sea el árbol que levanta sus raíces y las traslada a otro lugar, caso en el cual dejará de ser lo que es y pasará a ser otra cosa. Lo que hace es mostrarse “amable” con el centro para seguir creciendo electoralmente, apelando a ciudadanos de buena fe que creen estar acompañando una opción más moderada de lo que en realidad es. Así lo hizo ya en esta elección, y le fue muy bien.

    Dice Danza en su editorial que hoy no está claro “a quién representa el MPP ni qué espectro ideológico abarca sin Mujica”. No está claro para el ciudadano común porque el MPP prefiere que no esté claro. Al igual que lo prefería Mujica, con aquello de que “como te digo una cosa te digo la otra”, y con su recomendación de ser pragmático “sin perder el ADN” (¿alguien sabrá cómo es ese ADN?) o de “comerse algún sapo” de vez en cuando. Nuestro actual presidente Orsi también sigue esa práctica, a su manera.

    Pero la ideología subyacente del MPP sí está clara para quienes estudian la política: los principios no se abandonan fácilmente. Más bien, a veces se esconden por conveniencia coyuntural.

    Hay frentistas que, ante los evidentes y públicos desacuerdos e insatisfacciones actuales de parte de sus filas, convocan a la unidad frentista o a la madurez. Entienden, como Danza, que es algo clave: “una cuestión de elecciones” y de seguir o no en el poder en los próximos períodos.

    Pero hay una cuestión más profunda y más genuina de la que no se suele hablar —porque no conviene electoralmente—, y es la de las distintas visiones sobre el país que ciertos sectores frentistas tienen. Como dije antes, esas visiones conviven dentro del FA y algunas son incompatibles entre sí.

    Los sectores radicales lo tienen muy claro y, como vienen siendo derrotados, están dando pelea. No regalarán terreno. A ellos no les sirven lo que consideran medias tintas republicanas liberales.

    Pero —al menos— a tres cuartos del país sí les sirven los principios republicanos liberales que han hecho de este país lo que es, y sobre todo lo que fue antes de que comenzara la izquierda radical a ponerlos en discusión. Más allá de las conveniencias electoralistas, es bueno tener siempre presente este punto.

    No existe, entonces, verdadero infantilismo en el Frente Amplio, salvo que lo infantil sea pretender una amplitud tan grande para ganar elecciones reuniendo bajo una misma coalición visiones de país que, llegado el momento de gobernar, inevitablemente tensionan unas en contra de las otras.

    Leonardo Decarlini