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Cuando la Guerra Fría, en los 60, los americanos creían que, si perdían la guerra, las maestras comunistas jugarían con las banderas de estrellas y barras y las cortarían en pedacitos para que cada niño se llevara un trocito de recuerdo, una sorpresita. Nada más que un trapito para jugar.
A una de las más bellas banderas, la de la patria nuestra, no es de extrañar que algún marxista quiera sacarle el sol radiante, símbolo heráldico de la gloria de Dios en todo su esplendor.
Y que no sea ya la muy bella, do jamás se pone el sol, y que su sombra ya no sea la que buscan los valientes al morir, defendiendo la libertad. Tal como hicieron los Treinta y Tres: ¡libertad o muerte!
Si este maestro marxista de la Dirección de Educación es el que va a decirles a las maestras cómo enseñar a los niños a amar a la patria de Artigas y por qué prometer fidelidad a la bandera para defender a la patria, ¡mejor será sacarlo a él de la Dirección de Educación!
¡No sacar de la bandera ni el sol ni las nubes ni el cielo azul!
Esa bandera que también él prometió respetar y honrar.
Ing. José M. Zorrilla