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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos símbolos patrios son importantes, deben unir cultura, costumbres y orgullos sin banalidades, sin exaltar trivialidades ni catalizar diferentes idearios políticos dentro de una misma identidad de nación. Aun siendo merecedores del más amplio respeto, no deberían ser pétreos. En cada pueblo han experimentado cambios (sutiles y mayores) con el paso del tiempo. Yo siento la inquietud, desde hace varios lustros, de una pequeña modificación en nuestro pabellón nacional que me gustaría compartir con ustedes.
Introducción
Las banderas nacionales no son meros ornamentos: son representaciones condensadas de la identidad de un pueblo y proyectan hacia dentro y hacia fuera una imagen de unidad, valores e historia compartida. En el caso de Uruguay, la bandera oficial adoptada en 1830 incluye un sol radiante con rasgos antropomórficos, heredado de tradiciones rioplatenses y de símbolos preexistentes en el imaginario revolucionario del siglo XIX. Sin embargo, en la actualidad, mantener un sol con ojos, nariz y boca plantea interrogantes sobre su vigencia como emblema nacional. Este ensayo sostiene que Uruguay debería reformar su bandera para reemplazar al astro humanizado por un sol abstracto y radiante, sin rostro, que ilumine a todos por igual.
Una herencia histórica ambigua
El sol de la bandera uruguaya tiene sus raíces en la iconografía del dios inca Inti, el diseño del Sol de Mayo se debe a un grabador de origen indígena, Juan de Dios Rivera, descendiente de los incas, que trabajaba en la Casa de la Moneda de Potosí a comienzos del siglo XIX. Él tomó como inspiración al dios solar Inti (el sol de la bandera Argentina, llamado Sol de Mayo, no es igual al sol de la bandera uruguaya), tradicionalmente representado con rostro humano en la iconografía andina, y lo plasmó primero en las monedas de las Provincias Unidas del Río de la Plata (1813). De allí pasó al escudo y a la bandera. Por lo que el sol sería una reivindicación simbólica americana, que enlaza la independencia con un elemento de la cultura incaica y precolombina. Obviamente, nada tiene esto de la cultura, sociedad y tradiciones orientales.
Fue luego reinterpretada en clave política por los revolucionarios sudamericanos (en su mayoría de jurada lealtad masónica). No obstante, la adopción de un astro con rostro humano no se explica solo por la tradición indígena: también responde a la heráldica europea y a las corrientes esotéricas del siglo XIX, entre ellas la masonería (que tanto tuvo influencia en las revoluciones americanas), que veía en el sol un símbolo de iluminación espiritual y poder universal (el ojo que todo lo ve). Por tanto, lo que en su momento fue un signo de emancipación precolombina hoy puede ser leído como una representación cargada de significados externos, no necesariamente coincidentes con la identidad republicana y laica uruguaya.
Neutralidad y republicanismo
En un Estado laico y republicano como Uruguay, los símbolos nacionales deben expresar claridad y universalidad, evitando elementos que puedan generar interpretaciones sectarias o elitistas. El rostro humano en el sol transmite la idea de un astro “personalizado”, casi divino, lo cual contradice la intención moderna de proyectar al sol como fuente natural de vida, luz y libertad. Un sol sin rostro refuerza la idea de igualdad: ilumina a todos los ciudadanos por igual, sin intermediarios, sin jerarquías y sin asociaciones ocultas.
Claridad simbólica y diseño contemporáneo
En la disciplina vexilológica (el estudio de las banderas), uno de los principios fundamentales es la simplicidad: un buen diseño debe ser fácil de identificar, reproducir y recordar. El rostro detallado del astro uruguayo, con facciones humanas, introduce una complejidad innecesaria que lo aleja de la pureza visual que tienen otras banderas con soles radiantes, como la de Filipinas u otras. Una reforma que conserve los rayos luminosos pero elimine el rostro daría como resultado un emblema más sobrio, moderno y universal, sin perder su potencia visual ni su simbolismo histórico.
Identidad nacional en evolución
Los símbolos patrios no son inmutables: se transforman junto con las sociedades. Uruguay ya modificó su bandera en 1830 al reducir las franjas de 19 a nueve para simplificarla. Del mismo modo, eliminar el rostro del sol no significaría borrar la historia, sino actualizarla. La identidad nacional se proyecta hacia el futuro y debe poder dialogar con valores contemporáneos, como la igualdad, la transparencia y la neutralidad simbólica. Un sol que brilla sin facciones humanas debe interpretarse como la expresión de una república abierta, plural y libre de lecturas esotéricas o místicas.
Conclusión
La bandera uruguaya, adoptada en 1830, en los albores de la República, es un símbolo de unidad y soberanía. Sin embargo, su pabellón con un sol con rostro humano responde a una herencia ambigua que hoy resulta poco coherente con la vocación laica y republicana del país. Sustituirlo por un sol radiante y abstracto no implicaría romper con la tradición, sino depurarla y fortalecerla, proyectando un símbolo más claro, inclusivo y universal. Al igual que la luz del sol, que no distingue ni privilegia, la bandera reformada representaría a todos los uruguayos por igual, reafirmando la esencia de la república y su compromiso con la modernidad.
Rafael Alonso