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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl pasado 26 de mayo, Día Nacional del Libro, el Ministerio de Educación y Cultura anunció el cierre al público de la Biblioteca Nacional de Uruguay (BNU). Lo hizo en un acto oficial, con ministros y jerarcas, y con una retórica que mezcla tecnicismo, ambigüedad y frases de marketing institucional. El edificio de 18 de Julio y Tristán Narvaja quedará con las puertas cerradas “hasta nuevo aviso”, en lo que se presenta como una pausa para pensar el futuro de la institución.
Pocas veces una decisión tan grave se ha tomado con tan poca conciencia de lo que representa. Cerrar la Biblioteca Nacional no es solo bajar la cortina de un edificio: es clausurar simbólicamente el acceso al conocimiento, es dejar a la intemperie a investigadores, estudiantes, escolares y ciudadanos de a pie. Es, sobre todo, un gesto que grita lo que este gobierno no se atreve a decir con todas las letras: la cultura no es prioridad.
La directora habla de una “crisis estructural, organizacional y de sentido”. Y aunque es cierto que los problemas edilicios y de gestión existen desde hace tiempo —y también es cierto que en los gobiernos del Frente Amplio no se resolvieron del todo—, lo insólito es asumir el fracaso cerrando la institución. La diferencia entre una gestión responsable y una irresponsable es esa: unos trabajaron con las puertas abiertas, otros prefieren bajar la persiana.
Valentín Trujillo, director de la BNU entre 2020 y 2025, contestó con firmeza, recordando no solo los logros de su administración —desde la digitalización de miles de documentos a la apertura territorial de la institución—, sino también que jamás se consideró cerrar las puertas al público como salida a los múltiples desafíos que enfrentó la biblioteca. Ni siquiera durante la pandemia, cuando el cierre fue obligado por razones sanitarias, se interrumpieron los servicios: se buscó innovar, virtualizar, mantener viva la función social de la biblioteca.
Las actuales autoridades del MEC no pueden ocultar su desorientación tras excusas técnicas. Decir que se cierra la biblioteca para “pensar su sentido” es una banalidad conceptual que sería risible si no fuera trágica. No se experimenta con una institución que guarda la memoria cultural del país. No se improvisa con 209 años de historia. No se juega con el derecho a la cultura como si fuera un laboratorio político.
Ahora bien: no caigamos en la tentación fácil de poner toda la culpa en el gobierno actual. La decadencia de la Biblioteca Nacional es también responsabilidad de gestiones anteriores que no invirtieron ni planificaron como era debido. El Frente Amplio gobernó 15 años antes de 2020 y no resolvió estos problemas de fondo. Si hoy el edificio amenaza ruina, no es solo por la falta de voluntad reciente, sino también por omisiones acumuladas. Lo que no se puede permitir es que el desenlace de ese deterioro sea el cierre total.
La cultura requiere continuidad, compromiso, visión. Ninguna de esas tres cosas está presente hoy en la gestión del ministerio. Lo que hay es oportunismo, burocracia y un discurso vacío disfrazado de renovación. El cierre de la BNU no es una política cultural: es una confesión de impotencia.
Y el momento elegido —el Día del Libro— es una muestra más de que el problema no es solo de gestión: es también de sensibilidad. De valores. De visión de país. Una Biblioteca Nacional cerrada, aunque sea temporalmente, es una derrota para todos. Pero sobre todo es una victoria para la ignorancia.
El futuro de la cultura uruguaya no puede estar en manos de quienes creen que el silencio es solución. Ni de quienes, desde el pasado o el presente, fueron incapaces de darle a la Biblioteca Nacional el lugar que merece. Abrir sus puertas es urgente. Y más urgente aún es abrir los ojos.
Matías Guillama Vidal