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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl sábado 3 de enero de 2026 se produjo en América Latina un cambio de época.
La fugaz incursión estadounidense, un raid de solo tres horas sobre Caracas, acompañada de bombardeos a instalaciones militares y aéreas del régimen, terminó con la prisión del dictador venezolano en Estados Unidos y el descabezamiento del desprestigiado gobierno chavista, aislado en toda la región y en el mundo.
Solo algunos Estados menores del Caribe y Centroamérica respaldaban al dictador derrocado, sujetos por su dependencia energética. A ellos se sumaban las grandes potencias orientales (China, Irán y Rusia), que también se beneficiaban de sus recursos energéticos. Cuba, dependiente del petróleo como los demás, a diferencia de ellos, se beneficiaba de un decisivo subsidio petrolero y ejercía un control cierto, político y de inteligencia, sobre resortes claves del aparato gubernamental.
Este hecho, aparentemente contingente, tiene numerosas implicaciones decisivas, que implican un reordenamiento radical, una nueva etapa en la política internacional del continente y, quizás, del mundo.
Ante todo se trata del retorno a escena de la geopolítica, y de la geopolítica imperial en la región.
No es que ella no haya operado siempre y no opere ya en otras zonas conflictivas, ni que sean los Estados Unidos la única potencia que la cultiva (en Medio Oriente, o la península arábiga). Lo hacen también Rusia en Ucrania y en su frontera europea, determinada a poner fin a la expansión oriental de la OTAN que siguió a la desaparición de la Unión Soviética y lo hace China, en el mar de la China y en su relación con Taiwan, con Japón y con Filipinas.
Estados Unidos, “república imperial”, Estado continental industrial, potencia hegemónica global, dueña de un largo prontuario de invasiones e intervenciones militares en América Latina, la última de las cuales contaba ya 36 años (Panamá, 1989), decidió anular a Venezuela como proveedora de recursos energéticos, y de las tierras raras del Arco del Orinoco, a sus competidores globales, China y Rusia.
A tal efecto, movilizó una parte importante de su capacidad militar y estableció un cerco naval y aéreo en el Caribe.
Parte de la autojustificación estadounidense de sus ataques militares sobre embarcaciones sospechosas se asentaba en razones policiales, las mismas que esgrimió para justificar la incursión de su fuerza especial en Caracas: al hacerlo, no violentaría la soberanía territorial de otras naciones, ni entraba en guerra con ellas: apenas se limitaría a a cumplir funciones policiales y de seguridad interna sobre narcotraficantes, algunos requeridos por la Justicia norteamericana, como el presidente chavista.
Al cambio radical en la situación venezolana, estableciendo un protectorado económico, se suma el posible y casi seguro efecto dominó sobre los regímenes de Cuba y Nicaragua. La “Cuba continental” que llegó a ser Venezuela, muta ahora a un “Puerto Rico continental” (hagamos votos para que las bandas armadas chavistas no terminen por convertirla en un “Haití continental”). Y al mismo tiempo emerge una restricción muy significativa en los márgenes de libertad internacional de Colombia y México.
La única consecuencia positiva, que no es nada menor, es una luz de esperanza en el camino a la recuperación de la democracia en Venezuela.
Si el presidente Theodor Roosevelt pudo decir: “I took Panamá”, su actual sucesor podría decir: “I took de entire Caribbean Sea region”.
Lo que pone al hecho latinoamericano bajo una luz mundial es quizás que ese accionar no se limita solo a nuestra región, se proyecta a gobiernos, países y regiones enteras, incluso aliados, como en el caso de las aspiraciones de Washington a un mayor control en Groenlandia,
De golpe, América Latina reingresó el 3 de enero en la geografía, que es también reingresar en la historia, pues sin espacio tampoco hay tiempo ni historia, y la región ocupaba un rol insignificante, indiferenciado, en el escenario global.
Salvo la condición de potencia emergente de Brasil, de su pertenencia a los Brics y de su deseo de participar en el diseño del mundo multipolar; salvo el pontificado del papa Francisco y, en lo cultural, los triunfos de Messi y del fútbol argentino, que proyectaban la australidad al mundo, y salvo, en fin, las promesas futuras de sus recursos y del acuerdo del Mercosur con la Unión Europea, América Latina y América del Sur eran actores de reparto, prácticamente “extras” de la política mundial. Hoy somos actores de reparto… sin trabajo.
El retorno de la geopolítica imperial es el indicador más notable del fracaso de los procesos de integración de América Latina y el Caribe en los últimos 25 años. La región que en 1985 supo alejar de Centroamérica la guerra de las superpotencias, a través de la acción del Grupo de los Ocho Estados democráticos, entre los que se encontraba Uruguay, conformando un eficaz mecanismo de concertación política, el Grupo de Río, y accediendo a una cierta “mayoría de edad” internacional, y que luego promovió el ambicioso proyecto del Mercosur, hoy se exhibe invertebrada, pueril, incapaz de anticiparse a los acontecimientos. Las decisiones sobre gobernanza e integración se trasladaron a la Casa Blanca, a un senado de empresas petroleras…
La responsabilidad es colectiva, sin duda, pero recae fuertemente sobre los líderes, gobiernos y fuerzas políticas que cultivaron una afinidad indefendible con el chavismo, beneficiarios de su petróleo y de otros negocios oscuros, toleraron (y algunos la aplaudieron) la deriva del populismo bolivariano a un Estado policial, a una dictadura narcomilitar, a la condición de un Estado criminal, en el que el derecho internacional de los derechos humanos fue conculcado en su totalidad (aunque ahora se invoque el derecho internacional al solo efecto de denunciar la fugaz invasión gringa).
Más peligroso aún fue la ignorancia de un elemental hecho geopolítico: nos guste o no, el Caribe es quizás la única área estratégica irrenunciable para los Estados Unidos, su cordón inmediato de seguridad.
La peligrosa crisis de los misiles, protagonizada por Cuba insular hace más de medio siglo, se reiteró torpemente por la “Cuba continental”, buscando desafiar a Estados Unidos ya no con misiles, sino deviniendo base económica y política de sus competidores globales (aparte de lamentable hub para el crimen organizado.
Tirarle la cola al tigre allí (sin estar a buen recaudo), mojarle la oreja al campeón de pesos pesados, es aún más torpe que ponerse frente a las tanquetas. (Al menos esto último revela coraje y amor a la libertad).
Un Caribe latinoamericano requiere ante todo democracia y respeto por la soberanía popular, estabilidad, articulación y cooperación real, soft power regional, lucidez, inteligencia, una propuesta de integración cultural e impulso a nuestra lengua reconocimiento de la herencia de Ruben Darío, de José Enrique Rodó y de José Martí (por no mencionar a Hipólito Irigoyen o a Luis Alberto de Herrera).
Las veleidades seudorevolucionarias, alimentadas de ignorancia y torpeza, llevan en cambio a los resultados que conocemos.
Recae esa responsabilidad en especial en el presidente de Brasil y en el expresidente de México. Lejos de actuar como dirigentes de enormes Estados con responsabilidades regionales, junto con Colombia, la otra potencia intermedia en el Caribe, omitieron la construcción de una fuerza político-diplomática capaz de estabilizar esa estratégica cuenca regional, promover la cooperación latinoamericana y prevenir la dictadura. No previnieron ni alertaron sobre la transformación de Venezuela en base económica y política de potencias rivales de Estados Unidos (que no son nuestras adversarias necesariamente, pero que sí lo son de los Estados Unidos y por tanto su presencia activa en el Caribe complica a toda la región), dejaron hacer, omitieron ideas y controles, no ejercieron una diplomacia, silenciosa o audible, no propusieron alternativas.
Hoy nos enfrentamos a un humillante escenario con el secretario de Estado norteamericano (y no Brasil, o México, o Mercosur, o Celac) formulando un plan de estabilización, recuperación económica y reinstitucionalización política para Venezuela. Bueno, regular o malo, pero creíble, viable, real, el único plan sobre la mesa es el de la potencia hegemónica.
Después de un rotundo fracaso histórico y sin plan propio, deberíamos al menos intentar “latinoamericanizar” ese plan, cooperar con él (al menos en cuanto no implique comprometer principios más caros), en suma “invertir” proactivamente en futuras autonomía y gobernanza regionales.
Corregir la doctrina Monroe (de muy escasa aplicación histórica real, por otra parte) en su versión actual, supone comprometerse a fondo con la gobernanza regional y excluir las dictaduras de toda laya, cuya lógica intrínseca las convierte en revisionistas suicidas.
Otra cosa, muy distinta y de otro nivel, que debe tratarse en otros ámbitos (no con simples declaraciones de coyuntura) es la reaparición de un realismo y una política de poder desaforados e indisimulados, el fin del mundo westphaliano y la derogación fáctica de los principios de la Carta de las Naciones Unidas, que con todas sus falencias ha sido la construcción colectiva más ambiciosa en el afán de dotar a la comunidad internacional de algún tipo de compromiso con la paz y la convivencia.
Con toda su significación, no es (o no es solo) la incursión sobre Caracas la que mejor describe esa política de poder. Hay otros ejemplos, quizás más peligrosos.
El escenario de las próximas décadas, requerirá la construcción de un orden internacional basado en algunas reglas fundamentales. Una tarea que deberá asumir la comunidad internacional, sobre todo el conjunto de los “pueblos liberales democráticos” y de los “pueblos decentes” (en la terminología de Rawls) y entre ellos los países relativamente más débiles, que necesitamos de un derecho internacional sólido y garantista.
Enrique Martínez Larrechea