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En los últimos años, el término casta política ha ganado fuerza en diversos países de América Latina como una crítica directa a las élites gobernantes. Aunque Uruguay ha sido históricamente reconocido por su estabilidad democrática, institucionalidad y altos niveles de transparencia en comparación con sus vecinos, no está exento del creciente malestar ciudadano hacia su clase política. El distanciamiento entre los representantes y los representados es una realidad cada vez más visible.
Aunque el término casta suele usarse con una fuerte carga ideológica, especialmente por sectores populistas o antisistema, puede resultar útil para describir una dinámica: la de una clase dirigente que parece vivir bajo reglas distintas al resto de la sociedad. En Uruguay, esta percepción ha crecido al ritmo de ciertos privilegios mantenidos por políticos.
Los sueldos legislativos, jubilaciones especiales, asesores múltiples y los cargos de confianza forman parte de un entramado que causa incomodidad en una ciudadanía que mira con escepticismo. No se trata de ilegalidad, sino de legitimidad: ¿por qué ciertos beneficios persisten para unos pocos, mientras la mayoría lucha con salarios estancados y servicios públicos deteriorados?
Más allá de los partidos, Frente Amplio, Partido Nacional, Partido Colorado, Cabildo Abierto, entre otros, hay prácticas comunes que refuerzan la idea de una “clase política” profesionalizada, muchas veces alejada de las preocupaciones cotidianas del ciudadano común.
Durante años, los mismos apellidos y figuras circulan entre el Parlamento, los ministerios, las intendencias y los entes públicos. Algunos ocupan cargos electivos, otros son designados en funciones de confianza, pero todos forman parte de un ecosistema que parece moverse con sus propias reglas.
El pueblo uruguayo, tradicionalmente politizado y con una fuerte cultura cívica, ha comenzado a mostrar señales de fatiga. La participación electoral sigue siendo alta, pero el nivel de confianza en las instituciones políticas ha descendido. Encuestas recientes muestran que la población siente que sus problemas, como la inseguridad, el costo de vida, el acceso a la vivienda, la educación y la salud, no son abordados con la urgencia ni la empatía necesarias por parte de sus dirigentes.
En el interior del país, esa sensación es aún más fuerte. La desconexión se vuelve tangible cuando los dirigentes nacionales visitan pueblos donde las promesas se repiten cada cinco años, pero los problemas, rutas rotas, servicios de salud precarios, falta de empleo, siguen intactos.
Además, las redes sociales y los medios alternativos han potenciado una crítica directa e inmediata, muchas veces desorganizada pero genuina, hacia los políticos, que parecen priorizar intereses partidarios o personales por sobre el bien común. Esta brecha entre representantes y representados no se refleja tanto en crisis institucionales, como en otros países, pero sí en una creciente desafección democrática, es decir, una ciudadanía que, si bien cumple con sus obligaciones electorales, siente que su participación tiene escasa incidencia sobre las decisiones reales del poder.
Uruguay no es inmune al fenómeno de la “casta política”, aunque lo enfrenta desde una realidad menos convulsionada que otros países. El momento actual exige revisar prácticas, reducir privilegios y volver a conectar a los representantes con el pulso del pueblo. No se trata de demoler la política, sino de rescatar su sentido más noble: el servicio público.
Francisco Lezaña