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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Es buena o mala la civilización? A primera vista puede parecer una pregunta disparatada, pero no lo es tanto. Ya Jorge Manrique nos dijo que cualquier tiempo pasado fue mejor, y este es un aforismo que al parecer han adoptado una gran cantidad de ideólogos progresistas, para los cuales a medida que nos adentramos en el futuro las cosas se van haciendo cada vez peores. No algunas cosas, sino prácticamente todas, y todo gracias al modelo capitalista de mercado que padecemos.
Recordemos que el auge de este modelo viene acompañado por cosas que son por ejemplo los derechos humanos, el sistema democrático, el Estado del bienestar, la alfabetización prácticamente universal, la duplicación en un tiempo que se mide en decenios de la esperanza de vida, y podría seguir con una lista que ocuparía varias páginas. Pero problemas que indiscutiblemente ha causado este modelo de desarrollo (y que no se ve claro cómo algún otro posible, como que todos nos vayamos al campo a cultivar nuestro propio huerto, podría evitar sin causar una hambruna mundial), tales como el calentamiento global, la superpoblación, la injusticia en la distribución del ingreso, etc., no constituyen toda la realidad sino una parte de ella.
Por otro lado, otro invento como los medios de comunicación modernos han producido el efecto de que gran parte de la humanidad sea consciente de ello. (No creo que los seres humanos de hace 110.000 años estuvieran al tanto de que se les venía encima una glaciación que duraría nada menos que hasta el 10.000 antes de Cristo, aproximadamente). Por tanto, llevamos una ventaja que es poder discutir este tema ampliamente y contar con Greta Thunberg, entre otras maravillas.
La ciencia ficción utiliza un método para crear sus obras que se llama extrapolación, que consiste en tomar una tendencia actual aparente o real y llevarla hasta sus últimas consecuencias. En el caso del calentamiento global, por ejemplo, se podría describir una no tan futura Tierra casi totalmente cubierta por el agua con algunos islotes donde sobrevivirían precariamente algunos seres humanos. O no quedaría ninguno y por ejemplo los delfines descubrirían la ciencia y la tecnología y terminarían dominando el planeta que ya no se llamaría Tierra sino Agua. En fin.
Utilizando este sistema a la inversa, llegaríamos a un momento en el pasado en el que las cosas serían perfectas. En otras palabras, el paraíso terrenal, del cual nos sacó ¿qué cosa? ¡El deseo de saber! Eso implantó la serpiente en el cerebrito de Eva, que se lo contó a Adán. En esta metáfora se encierra uno de los fundamentos de la civilización, que es la transmisión del conocimiento de unas personas a otras.
En 1905 mientras trabajaba evaluando solicitudes de patentes de métodos para sincronizar relojes y otros procedimientos rutinarios, Albert Einstein escribió cinco estudios científicos que revolucionaron la historia. Por ese entonces, era un empleado de la Oficina de Patentes de Berna (Suiza) que trabajaba ocho horas de lunes a sábado, aunque según cuenta en una carta cada día tenía “ocho horas para perder el tiempo”.
Pese a su anonimato, el entonces joven de 26 años estaba al tanto de las incógnitas pendientes para los científicos y dedicaba ese tiempo libre a tratar de resolverlas. Además de concebir la teoría de la relatividad explicó el efecto fotoeléctrico, elaboró dos ecuaciones para determinar el tamaño de las moléculas, determinó que masa y energía eran equivalentes y transformables una en otra (e = mc2) y explicó el llamado movimiento browniano (no explicaré qué es porque llevaría demasiado espacio y tiempo, nunca mejor dicho que tratándose de Einstein).
Si el buen Albert hubiera sido Robinson Crusoe, todo esto no le hubiera servido ni a él ni a nadie para nada, porque su utilidad radica en que él transmitió estos conocimientos a otros científicos, estos a otros y a periodistas, divulgadores, fabricantes y finalmente todo el mundo supo quién era Einstein. Cuando ahora vamos al shopping y la puerta se abre sola estamos aplicando una tecnología fundada en el efecto fotoeléctrico, por ejemplo. Y así otra cantidad de cosas, como los GPS, los láseres, los microondas, los microchips (es decir, todo lo relativo a las computadoras, internet, la inteligencia artificial, etc.), la energía nuclear, las cámaras digitales, serían imposibles sin la relatividad.
La civilización y su progreso dependen de que los conocimientos se compartan, desde cómo fabricar un hacha de piedra hasta el telescopio James Webb, la última hazaña de la NASA que costó 25 años de trabajo y 10.000 millones de dólares poner en órbita a 1 millón de kilómetros de la Tierra y que nos va a permitir ver el bíblico momento en que se hizo la luz, 300.000 años luego del Big Bang y aún más atrás. Como he dicho Einstein desarrolló estas teorías aprovechando el tiempo en que no hacía nada durante su trabajo en la Oficina de Patentes citada. Las patentes son justamente una forma de restringir que el conocimiento se comparta libremente, lo cual resulta paradójico.
Sin duda que la ciencia y la tecnología nos han llevado a un punto en el cual hay un peligro real de que la humanidad se autoelimine. O casi. Estas dos cosas no son lo mismo. El casi hace una grandísima diferencia.
El momento en que hubo la menor cantidad de seres humanos en la historia fue durante la edad de hielo, específicamente en el período conocido como el Último Máximo Glacial, hace aproximadamente entre 20.000 y 15.000 años. En ese tiempo, la población humana era muy reducida debido a las duras condiciones climáticas y la disponibilidad limitada de recursos. Se estima que en ese período la población mundial era de menos de 10.000 personas. Como hoy hay 8.000 millones a un cataclismo nuclear puedan tal vez sobrevivir algunos, no sabemos cuántos. Con eso sería suficiente para que se construya una nueva humanidad (tal vez con mutaciones por la radioactividad, lo cual no deja de ser una caja de Pandora).
En todo caso sabemos mucho más de nuestra situación y somos más críticos con ella que hace 20.000 años. Es deseable que usemos bien ese conocimiento para que todo no termine mal y haya que empezar desde cero nuevamente. O, en el peor de los casos, alguna otra especie que sobreviva podría evolucionar hacia la inteligencia y hacerse cargo del asunto mejor que nosotros.
Alberto Magnone